El blog del periodista Txerra Cirbián, desde 2005

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Fina Sensada, cine y solidaridad

«Fina Sensada, una vida dedicada al cine y a la solidaridad» fue el título con el que publiqué inicialmente esta entrevista, el 4 de julio de 2021, en la web de Nosolocine. Con el mismo, anunciaba que el 19 de julio se iba a celebrar la puesta de largo de la fundación dedicada al compañero de Fina, Fernando Fonseca, el médico de los pobres, fallecido en 2014.

Hay personas que dejan huella, y otras que, al lado de estas, hacen posible que esa huella perviva. Ahora os hablaré de una de estas últimas. La primera fue el doctor Fernando Fonseca, cirujano traumatólogo, cooperante y fundador de Médicos del Mundo en Catalunya, que falleció en 2014.

Quien está haciendo lo imposible para que su legado siga vivo es su compañera, Fina Sensada (Barcelona, 1957), a quien conocí hace 35 años, cuando coincidimos en unos cursos de cine y luego, cuando fue la secretaria de rodaje de mi primer y único cortometraje, ‘Quizá no sea demasiado tarde’ (‘Potser no sigui massa tard‘, 1988). Su último documental es ‘Ojo a ojo’, sobre refugiados rohinyás en el campo de Kutupalong, en el sur de Bangladesh. Es a ella a quien quiero que conozcáis a través de esta entrevista.

–¿Qué era de tu vida antes del cine?
–Vengo de una familia normal, de clase media, de un pueblo del Bages, con dos hermanas mayores y sin ningún contacto con el mundo del cine. Mi padre era constructor y murió en un accidente de coche, cuando yo era pequeña. A mí, desde jovencita me gustaba la fotografía, pero en casa querían que yo hiciera Económicas. Como tenía un primo de mi edad que iba a estudiar Derecho, en la familia se imaginaban un despacho en Manresa, en el que pudiéramos trabajar los dos, una, como economista y el otro, como abogado. Así que me encontré haciendo una carrera sin que me gustara.

–¿De dónde te vino el gusanillo?
– Por esa época también hacía de canguro para sacarme un dinerillo. Así conocí a una maquilladora de cine, María Rosa, que iba a trabajar en ‘La plaça del Diamant’, de Paco Betriu, que ha muerto hace poco. Era el verano de 1981. Un día me preguntó si me gustaría estar en el rodaje, y lo dejé todo para estar en la película. Me apunté al equipo de decoración de Francesc Candini y estuve tres meses, entre preparación y rodaje. Entré en un mundo mágico. Me quedé enamorada del trabajo de Rosa Vergés, que era una de las ayudantes de dirección y lo controlaba todo. Y pensé que eso era lo que me gustaba: controlarlo todo, no ser de los que van antes y lo dejan montado, sino estar donde se hacen las cosas. Así empecé. Me quedé tan impactada que decidí que quería dedicarme al cine. Cuando se lo expliqué a la familia, pensaron que estaba loca, que quería vivir del cuento. Me peleé con todos e insistí e insistí, que aquello era lo que me interesaba. Les dije que estudiaría fotografía, porque inicialmente quería ser directora de fotografía, para poder entrar en ese mundo, porque entonces en Catalunya no había nada para estudiar. Y así empecé en el Institut d’Estudis Fotogràfics y me busqué la vida para ir de meritoria. Así estuve en una segunda película, ‘La revolta dels ocells’, de Lluís Josep Comeron, con Jorge Sanz casi un niño y yo le llevaba, casi como si fuera su canguro. Luego fui a parar al ICC e hice ‘Pueblos de Catalunya’, de nuevo con Betriu. Y paralelamente me apuntaba a trabajar en lo que salía, en películas, como meritoria de dirección. También me interesaba hacer formación y me apuntaba a seminarios y a lo que hiciera falta para hacer la parte teórica del cine que entonces no se impartía en ninguna parte. No había ninguna escuela reglada. Sólo algunas academias donde había gente que quería hacer dinero, más que otra cosa.

–Ah, sí, yo recuerdo haber hecho un cursillo de cine en Oviedo y otro en un centro de FP de la Zona Franca de Barcelona.
–Ese fue en el taller de cine que dio Rosa Vergés en el Institut de Noves Professions en el que coincidimos. A mí me gustaba mucho el trabajo de Rosa y luché por ser script (continuista, secretaria de rodaje). Inicialmente quería ser directora de fotografía, pero mi novio de entonces, Joan Benet, estaba en el departamento de cámara y para no competir en ese terrero me pasé al equipo de dirección. Para aprender y estar con muchos directores, pensé que lo mejor era ser script, porque estás a su lado, ves cómo planifican, cómo dirigen… Es perfecto.

– Tienes un carrerón.
– He estado en muchas películas y coproducciones, al lado de directores como Bigas Luna y Mario Camus, y me he ido a Argentina y a Chile. Y me elegían porque yo me he adaptado a todo el mundo. Me iba sola desde España a cualquiera parte, a donde fuera. Y he estado en películas muy grandes, muy espectaculares, aunque aquí igual no han tenido tanta fama, como ‘Tierra de fuego’, de Miguel Littin, sobre la conquista de la Tierra del Fuego; o ‘Nowhere’, de Luis Sepúlveda, sobre un grupo de presos chilenos enviados a las montañas; o ‘Ave María’, una coproducción mexicana de época, preciosa, de Eduardo Rossoff… Como experiencia vital, están muy bien, pero de todas ellas, de la que estoy más orgullosa es ‘Adosados’, de Mario Camus. Era un señor, un maestro. Lo tenía tan claro que era un placer verle dirigir. Lo tenía todo en la cabeza y lo bien que sabía tratar a su equipo y dirigir a los actores. Es con quien he disfrutado más en una película, haciendo de script. También, quizá, con Bigas Luna, haciendo ‘Las edades de Lulú’, en Madrid, aunque era un señor muy peculiar.

– Para ser script has de ser muy rigurosa, has de tomar notas, hacer polaroids de cada plano…
– Sí, pero lo más chulo de ese trabajo es que tú llevas toda la historia en la cabeza, controlas toda la continuidad de la película, y estás tanto en el rodaje como en el montaje. Estás en el medio, entre el director y el productor, para que el material que se ha rodado se pueda montar. Es un trabajo precioso, que tiene una parte creativa increíble ignorada por todos.

– Pero lo dejaste.
– No hubiera dejado, pero llegó un momento, a inicios de los 2000, que estaba muy quemada. Había vivido dos inviernos, uno aquí y otro en Argentina, no sabía dónde estaba, estaba harta de hoteles y de aviones. Llegaba la noche y no sabía dónde estaba. Así que dije basta. Llevaba casi 20 años trabajando y toda la década de los años 90 sin parar. Y decidí por mí misma, por mi familia, mis amigos, que ya sabía lo que eran había las grandes películas y las coproducciones y ese cine ya no me interesaba. Para aprender estuvo bien, pero quería hacer otras cosas, volver a Barcelona y trabajar aquí en lo que había, que eran telefilmes.

– Te pasaste a ayudante de dirección.
– Es que, a veces, como script, les daba mil vueltas a los equipos de aquí, era como un pepito grillo. Y ser script aquí era también como dar un paso atrás. En cambio, ser ayudante de dirección, me permitía subir de categoría y un mejor sueldo Aunque ser mujer y ayudante de dirección, trabajando como se trabaja aquí, hizo que me quemara mucho. También hice mucha publicidad, que me servía para ganar dinero. Eran cosas de calidad, pero no me gustaban nada de nada. Como una serie de 20 anuncios para Nokia, que rodamos en Barcelona, con técnicos y actores de todas partes.

– Y también lo dejaste.
– Creo que estaba rodando la serie ‘Des del balcó’ (2002), con Jesús Garay como director y Tomàs Pladevall como director de fotografía, y tenía tal estrés, tanta angustia, que después de ir un par de veces a urgencias, porque me ahogaba, con crisis de ansiedad, tensión y tensión, decidí hacer un parón. Fue tan duro rodar para el productor Ricard Figueras durante seis meses, con tan pocos medios, que me planteé tomarme un año sabático.

– Un cambio de chip.
– Rosa Masip, del área de Internacional de TVE, me dijo: “¿Quieres conocer la realidad de este mundo? Pues ven conmigo. Iremos a hacer entrevistas. Tú llevarás la cámara y yo, los contenidos”. Me fui a hablar con mi amigo Llorenç Soler y le dije que quería comprarme una cámara e ir a rodar por esos mundos. Me recomendó una de las primeras cámaras digitales, una pequeña Sony. “Ponla en automático y no te líes. Déjate llevar”, me dijo. El primer viaje que hicimos con Rosa fue a Marruecos, ella y yo, mano a mano, con la idea de retratar a la joven generación marroquí y de entrevistar al rey, que no fue posible porque se produjo el incidente de la isla de Perejil [julio de 2002].

– ¡Qué casualidad!
– Luego fuimos a Gambia, para hacer un trabajo sobre la ablación; a Cisjordania, para seguir los pasos de un palestino; y otras cosas preciosas. En este periodo, como a inicios de 2005, me vinieron a buscar de Metges del Món por si quería acompañarles a hacer un reportaje a Sri Lanka, que acababa de sufrir el tsunami (diciembre de 2004). Y la persona que me entrevistó fue el doctor Fernando Fonseca (Caspe, 1946).

– Tu primer encuentro.
– Tomándonos algo en un bar de la plaza del Diamant, en Gràcia. Cuando empecé a hablar con él, vomité toda la frustración que llevaba dentro: que venía del mundo de la ficción, que estaba muy quemada, que yo no era de alfombras rojas, ni de actores, ni de frivolidades, ni de glamur… Mientras, él me iba mirando. Y me dijo: “Tú vas por buen camino. Has ido aprendiendo el lenguaje cinematográfico, la forma de expresarte en imágenes, que hoy en día es más importante que la palabra. Si yo doy una conferencia, aunque haya gente que piense que lo que digo es importante, seguramente estará pensando en otra cosa mientras hablo. Pero si tú haces un audiovisual con profesionalidad, corazón y amor, piensa que nadie en una sala dejará de ver lo que has hecho. Les atraparás. Y eso es importante en el sector donde nosotros nos movemos”. Y añadió: “Piensa que no todo es cine, sino que hay material sensibilizador para universidades, escuelas, conferencias… Y se ha de hacer con la misma rigurosidad que una película, porque las cosas, para que lleguen e impacten han de estar bien hechas. Y tú tienes la experiencia y las herramientas para que ahora puedas hacer cosas pequeñas con el nivel exigido, para hacer cooperación e irte por esos mundos donde, si no tienes las cosas claras, te pierdes. Hay que huir del sensacionalismo. Es muy fácil captar una imágenes, pero hay que ponerles ética. Tú, además, eres la última. No te pondrán las escenas a tiro. Captarás lo que puedas. Es supervivencia a nivel visual. Por eso, si no tienes experiencia, no harás nada”.

– Y te convenció.
– Me aceptaron y me fui con ellos a hacer el documental de su trabajo en la zona, donde habían instalado varios hospitales de campaña. Y me quedé tan impactada con aquel señor, que al cabo de tres o cuatro meses ya estábamos viviendo juntos. Hubo un intercambio mutuo, una conexión entre ambos. Me propuso ir con él para filmar expediciones quirúrgicas, él con su bisturí y yo con mi cámara. Y usaríamos ese material para medicina, universidades, sensibilización… Y ha sido impresionante desde entonces: el terremoto de Haití, los refugiados de Darfur… Todo lo que he aprendido a su lado ha sido impactante. Con Fernando yo he aprendido a ser más humana. Fue un gran maestro, una persona increíble.

– ¿Era mayor que tú?
– Sí, once años más. Era cirujano y presidente de Metges del Món (Médicos del Mundo Catalunya). En sus orígenes, él había estado también en Médicos sin Fronteras (MSF). Empezó a hacer cooperación con ellos y estuvo en la guerra de Bosnia y en la de Irak. Pero él no terminaba de creer en estas grandes organizaciones, porque hay mucha burocracia y le obligaban a ir a un país u a otro en función de sus programas. Razones políticas. Por esa razón, en el 2000 creó su propia organización, más pequeña, la Associació Humanitària de Solidaritat de Girona, con la que operaba cada año a 100 niños.

– Explícanos quién era Fernando Fonseca.
– Fernando nació en el norte de Marruecos. Su padre era un militar portugués, capitán de artillería, y su madre era aragonesa, de Caspe. De pequeño se hizo muy amigo de un niño bereber, un niño amazig. Cuando tenía 2 o 3 años, era un crío muy delicado y cogió una neumonía. Y su padre mandó buscar penicilina a Andorra, con una avioneta, y se salvó porque era hijo de un militar. Un poco más tarde, cuando tenía 6 o 7 años, su íntimo amigo cogió la tuberculosis, que era la enfermedad de los pobres. Y él le fue a pedir ayuda a su padre, pero este le dijo que su amigo no tenía derecho a la penicilina porque era un niño pobre. Según me contaba, ese puñetazo en su corazón infantil le impactó tanto, ver la realidad de aquel mundo, que por ser pobre no tenía derecho a una medicina, que decidió entonces que de mayor sería médico de pobres para redimir a su amigo. Y por eso, toda su vida se ha dedicado a ir por esos mundos, lugares de pobreza o en guerra, para ayudar a los niños a ponerse de pie. Por eso se hizo traumatólogo, especialista en manos y microcirugía, para poder atender a quemados y efectos de minas antipersonas… Y en cuanto pudo, empezó a ir por todo el mundo: a la India de Vicente Ferrer, a la Amazonia de Pere Casaldáliga o al Chad del Padre Michel, donde este capuchino francés tenía un pequeño centro para discapacitados, donde ayudaba a los niños con polio. Y Fernando iba allí, cada año, para operar a 100 niños.

– ¿Qué es lo que más te atrajo de Fernando?
– Cuando le conocí, me impactó su filosofía de vida. No tenía casa ni coche. Nunca quiso tener bienes materiales. Decía que si sólo llevas encima una mochila, con un par de camisetas y el cepillo de dientes, podrás salir del avión con la libertad que te da no tener que pararte a esperar la maleta. Y eso lo aplicaba a la vida. Si has de cambiar de país y no tienes nada, no tendrás que preocuparte por el apartamento que dejas. Si vas ligero de equipaje, no te preocupa esa presión.

– ¿Dónde había estudiado Medicina?
– Aquí, en la Central (Facultad de Medicina de la Universitat de Barcelona), pero luego se estableció en Girona, donde tenía un despacho privado, además del Hospital de Girona, donde le gustaba más trabajar, porque era un sitio más pequeño, con condiciones más precarias, donde podía aprender y era un ambiente más de pueblo y menos agresivo que Barcelona. A Fernando le gustaba mucho el cine. Siempre decía que cuando vio ‘Barbarroja’ de Akira Kurosawa, supo que él quería ser como el médico de la película. El cine le acompañaba siempre y por eso le interesaba mucho la imagen y cómo esta podía reflejar lo que él hacía. Por eso nos complementábamos tan bien. Él con el bisturí y yo con mi cámara.

– ¿Cómo falleció?
– En 2010 tenía muchos dolores de cabeza. Le hicieron un TAC y le vieron un tumor. Se lo estirparon, pero al ver que era maligno, le hicieron tratamiento (radioterapia). Murió el 19 de julio de 2014.

– Cuatro años duros…
– Sí, los más duros de mi vida. Y lo dejé todo para estar con él, para estar a su lado, cuidándole, haciendo de enfermera y de secretaria para que pudiera seguir viajando por el mundo. Hasta el día que se fue, con una gran dignidad. Me dio una lección enorme durante todo ese proceso. Él me iba informando de lo que le pasaba en cada momento, desde la enfermedad hasta la muerte. Y sin dejar de trabajar. Fuimos a Chad con su silla de ruedas, y al rodaje y presentación en Venecia de la película ‘La redempció dels peixos’ (2013), de Jordi Torrent, que produjimos nosotros porque Fernando consideró que allí había una historia interesante y que rodamos en la misma Venecia con la ayuda de Flavia, la esposa de Jordi, que es italiana. El último viaje fue a República Dominicana, donde me surgió un trabajo de docencia, y donde quiso venir también pese a su estado.

– ¿Qué pasó luego?
– Yo llevaba varios años descolgada de todo y de todos. Pero intenté seguir con un plan suyo de enviar material quirúrgico a Gaza, pero hubo unas historias muy raras y lo dejé. La parte idealista y romántica que yo había vivido con él no era igual en todas partes y organizaciones. Empecé a revisar todos los documentales que habíamos grabado con nuestra productora y que han pasado por varios festivales. Y empecé a pensar en hacer un documental sobre su deseo, que no pudo cumplir, de visitar a los niños a quienes había operado y que más le habían impactado. Teníamos el guion y todo. Sus niños ‘adoptados’ eran cinco: una niña de Bagdad, Mawj, que había perdido el brazo durante la guerra; Chanceline, una nena del Chad de 3 años, que se arrastraba porque no tenía tibias hubo que amputarle las piernas; Jose, un niño dominicano aquejado de graves deformaciones y a quien Fernando operó y logró poner derecho; un pescador cubano a quien un tiburón se le llevó una mano, y Bakité, un niño de 7 años de Darfour a quien una mina le arrancó las dos manos y un ojo. Fernando me había explicado el ruta que quería seguir para visitar a cada niño, y deseaba acabarla en Uzbekistán, la patria de Avicena, el gran sabio de la Medicina, e Iran donde esta su tumba.

– ¿Lo has podido rodar?
– Aún no. Pero como todo esto Fernando me lo dejó por escrito, tengo que hacerlo. Es su legado. Al inicio no sabía cómo, entre el duelo y las dificultades que me planteaba llevar a cabo el documental. Al final pensé que, además de esas historias, tenía que construir la parte central, la historia de Fernando niño y de su amigo Alí. Además de intentar levantar este proyecto, con la ayuda de Jordi y Flavia, paralelamente, pensé que se tiene que conservar su obra médica. Y para poder seguir con su labor, allí donde aún se necesitan médicos. Y fue Toni, de los cines Girona, y Jaume, su gestor, quienes me sugirieron crear una fundación. Y que la base inicial de la misma fueran las más de 600 horas de documentales que habíamos rodado. Algo en lo que también me ayudó Mariona, de la Filmoteca, a la hora de valorar todo ese material.

– Recuerdo que hubo un acto de presentación…
– En efecto. Fue el 27 de febrero de 2020, un acto precioso al que acudieron muchos amigos de Fernando, gente muy conocida de su ámbito. La lástima es que 15 días más tarde estábamos encerrados con el estado de alarma a causa de la pandemia. Durante todo este año he estado dándole forma a la fundación, y lo más importante, encontrar al equipo médico quirúrgico para seguir la obra de Fernando. Quedó oficialmente constituida el día de Sant Jordi de este 2021: medicina, cine, sensibilización, formación y cooperación. Los cinco pétalos de una rosa mosqueta.

Entre las personas que respaldan la Fundación Fernando Fonseca se encuentran el bailarín y coreógrafo Nacho Duato; el doctor Marc Garcia-Elias, cirujano-traumatòlogo especialista en manos; la doctora Anna Ey, cirujana-traumatóloga especialista en pies zambos; la periodista Ruth Gómez, consultora en temas de cooperación de las Naciones Unidas; el traumatólogo francés Dorio Djimamnodji; Joan Antoni Melé, miembro del Consejo Asesor de Triodos Bank y promotor de la banca ética; la coreógrafa y bailarina Catherine Allard de It Dansa; el periodista Joan Roura, de TV-3; Diego Chacaltana, un amigo íntimo de Fernando, y Assumpcio Fàbregas, otra amiga.

Y este 19 de julio, séptimo aniversario de la muerte de Fernando Fonseca, Fina Sensada y sus amigos volverán a recordarle con la puesta de largo de la fundación, en presencia de los patronos y dando a conocer sus proyectos de futuro. Eso sí, con la ética y la excelencia en el trabajo como polos de actuación.

Añoranza de las Islas Feroe

Hace tres años que estuve en las Islas Feroe y dos que publiqué la primera guía en castellano de este pequeño país autónomo, dependiente de Dinamarca. En plena añoranza, quiero rescatar un reportaje que hice para la edición española de National Geographic Viajes, y que resume en 14 ítems lo esencial de ese archipiélago salvaje.

Lo complicado del caso es que las Feroe han logrado ser las primeras sin casos de covid-19, pero por ese mismo motivo están siendo sumamente restrictivas a la hora de volver acoger turistas. Desde el 15 de junio han abierto la mano a los viajeros de Dinamarca, Groenlandia, Islandia, Noruega y Alemania sin necesidad de cuarentena. Y a partir del 27 de junio se ampliará al resto de países europeos del espacio Schengen, excepto Suecia y Portugal (ahora mismo ignoro la razón).

Lo cierto es que los visitantes de las Feroe tendrán que llevar un justificante de estar libres de covid-19 o hacerse una prueba en el aeropuerto, según ha decidido el Gobierno de este pequeño archipiélago. Algo que será gratuito hasta el 10 de julio y de pago a partir de ese día: 390 coronas danesas (algo más de 50 euros). Menuda broma.

Volviendo a lo que iba. Que mi añoranza por las Feroe me ha hecho repescar lo que publiqué en su día en National Geographic. Aquí tenéis el texto.

UNA INDEPENDENCIA ADICTIVA
Las 18 islas rocosas de las Feroe se esparcen en el inmenso Atlántico Norte, a medio camino entre Islandia y Noruega, y unos 250 km por encima de Escocia. La roca oscura delata el origen de este archipiélago de pasado volcánico, que surgió de la cresta submarina que va de Islandia a las escocesas islas Shetland. Aunque pertenecen al reino de Dinamarca, desde 1948 goza de una gran autonomía política y económica: no forma parte de la Unión Europea –Dinamarca, sí–, tiene moneda propia y su selección de fútbol juega torneos internacionales.

CADA VEZ MÁS CERCA
Hasta no hace mucho, para volar a las Feroe había que pasar por Copenhague, pero desde hace un par de años se ha abierto una ruta semanal, de mayo a septiembre, desde Barcelona con Atlantic Airways al aeropuerto en la isla de Vágar. También se llega en ferry desde Dinamarca con la línea que pasa por Tórshavn, la capital feroesa, y continúa hacia Islandia.

SALVAJE E IMPREDECIBLE
Aún bastante desconocidas por el turismo, las Feroe son un paraíso para los amantes de la naturaleza y las aves marinas. Lo primero que asombra al viajero que aterriza en las Feroe es su naturaleza intacta. Acantilados cortados a pico, prados verdes que tapizan montañas y el mar omnipresente –se dice que uno nunca está a más de 5 km de la costa–. Expuestas al viento, estas islas de origen volcánico no tienen ni un árbol a la vista, y llueve una media de 210 días al año, siendo los meses veraniegos los más soleados. Precisamente el tiempo cambiante aconseja para las excursiones llevar capas de ropa y un calzado cómodo e impermeable.

TIERRA DE OVEJAS
El nombre danés del archipiélago, Føroyar («islas de los corderos»), está plenamente justificado pues en sus islas habitan 50.000 habitantes y 80.000 corderos. Aprovechando la movilidad de las ovejas, recientemente se equiparon algunas con cámaras para crear un mapa del archipiélago.

UNA COQUETA CAPITAL
Un 40% de los feroeses reside en la ciudad de Tórshavn y sus alrededores, en la isla Streymoy. La capital del archipiélago es una de las más pequeñas de Europa, de ahí que sea perfecta para visitarla a pie, pasar un par de días o convertirla en la base para recorrer el archipiélago pues en el resto de islas la red hotelera es muy escasa.

UN PUERTO ‘MOVIDITO’
La tranquilidad que se respira en las calles de Tórshavn contradice el significado de su nombre «puerto de Thor», el dios del trueno. Pasear por la península de Tinganes para ver sus casas negras con tejados de hierba, los edificios históricos de paredes rojas y la catedral de madera blanca, y comer en un restaurante del puerto es un plan perfecto. También apuntarse a algún evento cultural. Porque en Tórshavn florece la vida artística, especialmente la musical, con una orquesta sinfónica, diez bandas, decenas de corales y una veintena de grupos de rock y pop.

UN PUEBLO CON ESTRELLA… MICHELIN
Alrededor de la capital se pueden realizar muchas excursiones. Una muy sencilla es a Kirkjubøur, un pueblecito al sur que fue sede episcopal durante la Edad Media y hoy es el sitio histórico más importante de las Feroe, con las dos iglesias más visitadas. Quizá por ello también aquí está el restaurante Koks, el único con estrella Michelin del archipiélago y cuna de la renovada cocina escandinava. 

UNA HISTORIA DE PIONEROS
Se cree que los primeros que poblaron estas islas fueron ermitaños del siglo vi que llegaron acompañados de ovejas y cabras desde las islas Shetland y las Orcadas. Un par de siglos más tarde se instalaron familias que huían de la tiranía del rey Harald I de Noruega. Se asentaron con paciencia y tesón en los prados y puertos naturales al abrigo de los fiordos. En la actualidad la mayoría de feroeses se dedican a trabajos relacionados con la pesca, base de su economía.

UN ‘ROAD TRIP’ INESPERAT
En las últimas décadas las principales islas han quedado unidas mediante carreteras con puentes y túneles: uno conecta Streymoy, donde se halla la capital, con la de Vágar, sede del aeropuerto, ambas separadas por apenas 46 km; otro túnel comunica las islas norteñas de Borðoy, Viðoy y Eysturoy.

ACANTILADOS Y ORNITOLOGÍA
De todos modos, las distancias en las Feroe son siempre cortas, y solo se alargan los desplazamientos cuando hay que tomar un ferry. Es importante saberlo si se desea visitar la isla de Mykines, en el oeste del archipiélago, un paraíso para los aficionados a la ornitología, solo accesible en barco o en helicóptero con buen tiempo; o cualquier isla del sur, como Suðuroy, cuyos acantilados también acogen miles de aves. Conviene disponer de una día para cada una de ellas.

LA TIERRA DE LOS FIORDOS
Hacia el norte, el punto más septentrional de las Feroe por carretera es Viðareiði, en la isla Viðoy. Allí un breve ascenso por el monte Villingadalsfjall permite contemplar una de las panorámicas más extraordinarias de este destino, con fiordos de enorme belleza y fáciles de recorrer por estrechas carreteras.

LA ‘FOTOGENIA’ DE SAKSUN
Desde este extremo de las Feroe, trazando un arco de regreso por la costa, surgen otras etapas imprescindibles. Gjógv, con un puertecito natural donde se practican deportes acuáticos; Eiði, para admirar los peñascos de Risin y Kellingin; la ensenada de Tjørnuvík, encajada entre un mar bravío y montañas que miran hacia el Gigante y la Bruja, como llaman a los citados islotes de Eiði; la bahía de Saksun, un remanso de paz entre colinas verdes y un arenal que suele aparecer en películas y anuncios, por el que pasear en la bajamar; y Vest– manna, de donde parten embarcaciones para ver impresionantes acantilados, cuevas marinas y los miles de pájaros que allí anidan.

EL EMBRUJO DE DRANGARNIR
Frente a la costa oeste de la isla de Vágar emergen los peñones de Tindhólmur y Gáshólmur, conocidos como las rocas de Drangarnir.

LAS CASCADAS DE INSTAGRAM
Profundizar en la isla de Vágar permite contemplar las dos cascadas más fotografiadas del archipiélago. La de Gasádalur se sitúa al final de la carretera que conecta la aldea de Sørvágur y la de Bøur, un excelente mirador sobre tres islotes que emergen entre la costa y la isla de Mykines. Y la cascada de Bøsdalafossur, cuya caída al mar únicamente puede verse tras la caminata que bordea el lago Sørvágsvatn, el más grande de las islas, muy cerca ya del aeropuerto. Una buena excursión como despedida de las Feroe.

Los cameos de Alfred Hitchcock

Estos días mi admirado Alfred Hitchcock está siendo homenajeado por activa y por pasiva a raíz del 40º aniversario de su muerte, ya que el mago del suspense falleció el 29 de abril de 1980. Hasta nuestro amigo y crítico feroz Carlos Boyero le dedicó un amplio artículo en El País, titulado “Tan gordo, tan retorcido, tan genial”.

Pero buscando otras cosas que no fueran las tópicas referencias a sus conocidas manías o  a su legado, inmenso e indudable, he encontrado un vídeo en YouTube que muestra los ‘cameos’ (breves apariciones sin frase) que solía efectuar en sus películas. Y yo, que comparto fecha de aniversario con don Alfredo, prefiero recordarle más por estos destellos de humor. Este texto lo publiqué originalmente en Notodocine.

Se cuenta que, muy al inicio de su carrera, cuando las producciones eran tan baratas que no había dinero para pagar a la figuración, Hitchcock se colocó como tal en ‘The Lodger’ (1927), también conocida como ‘El enemigo de las rubias’. Aquí, aparecía de espaldas, en la redacción de un diario y mirando por el balcón.

Sin duda, al realizador le empezó a coger gustillo el asunto y a usarlo como una especie de firma cotidiana de sus filmes, algo que hizo ya habitualmente desde 1937 y con una única excepción: ‘La posada de Jamaica’ (1939). En total, aparece en 40 de sus películas, y en un par de ellas en forma de una fotografía dentro de cuadro: ‘Náufragos’ (1944) y ‘Crimen perfecto’ (1954).

Para no cansaros con la lista completa, algunas de las apariciones que más me gustan son estas:

>En ‘Blackmail’ (‘La muchacha de Londres’, 1929) va leyendo un libro en el metro cuando un crío le hunde el sombrero en la cara y él se levanta con el propósito de reñirle.

>En ‘Inocencia y juventud’ (1937), es un fotógrafo que intenta tomar una foto a la salida de un juicio con la cámara sobre su barriga, sin lograrlo.

>En ‘Alarma en el expreso’ (1938), se pasea vestido con un abrigo negro, fumando un cigarrillo, en la Estación Victoria.

>En ‘Rebeca’ (1940), está esperando ante una cabina a que George Sanders acaba de de hablar por teléfono, mientras les observa un policía.

>En ‘La sombra de una duda’ (1943), está jugando a cartas.

>En ‘El proceso Paradine’ (1947), se baja de un vagón de tren en la estación Cumberland con el estuche de un violonchelo en la mano.

>En ‘Extraños en un tren’ (1951), el instrumento es más grande: sube al tren del que desciende Farley Granger con el estuche de un contrabajo.

>En ‘La ventana indiscreta’ (1954), en el piso del pianista, dando cuerda a un reloj.

>En ‘Atrapa a un ladrón’ (1955), está sentado en el autobús al lado de Cary Grant.

>En ‘Vertigo’ (1958), vestido con traje gris, lleva una especie de cuerno en las manos.

>En ‘Con la muerte en los talones’ (1959), intenta coger el autobús, que se le escapa.

>En ‘Los pájaros’ (1963), sale de una tienda de animales con sus propios perros.

>En ‘Cortina rasgada’ (1966), sostiene un bebé sobre una rodilla, sentado en el vestíbulo del Hotel d’Angleterre, y lo cambia de una rodilla a la otra.

>En ‘Topaz’ (1969), está en el aeropuerto, donde le sientan en una silla de ruedas, de la que se levanta solo.

>En ‘Frenesí’ (1972), con un bombín en la cabeza, es uno de los curiosos que observa un cadáver en el río Támesis.

Aquí os he citado unas cuantas apariciones del genial director inglés, pero si queréis ver la lista completa, podéis encontrarla  en este enlace de la Wikipedia (en inglés), que además permite consultarla por años y también ver en qué minuto de la película ocurre.

Sant Salvador de les Espases

Hace algunos años conocí Sant Salvador de les Espases gracias a un buen amigo periodista, Pere Mejías, padre del también colega Sergi Mejías, un hacha de la información motera. Pere fue una de las primeras personas que recibió un trasplante de corazón en Barcelona, en 1992. Unos meses más tarde, el gran Josep Maria Espinàs le entrevistaría en el programa ‘Personal e intransferible’ de la televisión autonómica catalana (podéis ver el vídeo en el ‘a la carta’ de TV-3). Por desgracia, Pere falleció hace 10 años, en octubre del 2009.

Pero volvamos a la excursión en sí. El nombre me atrajo desde el momento en que Pere me lo propuso: una ermita dedicada a un santo, de nombre Salvador, y con Espadas como apellido, tenía su gracia. Se encuentra en una escarpada cima, no muy alta (no llega a 500 metros), situada en el término de municipio de Esparreguera, pero accesible también desde Olesa de Montserrat, y frente por frente a las características montañas del santuario de la Moreneta y el célebre monasterio catalán.

Recordaba la ruta con cierta nostalgia y, hace unos días, decidimos repetir la excursión con mi esposa, que no conocía el lugar. Le había dado tanto la tabarra, que aceptó acompañarme. Teniendo en cuenta que la memoria falla y que los caminos cambian, sobre todo si han pasado más de 20 años de la caminata que yo recordaba con agrado, opté por llevarme un gps, ya viejillo, pero que funciona bien, y bajarme una ruta de Wikiloc, esa excelente página web donde los propios usuarios suben las caminatas que realizan y que puede consultarse de forma gratuita. Hay una aplicación para teléfonos móviles por menos de 10 euros al año, que te salva de un apuro.

Lo que sucede es que, a veces, no te bajas la ruta mejor (esta), sino la que te parece mejor (esta otra). Yo opté por la segunda, porque seguía otra anterior muy maja, y dimos un rodeo enorme, porque no me fijé que incluía otra pequeña cima, el Puig Cendrós, en una excursión circular. Fue majo, al final, pero añadimos un par de kilómetros más en ascenso a nuestras piernas, que ya no son tan jóvenes como cuando ascendí con Pere.

Salimos de un antiguo balneario, llamado la Puda (por sus aguas sulfurosas malolientes), situado a la altura del kilómetro 7 de la carretera C-55 de Olesa de Montserrat a Monistrol. Fuimos siguiendo el sendero y, siempre en ascenso, vimos con sorpresa cómo la ermita quedaba por debajo de nuestro nivel. Nos habíamos saltado un pequeño desvío, muy empinado, que nos hubiera llevado a Sant Salvador. Seguimos el camino que nos marcaba el gps y llegamos al Pla (llano) de Fideuer. Desde allí, iniciamos un ligero descenso por detrás del collado de Sant Bernart hasta llegar al collado de Bram y, desde aquí, a las escaleras talladas en piedra que ascienden hasta el pico donde se ubica la ermita.

La vista de las montañas de Montserrat, con el monasterio encajado entre ellas, es una postal magnífica. Merecía la pena el ascenso y disfrutar de la panorámica. El descenso, por el otro lado de la montaña, es más sencillo que la subida, pero tampoco es un camino de rosas. Hay que usar buen calzado de montaña, gorra y crema solar si sale un día caluroso, y llevar agua y algo para picar a la sombra de la ermita, porque los ocho y pico kilómetros de recorrido se convierten fácilmente en más de tres horas de caminata para gente mayor, como nosotros.

El factor ‘Campeones’: cine, premios, reivindicaciones y carencias

El equipo de ‘Campeones’, con sus Goya, en una foto de Marcelo del Pozo para Reuters.

La gala de los Goya del sábado, 2 de febrero, donde las películas ‘El reino‘ y ‘Campeones‘ fueron las grandes triunfadoras de la fiesta del cine español, así como el discurso de Jesús Vidal, premio al mejor actor revelación, han puesto de relieve la existencia de un cine diferente, comprometido, inclusivo y diverso. Pero este cine no lo hemos descubierto ahora; lleva tiempo cocinándose.

El cine español hace años que realiza películas comprometidas, lo que ocurre es que, además de estar bien hecho, recibe el aplauso del público y de la crítica, obtiene premios y reconocimientos, y en algunas ocasiones, logra ser distribuido y visto por públicos de todo el mundo, un fenómeno reservado hasta hace poco a Pedro Almodóvar, Fernando Trueba, Alejandro Amenábar y unos pocos directores más.

Existen grandes dosis de talento en nuestro país. Nunca como en estas últimas décadas ha habido una generación de jóvenes cineastas tan bien preparados. Hace algo más de 20 años que en Catalunya nació la ESCAC, la escuela de cine más prestigiosa de España, seguida de la ECAM madrileña, con Juan Antonio Bayona como principal referente de esta generación, gran triunfador de la taquilla internacional con su ‘Jurassic world: el reino caído‘.

Y no hay que olvidar a los galardonados autores surgidos del Máster de Documental de Creación de la Universitat Pompeu Fabra, entre los que destacó Jose Luis Guerín y, más recientemente, Isaki Lacuesta, premiado en el Festival de San Sebastián y en la gala de los Gaudí, hace una semana, aunque se marchó sin estatuilla de Sevilla.

La creatividad e iniciativa de nuestros jóvenes valores, además, se concretan en proyectos arriesgados a nivel político y social. Así, junto a la denuncia de la corrupción, como hace Rodrigo Sorogoyen en ‘El reino‘, y la puesta en valor de la inclusión de los discapacitados físicos e intelectuales, caso de los ‘Campeones‘ de Javier Fesser, cada día surgen más historias centradas en las minorías, en la identidad de género, en las diferentes formas de amar y de ser, como ‘Carmen y Lola‘, de Arantxa Echeverría, donde a la dificultad de una relación lésbica se suma el entorno: una familia gitana, otro colectivo necesitado de inclusión y normalización.

Problemas de financiación

Pero no es oro todo lo que reluce: El buen momento de nuestro cine y del sector audiovisual, en general, no puede ocultar sus carencias. La principal, su falta de financiación. Hay un puñado de buenos productores en este país, que se afanan en buscar dinero y se tienen que hipotecar (si es que tienen casa para hacerlo) para desarrollar sus proyectos. Las coproducciones y la asociación de productoras de diferentes países europeos son la opción necesaria para minimizar riesgos y abrir mercados.

En Catalunya, levantar un proyecto en catalán es dificilísimo. Y si no se cuenta con el apoyo de la televisión autonómica, TV3, es una locura. La situación actual, con la alargada sombra del omnipresente ‘procés’, no ayuda en absoluto: las filias políticas benefician a unos pocos (que se pueden contar con los dedos de una mano) y dejan en la cuneta las ideas de pequeñas productoras.

Hasta ahora, las televisiones generalistas estatales han sido las encargadas de aportar la mayor parte del presupuesto del cine español, pero sin arriesgar en exceso: la rentabilidad en taquilla es un paso previo e imprescindible para que su posterior emisión televisiva suponga los ingresos publicitarios con los que las cadenas se recuperan de lo aportado a esos proyectos. Como decía El País, el lunes, 4, en su editorial, existe un efecto perverso: «el poder de las televisiones para influir en las historias que llegan al público y el casi nulo espacio que queda para las películas independientes».

Un caso hiriente fue, hace un par de años, el de ‘El camí més llarg per tornar a casa‘, de Sergi Pérez. Premio Gaudí a la mejor película en catalán del 2016, fue rodada por un valiente equipo surgido de la ESCAC y con un plantel de excelentes actores, pero no contó con ningún apoyo previo de TV3 que, después, solo ofreció un precio irrisorio para su emisión por la pequeña pantalla. Y eso, pese al galardón y a las excelentes criticas recibidas.

La llegada de Netflix, ha supuesto una inyección económica importante, especialmente para las ficciones seriadas, tanto las compradas para su distribución internacional como las directamente financiadas. Pero no seamos ingenuos: Netflix se mueve en busca de la rentabilidad. Si el producto ya demostró ser bueno aqui, como ocurrió con La casa de papel, en su emisión en abierto por Antena 3, es bastante probable que su recepción fuera también lo sea. Si Netflix ha producido ‘Roma‘, de Alfonso Cuarón, y ha accedido a regañadientes a estrenarla en cines, es porque le ha supuesto un prestigio añadido: un León de Oro en Venecia, el Goya en España y quizá el Oscar dentro de unos días.

La falacia de las subvenciones

Otra falacia a desmontar es que nuestro cine vive de las subvenciones. En efecto, existen, pero su peso y cuantía en una producción es mucho menor de lo que el vulgo piensa. Eldiario.es demostró que algunas empresas (automoción, ganadería, minería, telecos) y partidos políticos reciben muchísimas más ayudas que el audiovisual. Un sector que da empleo a unas 10.000 personas.

Mientras ya se aplica la bajada del IVA, aún sigue pendiente una ley de mecenazgo que permita desgravar las ayudas privadas desinteresadas.

Por esta razón, una gran mayoría de los jóvenes que empiezan, lo hacen en forma de cooperativas donde nadie cobra un euro y mediante lo que ahora se llama crowfunding (microfinanciación): lo que antes se llamaba pedir dinero a familiares y amigos.

Por ejemplo, de esta forma se rodó ‘Clase valiente‘, culminación de un proyecto de fin de carrera de los jóvenes Víctor Alonso Berbel, Jan Matheu y Borja Barrera Allué, dirigido por el primero, que un experimento sobre el impacto del lenguaje en la sociedad y la introducción de un término apropiable por casi todas las formaciones políticas, con entrevistas a una veintena de expertos de todo el espectro político. Aún están esperando que alguna tele se atreva a emitirlo. Ni siquiera lo ha hecho TV3 en su ‘Sense ficcio’, donde cabe casi todo.

El triunfo de ‘El reino’ es diferente y no proviene tan solo del hecho de denunciar la corrupción política en el levante español y de un partido que no se nombra pero que es claramente identificable. Es un éxito cocinado desde abajo: un guion ejemplar, escrito a cuatro manos por Sorogoyen e Isabel Peña, su coguionista habitual desde ‘Stockholm’ y ‘Qué diós nos perdone’, con una estructura de intriga clásica, una dirección ejemplar, intérpretes magníficos y un montaje trepidante, entre otros aspectos, han dado lugar a una película heredera del cine de Sidney J. Furie, Peter Yates, Costa Gavras o Andrew Davis, entre otros. Y todo eso lo aprecia el publico.

Hace ya tiempo que nuestra sociedad intenta (y no siempre logra) acoger en el mercado laboral a discapacitados físicos y psíquicos, personas con otras capacidades (o simplemente ‘campeones’, como decía Javier Fesser, un director ya premiado por la muy dura ‘Camino‘). En el cine y en las series no hay muchos ejemplos (se me viene a la cabeza ‘Yo también‘ con Pablo Pineda, actor protagonista con síndrome de Down) y en el audiovisual, proyectos curiosos como el de ‘La empresa mas loca del mundo‘, apadrinada por la Fundació Itinerarium, en cuyo seno trabajan personas con otras capacidades, como Anna Vives, la joven Down cuya letra ha dado lugar a una premiada tipografía.

Pero aun hay mucho trabajo por hacer. ‘Campeones‘ es solo un pasito más.

Colaboradores necesarios

Mis compañeros del Comité de Empresa de El Periodico acaban de recordarnos uno de los aspectos del que más nos solemos olvidar quienes aún tenemos la suerte (y el privilegio, en estos tiempos) de tener un puesto de trabajo fijo: los colaboradores.

No os voy a contar batallitas, pero cuando empecé a trabajar como periodista, en el siglo pasado , primero hice suplencias de verano mientras estudiaba la carrera (vamos, un becario, pero con salario, que de eso se trataba).
Luego, escribí colaboraciones para El Dominical del diario, gracias a mi querida Margarita Rivière, y en la revista Fotogramas, gracias a mi estimado Jorge de Cominges.

En aquella época, podía ir a entrevistar a Juanmari Bandrés a San Sebastián tomando un tren de noche, charlar con el opr la mañana y volver a Barcelona en el tren de vuelta de esa misma jornada, para amanecer en Barcelona al día siguiente, transcribir la conversación y presentarla, para que se publicara al cabo de una o dos semanas. La pieza se pagaba entonces a 5.000 pesetas (30 euros actuales), de los que había que descontar el viaje y la comida, que subían a más de la mitad.

Eso lo adelantaba yo, y el resto se cobraba al cabo de mes y medio o dos meses.
Esta situación no ha variado, sino que más bien ha empeorado para los colaboradores de nuestro diario, pero también de otros medios. Autónomos hay muchos, pero creo que estos se llevan la palma. Y todo, porque les (nos) gusta nuestro trabajo hasta el límite de, a veces, pasar (casi literalmente) hambre. Ya digo que no os quiero contar batallitas.

Un colaborador puede ir tirando porque le avanza a la empresa su propios viajes, comidas fuera de casa y sus trabajos.
Gran parte de los buenos jefes que hay en mi periódico (siempre hay algún desgraciado que cuestiona lo que gana o deja de ganar un colaborador) hemos estado a su lado cuando teníamos que gestionar su trabajo, pero el problema se ha agudizado ahora con los responsables económicos de la empresa, que no solo nos recortan el sueldo a los trabajadores fijos, sino que retienen injustamente más tiempo de lo que debieran los pagos a los colaboradores.
Y ellos no pueden hacer huelga, pese a que buena parte de los contenidos de un diario como el nuestro se deben al esfuerzo de estas personas.

Con eso juegan esos sinvergüenzas que tenemos arriba.

Gracias, jefe

Este viernes se estrena ‘Gracias, jefe‘, un documental que resulta mucho más divertido y efectivo que los de Michael Moore, tanto, que parece una comedia de ficción rodada por Ken Loach, si no fuera porque es real.
Os resumo el argumento: François Ruffin es un periodista que quiere llegar a hablar con el empresario del lujo de Francia, Bernard Arnault para sacarle los colores. Y lo hace de la forma más original: a través de una pareja de trabajadores, despedidos de una de las muchas empresas del financiero. El cómo lo logran (o no), el humor, ironía y cachondeo que desprende la película hará que paséis un gran rato, sin dejar de pensar en el trasfondo del tema.

De momento, la estrenan en estos cines, aunque pronto habrá más, seguro:

* Barcelona – Cinemes Girona
* Barcelona – Balmes Multicines
* Girona – Cinema Truffaut
* Lleida – Espai Funatic
* Castelldefels – Cinemes Metropol

Yo creo que los chicos de la prensa tendríamos que aprender mucho de las artes de seducción, información y propaganda de François Ruffin, director y también actor de este filme, además de fundador y redactor jefe del periódico bimestral ‘Fakir

Los 100 de ‘Caimán’

Hace solo unos días, en el Festival de Málaga, el profesor y crítico Carlos F. Heredero, director de la revista ‘Caimán’, presentaba el número 100 de su publicación. Un número especial en la que han publicado una encuesta sobre las cien mejores películas de todos los tiempos del cine español.
Los participantes en la misma han sido 350 periodistas de cine, críticos, historiadores, profesores universitarios, directores de festivales o hispanistas, entre otros especialistas. De la lista resultante han surgido los títulos, con ‘Viridiana’, ‘El espíritu de la colmena, ‘El verdugo’, ‘Plácido’ y ‘Arrebato, como las cinco primeras, las únicas que han recibido más de cien votos.
Entre esas cien mejores, también hay 13 documentales y un telefilme mítico, ‘La cabina’, de Antonio Mercero, y sólo seis trabajos dirigidos por mujeres. Lástima.
Los cinco directores más votados han sido Luis García Berlanga, Víctor Erice, Luis Buñuel, Pedro Almodóvar y Fernando Fernán-Gómez.
Hace un par de meses, Carlos tuvo la gentileza de invitarme a participar en esa encuesta. Y no puedo por menos que felicitarles por la iniciativa, por sus cien números y por su valentía en seguir con el proyecto.

Mi propuesta fue la siguiente, casi un título por década:

Muerte de un ciclista (1955), de Juan Antonio Bardem.
El verdugo (1963), de Luis García Berlanga.
El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice.
El sur (1983), de Víctor Erice.
El viaje a ninguna parte (1986), de Fernando Fernán Gómez.
¡Ay, Carmela! (1990), de Carlos Saura.
Belle Époque (1992), de Fernando Trueba.
Todo sobre mi madre (1999), de Pedro Almodóvar.
Los lunes al sol (2002), de Fernando León de Aranoa.
Pan negro (2010), de Agustí Villaronga.

Premios a las óperas primas del cine catalán

Ya sé que no soy imparcial: no lo soy ni en cine ni en política ni en fútbol ni…
Pero me asombro a veces de que mis compañeros no redacten ni un breve (y mira que en formato digital es bien fácil) sobre noticias como esta, que os apunto abajo.
La cosa es que el Colegio de Directores de Cine catalanes ha premiado, como cada año, las mejores óperas primas del 2015.
No hay tantas, ciertamente, pero ahí están, son trabajos nuevos que significan mucho para sus creadores y equipos.
Y escribir de ello es algo tan sencillo como indicar que las películas de Sergi Pérez (largometraje), Alba Sotorra (documental) y Laura Jou Bonet (cortometraje) han sido los galardonados, como han hecho algunos medios digitales.
Quizá me equivoque, pero es una información que no he visto en papel ni en los diarios generalistas catalanes.
Seguro que me equivoco y que en alguna parte se ha publicado.
Nota final: sería bueno que los propios colegiados pusieran al día su página web, dicho esto con cariño.

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