El blog del periodista Txerra Cirbián, desde 2005

Categoría: Teatro

Entrevista con Mercè Managuerra

Es una de las actrices más respetadas de la profesión y, al mismo tiempo, menos conocida por el gran público, quizá porque no se ha prodigado en la tele o el cine. Ha pisado muchos escenarios, ha sido profesora del Institut del Teatre durante tres décadas, es productora y acaba de meterse en la piel del judío Shylock en ‘El mercader de Venecia’.

Ahora que podría estar jubilada, Mercè Managuerra ha iniciado la arriesgada aventura de abrir y dirigir un nuevo teatro, el Dau al Sec, donde acoge a compañías jóvenes con ambición y rigor. Es la primera actriz que ha sido capaz de interpretar a Shylock en una reciente versión para cuatro actores de ‘El mercader de Venecia’ y, por ello, recibió el 45º Premio de Teatro Memorial Margarida Xirgu, el galardón de teatro más antiguo de España. Quien esto escribe la dirigió en el cortometraje ‘Quizá no sea demasiado tarde’ hace más de 30 años. Entonces, como ahora, que me recibe en su propia casa, fue muy generosa: “Si lo podía hacer, no tenía un ‘no’ para casi nada”, asegura humilde en esta entrevista, que publiqué originalmente en el diario Catalunya Plural. .

-Como quizá algunos de nuestros lectores no la conozcan, explique cómo llegó usted a ser actriz.

-Siempre me gustó mucho el teatro, desde muy jovencita. Y la literatura catalana. Mi padre me leía poemas de Josep Carné, Joan Maragall, Joan Salvat-Papasseit. Después, estudié Románicas en la Central [Universitat de Barcelona], porque quería conocer también la literatura castellana. Acabé la carrera en 1975, justo el año de la muerte de Franco. También frecuentaba a los Tarot de Quinze, un grupo de jóvenes poetas, como Vicenç Altaió y Jaume Creus. Un día, por casualidad, me encontré a Rosa Novell y a Isona Passola, que había hecho teatro aficionado conmigo, y me dijeron que les faltaba un actriz en la obra ‘Las troyanas’, que iban a representar en la Universitat Catalana d’Estiu de Prada de Conflent. Y así empecé.

-Buen inicio…

-Sí, porque por allí estaban Joan Lluís Bozzo, Anna Rosa Cisquella y gente así. Poco después, Fabià Puigserver nos dijo si queríamos ir con su grupo a hacer ‘Terra Baixa’, de Ángel Guimerà, y más tarde el ‘Quiriquibú’, de Joan Brossa. Era antes del Teatre Lliure, donde yo no estuve. En cambio, fui al Romea, a la tele…

-¿Estudió para actriz en algún sitio?

-Sí, fui al Institut del Teatre a estudiar mimo y pantomima. Quería aprender a trabajar primero el cuerpo y, luego, la voz. Solicité una beca Fulbright y pude ir a estudiar interpretación a EEUU, durante dos años, con la famosa Uta Hagen, que era muy buena maestra.

-Creo recordar que el regreso no le fue fácil.

-Es que yo tenía 35 años cuando me fui y volví con 37. No había muchos papeles para mi edad: aún era joven para hacer de madre y ya era algo mayor para hacer de jovencita. Se me complicó la cosa y se me cortó la carrera. Quizá daba un poco de miedo que hubiera estado en EEUU y que tal vez pidiera más dinero o fuera a preguntar demasiado.

-Pero usted había hecho bastante televisión.

-Sí, sobre todo obras de teatro para el circuito catalán de TVE. Y hasta había producido y dirigido la serie de TV3 ‘En escena: 100 anys de teatre català’. Tuvo 16 capítulos y, en origen, era diferente. Tomaba obras conocidas del teatro universal y director y actores hablaban sobre ellas y las ensayaban. Al final, cosas de TV3, tuve que centrarme solo en autores catalanes.

-¿Volvió a la tele?

-No como actriz. Estuve como directora de actores en ‘La granja’, la telenovela de Joaquim Maria Puyal que antecedía a ‘La vida en un xip’. Hice papeles de reparto en un par de películas (‘El amor es extraño y ‘Una sombra en el jardín) y en tu corto (‘Quizá no sea demasiado tarde’).

-Entonces, ¿dejó de actuar?

-Fue cuando me propusieron entrar a dar clase en el Institut del Teatre. Yo venía de una didáctica, de una formación pedagógica estructurada. La de Uta Hagen, la de Lee Strasberg, con quien había estudiado en París. Y Jordi Coca, el director del centro, me llamó para dar asignaturas como Técnicas de Improvisación, Técnicas de Interpretación, Talleres, Interpretación delante de la Cámara… He estado 30 años de profesora.

-¿Es ese contacto con jóvenes actores lo que le ha llevado a comprar un teatro para ellos?

-Sí, para ellos, y para compañías que quieran investigar y hacer un teatro social y artesanal. Mi primer intento fue en el Teatre Akadèmia. Nuestro ‘star system’ tiene una forma de hacer entrar a los jóvenes actores en el mundo profesional, que era y es TV3. Cuando alguno empieza a despuntar en las telenovelas de la tarde, pronto salta al Teatre Nacional o al Lliure. Son caras que la gente conoce y ponerles en un reparto te asegura un poquito más de éxito. Eso lo hemos notado también nosotros.

-¿En qué forma?

-Bueno… Los chicos de ‘Quëstió d’honor’ [una obra del alemán Lutz Hübner, dirigida por Carla Torres Danés e interpretada por, entre otros, Candela Antón, una de las jóvenes actrices de la serie ‘Merlí’], que han estado en el Dau al Sec, han hecho cuatro veces más taquilla que nosotros, los adultos que hacíamos ‘El mercader de Venecia’ en el Versus Glòries.

-Usted es, creo, la primera actriz que interpreta al judío de ‘El mercader de Venecia’. ¿Cómo se le ocurrió?

-Fue Konrad Zchiedrich, el director de la obra, quien apostó por mí. Había trabajado con él en, al menos, seis montajes a lo largo de 30 años. Me quería rescatar del realismo psicológico que yo había estudiado en EEUU. No le gustaba Uta Hagen. En EEUU no tienen teatro clásico y educan para hacer papeles muy situacionales. En Europa, en cambio, la realidad es diferente, hay teatro clásico y películas de autor. Konrad decía que allí siempre están con el ‘sentimentito’ en un mundo pequeño que no representa la realidad humana.

-¿Cuando le conoció?

-Cuando me convertí en productora. Hubo una época en que, como nadie me llamaba ni contrataba, empecé a producir e interpretar aquellas obras que me gustaban, con directores que a mí me interesaban. Le conocí gracias al actor Jaume Valls. Ambos habíamos estado en Nueva York estudiando con Uta. Yo había hecho ‘El camí de la Meca’, que tuvo mucho éxito, y después nos pusimos a buscar una obra con la idea estúpida de que pudiera gustar al público y por primera vez en mi vida produje una obra así, que fue ‘Anuncis classificats’, una comedia simpática de bulevar. Y Konrad la dirigió. Al cabo de varias colaboraciones juntos, cuando surgió la idea del ‘Mercader’, me insistió para que hiciera el Shylock. Siguió con nosotros hasta que estuvo muy enfermo (falleció en agosto) y seguimos solos, con la ayuda de Mingo Ràfols.

-¿Y cómo afrontó el personaje?

-Bueno, hay actores que tienen la habilidad de copiar muy bien lo externo e imitan a un policía, un carnicero o un carpintero. Yo no la tengo. Me tengo que organizar internamente: es mi dinámica, mi aprendizaje. Pero con Shakespeare tienes solo las palabras y me estaba resultando muy difícil componer el personaje hasta que, un día, Konrad, que me veía ensayar, me dijo que pensara en alguien que tiene los pies planos, que eso quizá me ayudaría. Con esta inspiración, poco a poco, empecé a mover los pies de esa forma, luego las piernas, encorvar la columna… Y después de perder el miedo, fue cosa de lanzarme con el texto para descubrir qué salía.

-El esfuerzo ha valido la pena, ¿no? Le han dado el premio Margarida Xirgu.

-Es genial, pero no te cambia nada la vida. Es un reconocimiento, no como un Oscar y todo el mundo te quiere contratar y sube tu cotización. Pero me he alegrado también por Konrad, porque insistió tanto y tanto, que debe estar contento, allá donde se encuentre.

-Me hablaba antes del Teatre Akadèmia…

-Sí, sí. Como yo veía que en las clases del Institut del Teatre había tan buenos alumnos, pensé que era necesario hacer visible su trabajo. Por eso, cuando entré a dirigir el Teatre Akadèmia en el 2007, uno de mis objetivos principales era dar a conocer a estos actores jóvenes con talento, pero invisibles y desconocidos, en obras de autores que les permitieran trabajar el lenguaje y con directores que fueran también pedagogos. Esa fue una de mis primeras apuestas. Programamos laboratorios de interpretación con maestros internacionales (Anatoly Vasilev, Marie de Clerk, Zaedine Zadeck, Philipe Nguyen y Thomas Richards), además de producir una decena de espectáculos: varias obras de Shakespeare (‘Romeu i Julieta’, ‘Com us plagui’, ‘Falstaff’); ‘Electra’, de Sófocles; ‘Ritter, dene voss’, de Bernhard; ‘La gavina’, de Chejov, y ‘La vida perdurable’, de Comadira, entre otras.

-Usted ha adquirido un teatro, el Dau al Sec. Debe tener una hipoteca enorme…

-Jajaja. Pues no. Lo he podido comprar con los ahorros de toda la vida y 10 años de Teatre Akadèmia. En el 2007, Elsa Peretti, una gran amante del teatro que me admiraba mucho, decidió comprar el Akadèmia y me ofreció dirigirlo. Tuve una libertad total, hasta los dos últimos años. Fue el momento de marchar y que cada una siguiera su camino.

-Menos mal.

-Sí. Tuve la suerte de que en aquel momento los Vol Ras decidieron vender su teatro, en el Poble Sec. Y como tenía ganas de seguir haciendo teatro independiente, decidí dar el paso.

-¿Que está produciendo ahora?

-Bueno, ahora no puedo producir casi nada. Tengo varios proyectos en la cabeza, pero se han de dosificar. Después del ‘Mercader’ me he quedado sin dinero para producir. Ahora facilito la sala a aquellos grupos que no tienen teatro para ensayar y estrenar, como hemos hecho con ‘Questió d’honor’.

-Me decía que tiene varios proyectos entre manos.

-Me gustaría crear un Premi Dau al Sec para compañías que intentan funcionar de forma menos piramidal (autor, director, actor). Tener alguna subvención nos ayudaría, claro. El ‘Mercader’, tal y como la hemos montado, nos ha costado 8.000 euros, pero porque no hemos cobrado ninguno de nosotros. Lo haremos ahora, cuando hayamos acabado las funciones y bolos. Pero eso también les pasa a los jóvenes actores de ‘Qüestió d’honor’, que llevan cuatro meses entre ensayos y representaciones, y cobrarán un poco ahora, al acabar.

-Pero usted podría estar jubilada y vivir tranquilamente.

-Estoy jubilada del Institut del Teatre, y no cobro de ningún otro sitio. Pero mi futuro pasa por el Dau, donde hacemos muchas cosas, incluso un curso de filosofía y teatro sobre Shakespeare y su visión del mundo, a cargo de Jordi Feixas. Y también me gustaría hacer inclusión social en el barrio, ver cómo puedo ayudar mejor. Este verano hicimos un taller de cine con chavalitos que no tenían dinero para pagarse colonias de verano. Y también me gustaría hacer una coral con niños y gente mayor.

-Vamos, que usted no para.

-No paro, no [y sonríe].

Actuar casi gratis

Este fin de semana he ido a ver dos espectáculos que me han decepcionado por diferentes motivos.
El primero fue, el sábado, El hombre del paraguas, una especie de oratorio inspirado en la vida de Vicente Ferrer.
Hace algunos años, entrevisté a este hombre. Estaba enfermo, pero era sumamente lúcido. Podéis leer la entrevista en la imagen de abajo.
Fue la razón que me llevó a acudir al Palau Sant Jordi, donde una pequeña pantalla retransmitía lo que sucedía en la cancha.
No me gustó la obra: ni la historia que pretende contar ni la música y coros que supuestamente lo hacen me convencieron.
No estoy haciendo una crítica, que para eso os sugiero este lúcido texto de Agustí Fancelli, en El País, hace un par de años, que empieza con la demoledora frase «Cada cual es muy libre de arruinarse como mejor le parezca», referida al autor del montaje, el compositor y director Joan Martínez Colás. En este sentido, creo que este hombre ha paliado las pérdidas haciendo que buena parte de los actores sean aficionados que actúan gratuitamente en la obra.
Al menos pueden ver parte de la obra desde el propio escenario y oír el resto desde las bambalinas.
El otro espectáculo era totalmente diferente. En lugar de 2.000 personas en escena, solo un par: Moncho Borrajo y su ayudante, Antonio Campos, con la obra Golfus Hispanicus, en el Centro Comercial Las Arenas.
No voy a entrar tampoco en hacer una crítica de la obra, que a algunas personas les hacía reír a carcajadas mientras otras (entre ellas, yo mismo) me dejaba bastante frío. El humor grueso, la repetición cansina de ciertas palabras de origen sexual, el disparar contra todo lo que se mueve sin concretar la dirección del tiro, no me entusiasma. Pepe Rubianes decía algunas palabrotas, pero me hacía reír y pensar.
Bueno, a lo que iba… Que Borrajo, también, como Martínez Colás, sabe de sus limitaciones y se aprovecha del público: hace subir al escenario a cuatro o cinco jóvenes, les viste de soldados romanos y se monta un pequeño número musical en que los aficionados son comparsa. ¿Gratis? ¡No! Les regaló unas camisetas promocionales.

Aquest cap de setmana he anat a veure dos espectacles que m’han decebut per diferents motius.
El primer va ser, dissabte, L’home del paraigua, una mena d’oratori inspirat en la vida de Vicenç Ferrer.
Fa alguns anys, vaig entrevistar a aquest home. Estava malalt, però era summament lúcid. Podeu llegir l’entrevista a la imatge de sota.
Va ser la raó que em va portar a anar al Palau Sant Jordi, on una petita pantalla retransmetia el que succeïa a la pista.
No em va agradar l’obra: ni la història que pretén explicar ni la música i cors que suposadament ho fan em van convèncer.
No estic fent una crítica, que per això us suggereixo aquest lúcid text d’Agustí Fancelli, a El País, fa un parell d’anys, que comença amb la demolidora frase «Cadascú és molt lliure d’arruïnar com millor li sembli», referida al autor del muntatge, el compositor i director Joan Martínez Colás. En aquest sentit, crec que aquest home ha pal·liat les pèrdues fent que bona part dels actors siguin aficionats que actuen gratuïtament en l’obra.
Almenys poden veure part de l’obra des del propi escenari i sentir la resta des de les bambolines.
L’altre espectacle era totalment diferent. En lloc de 2.000 persones en escena, només un parell: Moncho Borrajo i el seu ajudant, Antonio Campos, amb l’obra Golfus Hispanicus, al Centre Comercial Les Arenes.

No entraré tampoc en fer una crítica de l’obra, que a algunes persones els feia riure a riallades mentre altres (entre elles, jo mateix) em deixava bastant fred. L’humor gruixut, la repetició pesada de certes paraules d’origen sexual, l’disparar contra tot el que es mou sense concretar la direcció del tir, no m’entusiasma. Pepe Rubianes deia algunes paraulotes, però em feia riure i pensar.
Bé, al que anava … Que Borrajo, també, com Martínez Colás, sap de les seves limitacions i s’aprofita del públic: fa pujar a l’escenari a quatre o cinc joves, els vesteix de soldats romans i es munta un petit nombre musical en què els aficionats són comparsa. De franc? No! Els va regalar unes samarretes promocionals.

El mago del iPad

Me llegó el otro día a través de un amigo y es un mago alemán que hace maravillas utilizando las ventajas de las tabletas táctiles, sobre todo del iPad de Apple.
Se llama Simon Pierro y se autodefine así en su página web:

«Representa una nueva generación de artistas de performance y es famoso por su forma contemporánea de mostrar sus habilidades en proyectos de televisión y multimedia.»

Su canal en Youtube está lleno de actuaciones. Lo llama IOSmagic… como el sistema operativo de Apple.

Em va arribar l’altre dia a través d’un amic i és un mag alemany que fa meravelles utilitzant els avantatges de les pastilles tàctils, sobretot de l’iPad d’Apple.
Es diu Simon Pierro i s’autodefineix així a la seva pàgina web:

«Representa una nova generació d’artistes de performance i és famós per la seva forma contemporània de mostrar les seves habilitats en projectes de televisió i multimèdia.»

El seu canal a Youtube és ple d’actuacions. L’anomena IOSmagic… com el sistema operatiu d’Apple.

 

‘La revolució’

Este post es únicamente para sugerir, proponer y animar a mis lectores a ver esta obra.
Se llama La revolució, y la ha escrito y dirigido el joven dramaturgo Jordi Casanovas.
La obra es ágil, fresca, divertida, hace pensar y los actores están muy bien!
Se puede encontrar toda la información sobre la compañía en este enlace y, si el lector quiere conseguir entradas más baratas, puede jugar como un niño en este otro enlace de la sala Villarroel.

Josep Maria Pou y sus alumnos

Fuimos a ver Los chicos de Historia al Teatro Goya, en Barcelona, con el gigantesco Josep Maria Pou al frente del elenco.
Es una espléndida obra teatral del dramaturgo inglés Alan Bennet, que también ha sido adaptada al cine hace un par de años.
Cada día, la platea está a tope, y al final los aplausos se prolongan durante minutos y minutos…
Mi admirado amigo Pou, que borda su papel de maestro, con sonrisas, miradas y gestos que se alejan de otros papeles suyos más duros, como ese buitre de la abogacía que representa en la serie Lex, en Antena 3 TV, me reconocía al final de la representación que un actor siempre quiere más aplausos, más calor del público.
Por eso, no se la pierdan: vayan y aplaudan, aplaudan a rabiar.

Pérez de Olaguer

Ayer escribía «Gonzalo» como título de la entrada. Hoy añado su apellido, «Pérez de Olaguer», en el título de la entrada, porque la primera era un recuerdo personal del amigo, y esta segunda, testimonio público de su despedida.
Estos días –o antes, como Arturo San Agustín — han sido muchos los compañeros que han escrito sobre él. Podéis leer algunos artículos en El País , El Periódico o La Vanguardia . Ni en este ni en otros casos hago caso de la (supuesta) competencia entre medios: me ha gustado especialmente la crónica del acto que ha escrito Jacinto Antón, en El País . Sentida, como el propio funeral.
Éramos muchos en el funeral, sobre todo gentes del periodismo (Rafael Nadal, Joan Anton Benach, Santi Fontdevila) y del teatro (Joan Font). Este último, director de comediants, habló de su ternura, en la acepción de afectuoso, cariñoso y amable.
Al salir del tanatorio, una persona entregaba la letra de la versión de My way , dedicada a Gonzalo e interpretada por Roser Batalla en el homenaje que recibió en febrer
o, en la Cúpula Venus.
Allí, donde la pieza decía «El final ya está cerca y enfrento el último telón…», Roser cantaba: «Hoy, otra vez, tu gente queremos cantarte…» para acabar con «te lo habíamos de decir todos reunidos, y estamos seguros que te hace feliz. Siempre recordaremos que nos apoyas, que te amamos, porque como tu no hay nadie, amigo Gonzalo».

(la letra completa de esta canción la encontraréis en esta página)

Gonzalo

Gonzalo Pérez de Olaguer con el actor Pepe Rubianes Esta tarde nos llegaba la noticia de la muerte de Gonzalo Pérez de Olaguer , un hombre bueno.
Era (porque aún escribía, pese a su enfermedad) crítico de teatro de El Periodico de Catalunya desde hacía más de 20 años.
Núria Navarro me lo decía así: "¿Sabes lo de Gonzalo? Y también había empezado en El Sábado , como Norberto, como Luis…"
Y es que hace 20 años, en 1988, mi compañera Núria, junto con Àlex Barnet (actualmente en La Vanguardia) y yo mismo, eramos la tropa de El Sábado , el primer suplemento de espectáculos de mi diario, y quizás de España, porque nos adelantamos a productos como el Tentaciones o el Babelia , de El País , que llegarían poco después de la desaparición de nuestra revista.
Pérez de Olaguer tenía 72 años y ningún enemigo, creo: un récord difícil de conseguir para quien ejerce la crítica. Es que "siempre ha sufrido cuando un actor o actriz no triunfa", decía hace poco de él Arturo San Agustín, cuando Gonzalo presentó su libro Los años difíciles del teatro catalán Memoria crítica . La foto de la izquierda muestra ese buen rollo: Pepe Rubianes y él riéndose con ganas, vete a saber de qué.
Cuando uno empieza hablar de amigos que se van es señal de que uno se hace mayor, pero sí: en aquel suplemento escribieron Gonzalo, Luis Polanco y Norberto Rebechi , tres amigos que se han ido antes de tiempo…
Y es que cuando te vas sin querer, siempre es antes de tiempo.

Adiós, ‘Zoo’

Por fin ha acabado Zoo. TV-3 ha adelantado, ha acelerado el final de la serie, que tendría que haber llegado hasta el verano, dados sus bajos índices de audiencia. En esta ocasión, la productora Diagonal TV, responsable de la telenovela, no ha logrado el éxito de Ventdelplà, de La Señora, de Amar en tiempos revueltos. Ójala supiera la razón real del fracaso –quizá me contratarían como asesor–, pero lo cierto es que el público intuye que esa ficción no funciona: la trama no termina de cuajar, las historias no parecen reales y los actores no logran hacen creíbles unos personajes débilmente construidos. A veces me recordaban los de otras series, como Iris (Patricia Bargalló), que era tal cual la mossa d’esquadra de Mar de fons. De todos ellos yo salvaría dos o tres intérpretes: Pep Munné, Lluïsa Mallol y, sobre todo Llum Barrera. Cada vez que aparece en escena, algo se ilumina.

© 2022 Txerrad@s

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