Txerrad@s

El blog del periodista Txerra Cirbian

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Cineastas españoles en Venecia

Estos días en que siento la nostalgia viajera y en que los cines siguen cerrados en Barcelona, he querido volver a arrimar el ascua cinéfila a la sardina viajera y volveros a hablar de Venecia. Hay varias razones. La primera, el fallecimiento, ayer de Jan Morris, la mejor escritora de viajes, cuyo libro sobre Venecia es todo un referente (podéis leer aquí lo que ha escrito el colega Jacinto Antón, que la entrevistó hace unos años). La otra es que dos directores españoles (¡dos, y en plena pandemia!), Álex de la Iglesia y Paula Ortiz, están rodando en la ciudad de los canales. Una buena noticia que me permite recordar a un tercero, el pionero, hace unos años: Jordi Torrent. Este artículo se publicó originalmente en Nosolocine.net

Vamos por el primero: Álex de la Iglesia está filmando ‘Veneciafrenia‘. Es la primera entrega del sello ‘The Fear Collection‘, una serie de películas de terror impulsadas por el director vasco con su productora, Pokeepsie Films, apadrinado por Sony Pictures España y Amazon Studios. Eso le augura una buena distribución en cines (si la pandemia lo permite) y en la conocida plataforma digital de pago.

Al parecer, la historia se centra en un grupo de turistas españoles que viajan a Venecia con la intención de divertirse y acaban metidos en una pesadilla y luchando por salvar la vida. Ingrid García Jonsson encabeza un reparto que incluye a Silvia Alonso, Goize Blanco, Alberto Bang, Cosimo Fusco, Enrico lo Verso, Caterina Murino y Nico Romero, entre otros actores.

La primera vuelta de manivela (usando terminología analógica) se dio el pasado 5 de octubre en la ciudad italiana y se prolongarán durante siete semanas en localizaciones venecianas (callejuelas estrechas, plazoletas no demasiado transitadas, el mercado de Rialto y algunas paradas de vaporetto del Gran Canal) y en Madrid (básicamente en estudio). El propio De la Iglesia se despedía esta semana de esos exteriores con un tuit en que decía “últimos días en Venecia”.

Lo original de este filme es que los exteriores se han rodado en la capital del Véneto, algo inusual en la cinematografía española. De hecho, únicamente un director español lo había hecho antes: Jordi Torrent, un realizador catalán afincado en Nueva York que rodó en la ciudad, en 2014, ‘La redempció dels peixos‘. Enseguida me centraré en ella. Lo digo, porque, curiosamente, la realizadora zaragozana Paula Ortiz está filmando allí otro proyecto internacional.

La directora de ‘De tu ventana a la mía’ (2011) y de la premiada ‘La novia’ (2015) está en Venecia rodando una adaptación de ‘Across the river and into the trees (Al otro lado del río y entre los árboles)’, una de las últimas novelas de Ernest Hemingway. El gran Javier Aguirresarobe es el encargado de la dirección de fotografía.

Ortiz buscó las localizaciones para esta película a inicios de 2020 y la epidemia que empezó a llegar al norte de Italia hizo que volviera para casa. El rodaje se inició en octubre, hace unas semanas, y el equipo está lidiando con la situación, que volvía a estar complicada en Italia por culpa de la pandemia. La directora lo comentaba así en su Instagram: “lockdown / quarantine / venice / todos quietos hasta ver / standby / seguimos remando desde casa / across the river and into the trees / hemingway”.

El protagonista masculino es el actor estadounidense Liev Schreiber, quien también ha dejado constancia en Instagram de que le encanta la ciudad (“la más bella del mundo, además de Nueva York”) y sus gentes. Medios locales le han fotografiado comiendo pizza y fumando en el balcón de su apartamento.

El digital Deadline fue el primero en anunciar este proyecto durante el Festival de Venecia y citó como otros miembros del reparto a Matilda De Angelis, Laura Morante, Giancarlo Giannini y nuestro Javier Camara, que en enero de 2019 estuvo filmando algunas escenas de la serie ‘The New Pope’ en Roma y en Venecia.

Publicado en 1950, el libro narra las peripecias de un veterano coronel del ejército de EEUU, con problemas de salud, que acude a Venecia a cazar patos y para encontrarse con su joven y aristocrática amante veneciana. La novela incluye claros elementos autobiográficos, ya que Hemingway, cincuentón como su personaje, vivió una temporada en la ciudad de los canales junto con su cuarta esposa, Mary Welsh, y se enamoró (dicen que de forma platónica) durante una partida de caza de Adriana Ivancich, una jovencísima condesa de sólo 18 primaveras.

Además de este filme, Paula Ortiz tenía entre manos un guion sobre santa Teresa de Jesús, coescrito con Juan Mayorga que adaptaba la obra de este último ‘La lengua en pedazos’. El proyecto ha sufrido un traspiés, al habérsele denegado la subvención del Instituto de Cinematografía y Artes Audiovisuales, ya que se ha «agotado la dotación presupuestaria» de que disponía el ICAA para este año. Un problema que ha afectado a otros muchos conocidos realizadores. No hay dinero.

Pero volvamos al pionero, al primer cineasta español que se atrevió a ir a rodar a la ciudad de los canales: Jordi Torrent, que filmó ‘La redempció dels peixos (La redención de los peces)’ durante el verano de 2013 en Venecia. La película narra el viaje “laberíntico” de un hijo para conocer a su padre, que le abandonó cuando era un niño. Miquel Quer y Lluís Soler, encabezaban el reparto, lleno de actores venecianos. Jose López comentó el filme en su día en Nosolocine.

Torrent, que reside en Nueva York, respondió amablemente a mis preguntas por videoconferencia, cuando le indiqué que deseaba incluirle en una nueva edición de mi guía ‘Venecia de cine’ (2015). Me explicó que había usado como telón de fondo la caótica y laberíntica trama urbana de la ciudad de los canales para describir el proceso interno del joven tras descubrir la identidad de su padre, que oculta aspectos poco claros de su pasado y presente.

En la decisión del director pesó también su amor por la capital veneciana, al hecho de que su esposa, Flavia Galuppo, fuera neoyorquina de ascendencia italiana (además de directora artística de la película) y a que ambos tienen muchos amigos en la región. También me explicó algunos detalles más, que dejo para incluir en el libro y que podréis leer en cuanto se publique.

CODA. Después de publicado este texto, Jordi me ha dejado un amable texto en el apartado de comentarios, que también añado aquí. Dice lo siguiente: «Gracias, Txerra, por incluirme en este bonito artículo. Cómo nota a pie de página te hará gracia saber que la escena del estudio de artista que se ve en ‘La Redención de los Peces’ la rodamos en el estudio del pintor veneciano Bobo Ivancich, sobrino de la Ivancich que enamoró a Hemingway«.

Lo cierto es que Venecia sigue siendo un imán para el cine. Recuerdo que a la hora de afrontar mi ‘Venecia de cine‘ llegué a contar más de un centenar de películas allí rodadas. De ellas, decidí eliminar de la lista inicial más de la mitad que únicamente tenían algún plano puramente veneciano, y me decanté finalmente por una treintena larga. La mayoría corresponden a producciones filmadas ampliamente en la ciudad o cuya importancia a nivel internacional me ‘obligaba’ a incluirlas.

Cuando acabé de redactar el texto, decidí finalizarlo con ‘Effie Gray’ (2014), el melodrama de época rodado por Richard Laxton, con Dakota Fanning, Emma Thompson, Tom Sturridge y Greg Wise. En aquel momento, mis editores me sugirieron un límite de páginas, pero ahora me veré obligado a superarlo, porque no puedo dejar de incluir a estos directores españoles en una próxima edición del libro: Jordi Torrent, Álex de la Iglesia y Paula Ortiz.

‘Todas las criaturas grandes y pequeñas’, una serie de buen rollo

Entre las nuevas series que llegan a nuestras casas a través de la televisión tradicional en abierto o mediante las plataformas de pago vía internet (‘streaming’), hoy les escribo de una serie de las de buen rollo, de las que te hacen disfrutar con sus personajes e historias y acabar cada capítulo con una sonrisa. Se titula ‘Todas las criaturas grandes y pequeñas’ y la acaba de estrenar la plataforma española Filmin.

Se trata de una ficción inglesa actual, ambientada a finales de los años 30 del siglo XX y con todas las características de las mejores producciones británicas: buenos guiones, realizaciones más que correctas, estupenda recreación de la época y con un puñado de actores que saben sacar jugo a sus personajes. Además, les puedo asegurar que hará las delicias de los amantes de los animales, grandes y pequeños, como reza el título. También tiene ese tono agradable y cálido que ya poseía Los Durrell’, que también acoge Filmin.

De izquierda a derecha, AnnaMadeley, Samuel West, Nicholas Ralph, Rachel Shenton y Callum Woodhouse.

Pero vayamos por partes. Primero, la trama, que es una nueva adaptación de los libros de James Herriot (1916-1995), seudónimo del escritor James Alfred Wight, que ejerció durante décadas como veterinario rural en el condado de Yorkshire del Norte, en mitad de Inglaterra.

Se tratan de historias semiautobiográficas que el autor escribió en una docena de libros a partir del año 1969. Fueron tan populares, que lograron incrementar el número de jóvenes estudiantes de Veterinaria, además de dar lugar a un par de telefilmes y una teleserie.

El protagonista es el mismo James Herriot joven, recién salido de la Universidad y que vive en Glasgow con sus padres. Un día le llega una oferta de trabajo en la zona del parque nacional de Yorkshire Dales por parte de un, más bien excéntrico, veterinario llamado Siegfried Farnon. Este vive en un caseron, Skeldale House, con una ama de llaves, la señora Hall, y posteriormente el hermano menor de Farnon, llamado Tristan, un bala perdida.

Las peripecias de todos ellos y sus relaciones con los vecinos, granjeros y ganaderos del condado, más los cuidados que proporcionan desde gatos y perros domésticos a caballos y vacas a punto de parir, conforman el simpático núcleo argumental.

Los veterinarios y el ama de llaves.

La primera adaptación de los libros de Herriot fue una película para la televisión, rodada en 1975, sólo seis años después de la publicación de la obra literaria original. Fue dirigida por Claude Whatham e interpretada por Simon Ward (como James) y Anthony Hopkins (como Siegfried), acompañados de Lisa Harrow, Brian Stirner y Freddie Jones. Su secuela, con otros actores, fue menos interesante, pero la BBC decidió impulsar una serie, que se mantuvo en pantalla de 1978 a 1990, a lo largo de siete temporadas y 90 episodios, con Christopher Timothy, Robert Hardy y Peter Davison al frente del reparto.

La miniserie actual de seis capítulos que llega ahora a Filmin parte del mismo material, pero con nueva savia, con un reparto encabezado por el joven actor escocés Nicholas Ralph (1990), como el joven, ingenuo pero eficaz James Herriot, su primer papel de importancia.

El veterano Samuel West (1966) encarna a Siegfried Farnon, cuya dura apariencia esconde a un tipo noble y generoso. West es hijo del legendario Timothy West y un rostro muy popular en el cine y la televisión inglesa, con trabajos que van desde ‘Regreso a Howards End’ a ‘The Crown’. El tercero en concordia es Callum Woodhouse, que ya interpretó a Leslie Durrell, el hermano aficionado a las armas en la serie de ‘Los Durrell’, le proporciona el toque juerguista a Tristan Farnon.

Callum Woodhouse, el Leslie de ‘Los Durrell’, es aquí el juerguista a Tristan Farnon.

A destacar que esta nueva adaptación ofrece notables toques de igualdad de género y un mayor peso de los personajes femeninos de la trama, empezando por Anna Madeley, como la señora Hall, la ama de llaves, y Rachel Shenton, como la atractiva granjera Helen Alderson.

Como casi siempre en las producciones inglesas, el puñado de actores secundarios ofrece recitales notables que aportan brillantez a sus personajes, aunque sean de corta duración. Y aquí destaca con luz propia la gran Diana Rigg, fallecida el pasado mes de septiembre: aquí hizo uno de sus últimos trabajos, encarnando a la señora Pumphrey, una adinerada dama a cuyo regordete y enfurruñado perro pequinés ha de tratar el joven veterinario Herriot.

Diana Rigg, como señora Pumphrey, y su glotón pequinés.

Finalmente, en el apartado técnico, hay que señalar que los dos primeros episodios están dirigidos por el británico Brian Percival, conocido por su trabajo en la serie ‘Downton Abbey’, la miniserie ‘Norte y Sur’ y las películas ‘A boy called dad’ y ‘La ladrona de libros’.

Ah… y no se pierdan los bonitos títulos de crédito, unos dibujos o pinturas animadas que recuerdan algunas de las portadas de los libros originales y también a estilo de los créditos de la serie ‘Los Durrell’, si bien en este caso fueron diseñados por Alex Maclean mientras que en las ‘criaturas’ la dirección de arte se debe a Thomas Goodwin.

Las aventuras del veterinario inglés ya tienen continuación: el Channel 5 británico estrenará la segunda temporada de la serie el próximo mes de enero. Filmin la emitirá en octubre de 2021, según ha avanzado su director editorial, Jaume Ripoll.

Entrevista con Eduard Jornet

“Viajar es barato si no te planteas dormir en hoteles de cuatro o cinco estrellas”, dice este montañero y autor de documentales, padre de Kilian Jornet, que estrena canal de Youtube

Eduard Jornet nació en vísperas de la Nochebuena de 1951, en Badalona, porque su padre, que era de Aitona (Segrià), empezó a trabajar en Ferrocarrils de Catalunya. Él fue el primero de su familia en convertirse en montañero, una afición que convirtió en profesión y que su hijo Kilian ha seguido y elevado a nivel de mito deportivo. Esta entrevista se publicó originalmente en el Catalunya Plural.

– ¿De dónde le viene esa afición a la montaña?
– Del ‘escoltisme’. Del grupo de ‘escoltes’ de La Floresta, que era donde vivíamos. Si me preguntas cuándo empecé a priorizar la afición a la montaña sobre otras cosas, fue hacia los 17 años. Y a los 25 rompí del todo con Barcelona y me fui a vivir a un refugio, al Mallafré, en Sant Maurici.

— ¿Dejó los estudios?¿El trabajo?
– No, no. Estudié el bachillerato y soy serigrafista de oficio desde los 14 años. A través de mi madrina, que era muy amiga de Ángel Camacho, que hacía los carteles de cine de Barcelona, logré entrar a trabajar en la sección de serigrafía de sus talleres. También hice una diplomatura en Marketing, pero lo dejé por la montaña. Evidentemente esos estudios me han servido para todo lo que he hecho luego, en los refugios y como pistero-socorrista en La Molina.

–¿Y eso de ser encargado de un refugio se consigue fácilmente?
– No. No te lo daban así como así. Te hablo ahora del año 1977 y yo solicité gestionar un refugio a la delegación catalana de la Federación Española de Montaña. Tuve que demostrar al comité encargado de esas concesiones que yo conocía la montaña, que había hecho travesías por el Pirineo, que había ascendido a varias cumbres… Y me dieron la gestión del Ernest Mallafré del Parque Nacional de Aigüestortes y Estany de Sant Maurici.

–¿No le daba miedo la soledad?
– Nada. Aunque soy una persona muy sociable, me gusta estar solo y caminar por la montaña solo sin ningún problema.

– Usted es guía de montaña desde 1978, pero también puede tener un accidente…
– Has de asumir la parte de riesgo que tienes, pero has de controlar muy bien dónde vas, cómo vas y de qué manera. Tienes que conocer bien el terreno.

– ¿Y no es mejor ir acompañado?
– Sí, sí. Es mejor ir con alguien. Lo aconsejo siempre.

– A inicios de los años 80 encontró a su alma gemela, Núria Burgada, que decidió acompañarle…
– Ella también venía del mundo de la montaña y coincidimos en la Molina. Estuvimos varios años juntos y tuvimos a nuestros hijos, Kilian y Naila.

– Vamos, que de tal palo, tal astilla…
– No, no. Nosotros les dimos a elegir qué querían ser. Kilian escogió la montaña, como profesional, y Naila decidió ser fisioterapeuta, pero también vinculada a la montaña, porque a ella también le gusta, y escala, hace parapente… No se lo inculcamos, sino que salió de una forma natural. De pequeños íbamos a la montaña y hasta donde llegaran. No era cuestión de hacer cumbre porque sí, porque había que llegar a la cumbre, sino que vamos allí y si llegamos arriba, pues muy bien, y si no, no pasa nada. No les forzamos nunca a continuar.

– ¿No le da miedo cada aventura de Kilian?
– Claro que me preocupa, como a usted si su hijo sale de noche y ha de conducir por una carretera que no conoce para ir a una discoteca. La cuestión es conocer tus límites y conocer el terreno que pisas. Y en deportes de riesgo, hay que saber tomar la decisión correcta en el momento crítico. No pasa nada por no llegar a la cumbre. Lo importante es nuestro esfuerzo por intentarlo.

– ¿Cómo lleva no poder ver a Kilian, a Emelie y a su nieta, con esto de la pandemia?
– Es duro, porque tenía que haber ido a Noruega en marzo, cuando empezó todo, y tal como están las cosas no sé cuándo podré verles…

– Volvamos a su faceta de fotógrafo y documentalista. ¿Cuándo le entró ese gusanillo?
– Es una afición que me viene de mis primeras excursiones por el Pirineo con tres amigos ‘escoltes’ más. Debía tener 16 o 17 años cuando preparamos una travesía desde Setcases hacia La Molina y luego hacia Berga. Y le pedí a mi madre una cámara muy sencilla, con la que hice mis primeras fotos en blanco y negro.

– ¿Aquellas de estilo Werlisa o reflex tipo Praktica?
– No recuerdo. Era muy sencilla, de plástico, tipo Instamatic de Kodak o Agfa. Con el tiempo, en cada salida, llevaba una cámara, que cada vez fue siendo más buena. La primera vez que fuimos a Benasque, mi hermano me dejó ¡una Yashica!

– Me hablaba del origen de su afición…
– Como le decía, cuando empecé como serigrafista hacía el revelado de las fotografías. Y el encargado, además, era aficionado a la fotografía y al cine, y eso me ayudó. Más tarde, un año que íbamos a estar de vacaciones en Benasque, alquilé una cámara de cine de 8 mm e hice una primera película, que no me salió muy bien, con veladuras y tal. Pero me gustó tanto, que me compré una de aquellas de tres objetivos, que me sirvió para filmar una excursión a los Alpes y la subida al Mont Blanc.

– ¿Qué edad tenía en esa ascensión?
– 20 años.

– Era muy joven…
– Sí. En aquella época éramos así. En la colla de Sant Cugat había otros tres chavales con 17 o 18 años. Y subimos todos juntos. Pues lo que te decía, que me aficioné al cine, y del 8mm pasé al Super 8mm, con una Sanyo. Y también una empalmadora, para cortar y montar planos. En realidad era más fotografía que cine. No tenía mucha idea.

– Bueno, como todos los aficionados cuando empezamos…
– Hacía mis pinitos e, incluso, grabé una de las clases de mi mujer, Núria, que estudiaba Magisterio, e incluyó la película en su trabajo de fin de carrera. Pero me faltaba algo. Veía los documentales de Jordi Pons y tenían una forma muy atractiva de explicar una historia. Y supe que necesitaba aprender un poco más.

– ¿De qué año me habla, más o menos?
– Hacia 1993 y 1994. Un día vi un anuncio del Centre d’Estudis Cinematogràfics de Catalunya (CECC) y decidí a apuntarme a unos cursos de montaje y fotografía.

– ¿Se apuntó a una escuela de cine con 40 años cumplidos?
– ¿Y por qué no? Habíamos dejado La Molina y me habían dado la gestión del refugio de Cap del Rec. Y en el CECC conocí a profesores estupendos, como el montador Manel Almiñana, con quien colaboré luego en varios cortometrajes, y el director de fotografía Gerard Gormezano. Y José Luis Guerín nos dio alguna clase de dirección. A partir de ahí hice varios cortometrajes más en super 8 mm y también me lié con una cámara de 16 mm.

– Esos son palabras mayores…
– Sí. Hice un par de cosas, ‘La Vall de la Llosa’ y ‘La procesó de Meranges’, pero el 16mm era carísmo y lo dejé. Volví a la fotografía analógica y en cuanto apareció la digital me pasé a ella. Luego, también, empecé con el vídeo digital. Así he rodado en HD ‘La Gran Volta al Toubkal’, ‘Aladaglar’, ‘Muntanyes de Llum’ y ‘La casa dels Esperits, 238 Km en solitari en territori
Mapuche’, sobre el volcán Rukapillan, en Chile. También he colaborado en algunos de los documentales de Kilian, como en ‘El contador de lagos’ [que puede verse en TV-3 a la carta].

– Además de efectuar grandes vueltas a la Cerdanya (con libro incluido), al Toubkal africano y al Rukapillan chileno, ahora está acabando otro documental.
– Yo grabo pequeños documentales que me sirven para ilustrar las conferencias que doy por todo el mundo. Pero es un proyecto muy chulo: la gran vuelta al Mongun-Taiga, un macizo montañoso en la zona oriental de Siberia, tocando a Mongolia. Estuve viviendo allí varios meses, antes de la pandemia. Ya tengo un primer montaje y sólo me faltan algunas voces y detalles.

– ¿Por qué Siberia?
– Es que fuimos con una idea doble: la ruta alrededor del Mongun-Taiga en sí, en la que también participaron un grupo de excursionistas catalanes, y un proyecto de una amiga, Anna Panchischeva, para elaborar queso a partir de leche de yak. Cuando lo explicamos, les pareció muy interesante a la gente de allí e, incluso, a las autoridades locales, que nos ayudaron con ambos temas.

– ¿Podremos ver el documental en alguna tele?
– No creo. Estoy muy desencantado con las televisiones. No las veo interesadas en lo que yo hago. Ahora mismo, en Filmin está ‘Amazigh’, un trabajo que codirigí con Alicia Almiñana, en Marruecos, sobre dos jóvenes bereberes que se preparan para participar por primera vez en una carrera ultra trail. Si alguna cadena o alguna plataforma quiere emitir el de Siberia, bien. Si no, se podrá ver en mi canal de Youtube.

– ¡En Youtube!
– Sí, sí. Unos amigos lo están preparando para que se puedan ver todos mis documentales en un canal propio de Youtube, probablemente vinculado a mi página web: EduardJornet.com

– Aunque usted está jubilado como guía de montaña, no para de viajar por cordilleras de todo el mundo descubriendo nuevos lugares. Y, además, colabora con la Fundación Itinerarium, una entidad que cumple ahora 10 años.
– Colaboro en el diseño de sus Circuitos Inclusivos, unos itinerarios que pueden ser recorridos por todas las personas, incluidas aquellas cuyas capacidades físicas o intelectuales estén mermadas. Son unas rutas señalizadas de forma permanente en diferentes ciudades y pueblos. El primero fue en Llívia y ya hay más de 40 en toda Catalunya, Madrid, Venecia, Chile y Estados Unidos. El próximo, antes de fin de año, será en Tiana.

– Vamos, que no se está quieto. Y seguro qué tiene algún proyecto más en mente.
– Teníamos previsto haber ido este año a Oceanía, a hacer la gran vuelta al Tarawera, un volcán activo en Nueva Zelanda, pero la pandemia lo ha parado todo.

– Dado que viaja continuamente, ¿cómo lo hace para vivir fuera varios meses sin arruinarse?
– Viajar es barato si no te planteas ir a dormir a hoteles de cuatro o cinco estrellas. Mira, yo tengo un presupuesto de 900 euros al mes y sé que no me puedo pasar. Hay jornadas que estoy de ruta y duermo en una tienda en la montaña y no gasto nada. Así, otro día puedo bajar a la ciudad más cercana y estar en un hotelito donde ducharme. Además, siempre hay amigos que te acogen en su casa y te dejan una cama donde dormir.

Lluís Segura, novelista romántico

Lluís Segura (Barcelona, 1973) es un cineasta surgido de la ESCAC, la prestigiosa Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Catalunya. En ella fue profesor de dirección y guión durante seis años, y coordinó y produjo dos de los primeros filmes colectivos de sus alumnos, la simpática ‘Puzzled love’ (2011) y ‘Los inocentes’ (2013), del género de terror.

Lo que se sabe menos es que Segura pertenece a la primera promoción del centro, la misma en la que se formaron JA Bayona, Kike Maíllo, Roser Aguilar y Guillem Morales, entre otros. Con los dos primeros colaboró en los guiones de sus cortometrajes ‘Mis vacaciones’ y ‘El hombre esponja’, de JA, y ‘Los perros de Pavlov’, de Kike. Director de varios cortos y un largometraje, realizador de anuncios publicitarios y guionista de otros trabajos, hace un par de años escribió un divertido ‘Diccionario sexual supremo’. Ahora se estrena en la literatura de ficción con ‘Contagiados de amor’, una novela “romántica y canalla en tiempos de la covid-19”, como asegura en su portada.

– Director de cine metido a escritor. ¡Vaya cambio!
– No, no. Yo hago lo que siempre he hecho: contar historias. Y puedes hacerlo con imágenes o con un texto. Y si supiera hacerlo de otra forma, con otras artes, lo haría. Si supiera hacer teatro, lo haría con una obra de teatro, por ejemplo. Me gusta ir cambiando, porque me aburro muy rápido. Siempre estoy escribiendo guiones, con lo que aquí tampoco hay mucha diferencia.

– Y una historia ¡romántica y canalla!
– Es que quería contar algo rápido. Tenía que actuar con urgencia, porque no me daba tiempo a convertirlo en algo audiovisual.

– Lo dice porque la centra en una convivencia durante los dos meses de confinamiento…
– Sí. La historia de amor que se desarrolla entre un soltero empedernido y una mujer por culpa del estado de alarma. Y lo que, en principio, era una relación ocasional se transforma en otra cosa.

– Utiliza el gancho de ‘basado en hechos reales’.
– La novela está dentro del apartado de ‘ficción biográfica’ de Amazon. Unir biografía y ficción parece un contrasentido, pero es así. El libro está basado en lo que nos ha pasado a mi pareja y a mí durante estos meses, algo de lo que yo iba tomando notas cada día. Los acontecimientos hicieron que la estancia de mi chica se alargara semanas cuando en principio sólo tenía que pasar la noche en casa. Hechos dramáticos y complicados, malas noticias que nos han ido uniendo más. Algo que también te muestra cómo son las personas realmente. Y al final, lo que era un rollo de una noche se convierte en muchas noches más, conoces más a la persona y te vas enamorando… o no. Si los lectores compran la novela, ya lo verán [ríe].

– ¿Dónde se puede encontrar la novela?
– En Amazon, tanto en su formato digital como en papel. En el primer caso, la novela cuesta 2,99€ y en el segundo, 10,38€. Ahora está de oferta, o sea, que se animen los lectores, porque pronto tendré que subir un poco el precio.

– ¿Cómo la ha editado?
– Pues me la he autoeditado, porque las editoriales estaban un poco remisas a hacerlo. Con una amiga, Esther Fernández, que me ayudó a publicar mi anterior libro, ‘Diccionario Sexual Supremo‘, hemos creado un sello, Le Book, y nos hemos lanzado a la piscina para autoeditar libros. Yo ya tengo tres más en marcha y hay amigos que se han interesado en la idea para que publiquemos los suyos.

– ¿Esther Fernández? ¿Procedente también de la ESCAC, como usted?
– Sí. Ella estudió en la ESCAC y me ha ayudado en la producción de varios cortos míos. Es muy creativa y hace muchas cosas.

– Usted también es director de cine y guionista. ¿Cómo lo lleva?
– El cine lo tengo un poco dejado de la mano de dios. He preferido ponerme a escribir, porque con todo este parón del virus y me he dedicado mucho a la escritura. Ya tengo preparadas tres o cuatro historias que se convertirán en libros, algunos más avanzados que otros, pero que van a salir ya.

– Y que se pueden transformar en una película o en una serie, porque este ‘Contagiado de amor’ tiene todo para ser un guion de cine o de tele.
– Sí, sí. Estos libros son muy susceptibles de convertirse en una peli o una serie. Ojalá.

– Dice que tiene el cine algo abandonado, pero usted, que estuvo involucrado en los primeros guiones de los cortos de JA Bayona, sigue siendo uno de sus asesores.
– He sido el asesor creativo de un par de películas de JA, sí. De ‘Un monstruo viene a verme’ y de ‘Jurassic World: El reino caído’.

– ¿En qué consistía su trabajo?
– Es como un ayudante de dirección, pero antes del rodaje. Asesoras también sobre el guión y también sobre el montaje posterior. Es como una mano en la que se apoya el director para no estar solo en la preparación de una película y/o en la postproducción de la misma.

– ¿En la última?
– En ‘El señor de los anillos’ no he colaborado. Era un encargo de Amazon, empezó a rodar, tuvieron que para por la pandemia y hace una semana han vuelto a reiniciar el rodaje.

– Usted dirigió dos cortos, ‘Doroteah’ (1999) y ‘¡Nena!’ (2008) antes de debutar en el largometraje, con ‘El club de los buenos infieles’ (2017).
– En efecto. La podéis ver en Netflix.

– Hubo críticas que la tacharon de “machista”
– Cada uno puede interpretar lo que quiera de una obra, pero no es machista. Al revés. Critica a los hombres de una forma divertida y cómica. Expone sus debilidades, miedos y defectos, y eso no creo que se pueda definir como machista. Fue mal vista de manera injusta. En el equipo había muchas mujeres y gustó a muchas espectadoras. En ningún momento mi intención era hacer una película machista sino enseñar a todo el mundo que, a veces, los hombres tenemos actitudes ridículas y hay que cambiarlas. En la película, los hombres son inicialmente de una forma y acaban de otra manera; han evolucionado como personas. ¿Era una película sobre la infidelidad masculina? Sí, pero no era machista. Era un tema complicado y me metí en un lío. Pero yo necesito películas que toquen temas difíciles.

– ¿Algún proyecto nuevo?
– Escribí el guion de un cortometraje llamado ‘Beef’, dirigido por Ingride Santos, que ha tenido un montón de galardones nacionales e incluso ganó el premio al mejor corto del prestigioso Festival de Cine de Miami. Con su realizadora estamos escribiendo la versión largometraje de la historia, una trama muy realista sobre una adolescente que quiere triunfar en la música trap.

– ¿Y alguna película propia en mente?
– Tengo muchas en mente, pero ahora voy a escribir esos libros y luego intentaré que se conviertan en películas. Levantar proyectos cinematográficos hoy en día es muy complejo. Y he descubierto que escribir un libro es igual de difícil pero mucho más rápido… Y muchísimo más barato, y más asequible. Esto me permite ir sacando ideas de esta especie de embudo de proyectos que tengo en mi cerebro, porque si no serían cosas que no sacaría nunca. Son películas en formato libro. Y como suele decir que el libro siempre es mejor que la película, aquí ya tienen el libro.

– El amor (o el terror o el crimen) en los tiempos del… coronavirus.
– Creo que hay que hacer arte, cine, libros, sobre lo que estamos viviendo, la pandemia y todo lo que nos está pasando. Hay pocas cosas y hay que hacer mucho, porque de lo que pasa sólo sabemos lo que dicen los políticos, los médicos y los periodistas. Ahora mismo, del virus y la pandemia tenemos información de ese calibre. Pero, ¿y del amor? ¿Dónde lo hemos aprendido antes? En los libros, en las películas, en el teatro. ¿Y ahora? Nos falta el punto de vista artístico y deberíamos hacer más cosas sobre este tema. Me pongo a ver películas y está todo desactualizado. Y yo necesito que se actualice todo. Ya sé que se están rodando cosas, pero necesito que haya más. Por ejemplo, ves ‘Fiebre del sábado noche’ y la discoteca abarrotada y piensas, ¡¡pero qué hace toda esa gente bailando en sin mascarilla!!

Fotógrafo y rockero ‘on the road’

Hace casi 40 años que Ferran Sendra (Barcelona, 1958) retrata a estrellas del rock en concierto. Ahora ha querido publicar un libro de fotografías, titulado ‘Rocks on the Road’, donde nos descubre pueblos, detalles y paisajes de Estados Unidos y el Reino Unido que han inspirado grandes canciones de ese estilo de música y portadas icónicas de discos de Pink Floyd, Eagles, Led Zeppelin, Deep Purple o Guns N’Roses.

En el libro podemos ver lugares como la Promised Land, el Cadillac Ranch y las Badlans de Bruce Springsteen; el Misisipí de Johnny Winter; el Memphis de B.B. King; el Nashville de Johnny Cash; la Nueva York de Bob Dylan; la California de los Eagles; los desiertos de Mojave y Death Valley de los U2; las carreteras de Texas de los ZZ Top; callejones que inspiraron a los Clash, a David Bowie y a Lou Reed, y hasta la prisión de Illinois de los Blues Brothers.

Además del vídeo que resume el espíritu del libro, Ferran nos ha respondido a algunas preguntas sobre su triple afición (fotografía, rock y viajes) para los amigos de Nosolocine.net (donde se ha publicado originalmente este texto) y nos muestra algunas de las imágenes que ilustran su libro.

– ¿Cuándo empezaste a hacer fotos de conciertos y por qué?
– Hace tanto que no recuerdo si primero fue hacer fotos y luego ir a conciertos, o al revés. Todo comenzó hacia 1976. Entré en el diario ‘Avui‘ con 17 años. Primero estuve en teletipos y luego en compaginación. Aún no había fotógrafos ni sección de Fotografía, pero con Jordi Garcia-Soler [fallecido el pasado 31 de mayo] empecé a ir y publicar fotos de los conciertos de la época. Básicamente cubríamos los de la Nova Cançó, pero pronto vi que los conciertos de rock internacional que llevaba Gay & Company eran los que a mí me interesaban, porque era el tipo de música que yo escuchaba. Aquellas primeras actuaciones de Lou Reed, Iggy Pop y Eric Clapton, entre otros, aún las recuerdo.

– ¿De qué fotos de músicos estás más contento?
– Es difícil elegir fotos, porque de las que estoy más contento no son las mejores. Las fotos que hice del primer concierto de Lou Reed en el Palacio de Deportes de Barcelona no valen nada, pero con tener una foto de esa noche ya tengo suficiente. Las fotos de los grandes del rock ya desaparecidos les tengo un cariño especial, como las de Frank Zappa, Rory Gallagher, Jerry Garcia, Bo Diddley, Pete Seeger… La lista es larga.

– ¿Cómo se te ocurrió la idea de viajar a los lugares del rock?
– Todo viene de un primer viaje a Londres en 1980. Al ver la Battersea Station de la portada de ‘Animals‘, de los Pink Floyd. Hice aquella foto y empecé a buscar lugares y paisajes relacionados con los artistas y bandas que me gustan. Pero no me he limitado a las portadas. De los videoclips, documentales o biografías sacas mucha información. En el libro hay cosas tan diferentes como la portada ‘Hotel California‘ de los Eagles en Los Ángeles; la estatua de Willie Nelson en Austin (Texas); las ‘Badlands‘ de Bruce Springsteen en Dakota; la tumba de Jim Morrison en París y las casas de los cuatro Beatles en Liverpool. De hecho no es un libro de portadas de discos (aunque hay más de 50), ni de fotos de conciertos. Las fotos de conciertos son la base que hace que todo tenga sentido, pero no son lo más importante.

– ¿Cómo planificastes esos viajes?
– Tengo una libreta donde me he ido apuntando todas las localizaciones que he encontrado. En cuanto tengo unas cuantas, de Chicago, por ejemplo, voy y trato de hacerlas. A veces, con un solo viaje no lo encuentras todo. Nueva York es un caso aparte, no te lo acabas nunca. Esto lo he hecho muy poco a poco. Prácticamente todas las localizaciones son de Inglaterra y Estados Unidos.

– ¿Qué imágenes destacarías?
– Me gustan las que pueden pertenecer a más de un disco o una canción, esas que no tienen una referencia concreta y clara, que se pueden asociar a muchas canciones: imágenes del Misisipí, de Tennessee, los paisajes inhóspitos de la Gran América, aquellas carreteras interminables, desiertos, coches, trenes…

– Para acabar, veo que tienes grandes colaboraciones en los textos…
– Era importante que los textos reflejaran el espíritu que yo quería dar a todo, y necesitaba gente que entendiera el proyecto desde el primer momento, amigos con los que he trabajado y pasado muchas horas. Manel Fuentes, David Castillo, Jordi Vidal y Jordi Bianciotto me conocen bien, han captado lo que quería enseñar y lo han clavado. Sus introducciones ayudan mucho a entender lo que yo he querido contar con imágenes.

Marianne Sägebrecht, Percy Adlon y los 35 años de ‘Sugarbaby’

El otro día, revolviendo y tirando buena parte de antiguo material de prensa que tenía arrinconado en la casa del pueblo descubrí el referido a ‘Sugarbaby’ (1985), la película que reunió por primera vez al director alemán Percy Adlon y a la simpática y rellenita actriz Marianne Sägebrecht, que cumplió 75 años en agosto. La película, un curioso cuento de hadas romántico moderno, se estrenó en nuestro país hace ahora 35 años.

Nacida en Starnberg (Alemania), ella provenía del mundo del cabaret y del café-teatro, mientras que Adlon (Múnich, 85 años) era coetáneo de directores alemanes tan famosos como Herzog, Fassbinder y Wenders, pero nunca se alineó con ninguno de ellos. Procedente de una familia de hoteleros, no había asistido a ninguna escuela de cine, sino que empezó como actor y luego fue realizador de numerosos documentales para la tele.

En los años 70 conoció a una joven productora que sería su esposa, Eleonore (79 años) y con la que fundó en 1978 una compañía con la que realizaría varios telefilmes y su primer largo de ficción, Céleste (1981), sobre una sirvienta de Marcel Proust que se vería en el Festival de Cannes.

Pero, de hecho, fue la feliz confluencia de Adlon y Sägebrecht la que daría lugar a una exitosa y fugaz trilogía que lanzó a la escena internacional a ambos. El director explicó en su día que ‘Sugarbaby’ nació de dos imágenes relacionadas con su actriz: un día la vio flotando en una piscina con su enorme humanidad, y decidió que sería la apertura del filme; y una noche la vio bailando animadamente un rock en una discoteca, y convirtió la escena en el colofón de la historia.

Entre medio, una simpática trama: la oronda empleada de una funeraria se enamora de un guapo maquinista del metro, interpretado por Eisi Gulp (Múnich, 64 años), un actor callejero, bailarín y artista de circo. Ambos eran debutantes en el mundo del cine. Aprovechándose de que la rubia, elegante y flaca esposa del hombre se ha de ausentar unos días, la sensual y sexi Marianne planea una seducción en toda regla y logra llevarse al chico a la cama.

La comedia se llevó la Espiga de Plata del Festival de Valladolid de 1985 y se estrenó en el Cine Casablanca de Barcelona de la mano del Círculo A, empresa especializada exhibir películas en versión original, subtituladas, y que tenía como programadores a Jaume Figueras y Àlex Gorina, dos grandes de la crónica y la crítica cinematográfica.

Desconozco si se puede ver en alguna plataforma de pago, actualmente. Existe una versión subida a Youtube con subtítulos en portugués y un par de tráilers en alemán.

Pero lo bueno de ‘Sugarbaby’ fue que propició la siguiente película del tándem Adlon-Sägebrecht, un par de años más tarde: ‘Out of Rosenheim’ (1987) que fue afortunadamente rebautizada como ‘Bagdad Café‘, que sería todo un éxito internacional, en parte gracias a la pegadiza canción ‘Calling You‘, interpretada por Jevetta Steele. Los lectores pueden ver la película en Filmin.

La historia, coescrita por Adlon y su esposa Eleonore, narra la odisea de Jasmin (Sägebrecht), una infeliz y gruesa señora alemana, cuyo indeseable marido deja tirada junto a un motel y gasolinera situados en un paraje desértico del medio oeste de EEUU. Para poder pagarse la estancia, Jasmin se ofrece a trabajar para Brenda (CCH Pounder), la malhumorada dueña del lugar, a la que poco a poco se irá ganando con su afabilidad. Al mismo tiempo, descubre el amor en Rudi, un maduro artista alojado en el motel, interpretado genialmente por el gran Jack Palance, en un papel romántico nada habitual en este actor.

El Círculo A de Figueras y Gorina logró que la película se estrenara en el Cine Casablanca, de nuevo en VOSE, con presencia de la actriz protagonista. El éxito fue tal, que la comedia se mantuvo en cartel año y medio. De rebote, el corto que se exhibía antes, ‘Quizá no sea demasiado tarde’, dirigido por quien firma estas líneas, logró la lotería de mantenerse ese mismo periodo de tiempo, siendo el cortometraje más visto en la historia de las salas de cine catalanas.

Posteriormente, ‘Bagdad Café’ se convirtió en 1990 en una serie de televisión interpretada por Whoopi Goldberg y Jean Stapleton, y dirigida inicialmente por el efectivo Paul Bogart. Pero no tuvo tanta suerte, pese a sus estrellas. Les falló el guión y la gracia del filme original.

Pero como no hay dos sin tres, Adlon volvió a contar con Sägebrecht para ‘Rosalie va de compras’ (1988), una crítica a la fiebre del consumo desaforado en forma de sátira, que resultó fallida. Ambientada en un pueblecito de Arkansas, la actriz interpreta a una alemana casada con un americano (Brad Davis), madre de familia numerosa y empeñada en vivir un tren de vida y de compras que durarán hasta que su tarjeta de crédito tenga fondos.

Fue la última vez que colaboraron actriz y director, que luego se distanciaron. Ella empezó a aparecer como secundaria en algunas películas de Hollywood, como ‘Presidente por accidente’ (1988), de Paul Mazursky, y ‘La guerra de los Rose’ (1989), de Danny DeVito, pero no quiso quedarse en EEUU. Prefirió volver a Europa para rodar ‘Marta y yo’ (1991), de Jirí Weiss, e incluso la patata frita de ‘La vida láctea’ (1992), a las órdenes de Juan Estelrich Jr., un horror pese a contar con intérpretes como Mickey Rooney, Emma Suárez, Jack Taylor y Feodor Atkine.

Desde entonces, Marianne ya no abandonaría el continente europeo e intervendría en filmes tan dispares como ‘El ogro’ (1996), de Volker Schlöndorff; ‘Corazones enfrentados’ (1998), de Jeroen Krabbé; ‘Astérix y Obélix contra César (1999), de Claude Zidi, seguida de varias series, miniseries y filmes para televisión como ‘Lilalu im Schepperland’ y las películas infantiles ‘Pettersson y Findus’, donde es la vecina del primer protagonista. También ha sido la decidida cocinera de la saga ‘Marga Engel’ y una secundaria habitual de la policiaca ‘SOKO München’. La actriz no ha parado de trabajar, ha recibido diversos premios en su país natal, pero no ha vuelto a tener el protagonismo ni el éxito de ‘Bagdad Café’.

A su director le pasó tres cuartos de lo mismo. Percy Adlon optó por la senda del cine independiente y los documentales. Tras el relativo fracaso de ‘Rosalie va de compras’ filmó ‘Salmonberries’ (1991), una curiosa historia de amor protagonizda por K.D. Lang. La trama, centrada en la peripecia de una joven esquimal, huérfana y andrógina que trabaja como minero en Alaska, fue coescrita por Adlon y su hijo Felix. La cantante canadiense le pidió a Adlon que le escribiera un guión a su medida, después de que el realizador la dirigiera en el videoclip de ‘So in love’.

Posteriormente, ‘Younger and Younger’ (1993), ‘Hawaiian Gardens’ (2001) y ‘Mahler auf der Couch’ (2010), han sido sus posteriores filmes de ficción más notables. La tercera, codirigida con su hijo Felix, ha sido su último trabajo. Desde hace años vive retirado con su esposa en California.

En cuanto a Felix Adlon, este es más conocido por ser el exmarido de Pamela Adlon, la cómica que ha escrito e interpreta la serie ‘Better Things’, donde encarna a una mujer madura y divorciada que vive entregada a la educación de sus tres hijas mientras intenta seguir adelante con su carrera de actriz. Vamos, como la vida misma.

Retrato de tres amigas ‘millennials’

Ya están en Amazon Prime Video tres de las cuatro temporadas de ‘The Bold Type‘, una de las series que fue toda una sorpresa hace tres años, bien calificada por la crítica y situada entre las mejores del 2017, pero de la que yo no había oído hablar hasta que… Bueno, mejor os lo cuento desde el principio, porque esta producción del canal Freeform no parece la más idónea para mi ‘target’, pero la estoy disfrutando en familia.

La cosa empezó con una charla entre amigos sobre la lista de series que le han gustado más a José López estos últimos meses y siguió con el comentario de la hija treintañera de uno de nosotros, que estaba enganchada a ‘The Bold Type’.

Lo primero que se me vino a la mente fue la palabra ‘bold’ usada en tipografía, que no es sino la ‘negrita’ de toda la vida, con la que se resaltan términos y se destacan frases y párrafos.

La chica nos explicó de qué iba la trama: la vida personal y laboral y las relaciones de tres amigas veinteañeras (‘millennials’) que viven en Nueva York y trabajan para una revista femenina ficticia de tirada mundial, llamada ‘Scarlet’.

Con cierta desconfianza no exenta de curiosidad, pensando que me iba a enfrentar a una versión renovada de ‘Sexo en Nueva York’, empecé a ver el capítulo piloto junto a la parte femenina de la familia que, reconozco, se enganchó a la serie a los pocos minutos.

La trama sigue los pasos de Jane Sloan (Katie Stevens), Kat Edison (Aisha Dee) y Sutton Brady (Meghann Fahy), aunque también se incide en la vida de la directora de la revista, Jacqueline Carlyle (Melora Hardin), una presencia notable a lo largo de la ficción.

Tiene su razón de ser: esta ‘dramedia’ (comedia dramática) está creada por Sarah Watson, la guionista de ‘Parenthood’, inspirada en la vida y carrera de la premiada periodista Joanna Coles, que fue responsable de la revista Cosmopolitan (2012-2016) y directora de contenidos de la compañía Hearts. Como curiosidad, el marido de Melora Hardin en la realidad, Gildart Jackson, encarna esporádicamente al esposo de ficción de Jacqueline.

Filmada en Toronto, Montreal y en Nueva York, la historia se inicia con las tres amigas vestidas de fiesta y a punto de gritar como locas al paso de un metro para desahogarse. Un ‘flashback’ explica que Jane acaba de pasar de ayudante de redacción a redactora de la revista; que Sutton es la secretaria de una ejecutiva que aspira a trabajar en el departamento de moda; y que Kat es la responsable de redes sociales de la publicación.

Las tres actrices principales, que también son estupendas cantantes según sus currículos, tienen 27, 26 y 30 años respectivamente. Stevens tan solo había rodado una serie previa, ‘Faking It’, mientras que la australiana Dee protagonizado algunas más, destacando en ‘Chasing Life’. Fahy, la mayor, ha pasado por Broadway y ha intervenido en papeles episódicos de diferentes series y telefilmes, con ‘One Life to Live’ como la más larga, hasta llegar a ‘The Bold Type’, donde su personaje es quizá el más complejo.

Producción de buen rollo, de esas que no dejan mal sabor de boca, en la que las tres amigas se ayudan sin competir, puede engañar de entrada: sus protagonistas son guapas y viven bien gracias a su trabajo en un entorno laboral sofisticado, pero toca todo tipo de temas, desde los problemas laborales y de desigualdad salarial, hasta las reivindicaciones feministas sin complejos (el tema del cáncer de mama está muy bien tratado) y el acoso sexual, que se desarrolla en el sensible décimo y último episodio de la primera temporada.

La sexualidad está tocada desde el punto de vista de las chicas: ellas son las que aman, mandan, dudan, toman y dejan a sus parejas. Mientras una inicialmente apocada Jane empieza una apasionada relación con un colega, Sutton mantiene un idilio en secreto con Richard Hunter (Sam Page), un abogado de la revista. A su vez, Kat conoce a Adena El-Amin (Nikohl Boosheri), una fotógrafa árabe que le plantea dudas sobre su propia identidad sexual. Que la primera sea mulata y la segunda sea musulmana y lesbiana al mismo tiempo (no recuerdo un personaje así en una serie americana) facilita (ligeras) referencias la racismo en EEUU y los problemas de los inmigrantes.

Estamos pues ante una entretenida serie que agradará a la parte femenina y más joven de las familias, y que puede hacer pensar y reflexionar a la parte masculina. Es muy entretenida, algo a tener en cuenta, pero menos superficial de lo que podría parecer… Y al estar ambientada en el mundo de la prensa (la de papel y la digital) supone un ‘bonus track’ para quienes profesamos el oficio del periodismo.

El cine que le gustaba a Woody Allen

Desde mediados de mayo, los aficionados al cine pueden encontrar en las librerías, y en castellano, ‘A propósito de nada’, la autobiografía de Woody Allen. Seguramente, hay pocos cinéfilos que no la hayan leído y disfrutado ya, y pocos colegas que no hayan hecho su crítica, con la palabra “polémicas” incrustada en casi todos los titulares que he visto.
Pues bien: aquí NO voy a referirme al TEMA del que todo el mundo ha hablado o escrito, sus relaciones con Mia Farrow. No me da la gana.

‘Annie Hall’

Estas memorias son tan amplias (y dispersas), abarcan tantas parcelas de la vida y carrera del pequeño cómico judío, que resulta difícil realizar un comentario poco extenso. Seguro que mis amigos de Nosolocine escribirán sobre el libro en algún momento, porque sé que les ha gustado tanto como a mi. Hay tal la infinidad de datos, personajes y anécdotas (no dejen de leer lo que explica sobre Diane Keaton, ‘Annie Hall’ y los premios Oscar), que resulta casi inabarcable.

Por esa razón, me quiero centrar en algo muy cinéfilo, algo que muchas veces nos intriga y que los periodistas solemos preguntar a los cineastas cuando les entrevistamos: qué directores y películas les han influido a ellos a la hora de ponerse detrás de la cámara.

Así, en los primeros capítulos del libro hay una página en la que Woody Allen cita los filmes que ha visto y los que no, los que le gustan y los que no. Y lo que escribe no deja de sorprenderme…

‘Armas al hombro’

“No he visto ‘¡Armas al hombro!’ ni ‘El circo’, de Chaplin; tampoco ‘El navegante’, de Buster Keaton. Jamás he visto ninguna de las versiones de ‘Ha nacido una estrella’ (…), ni ‘¡Qué verde era mi valle!’, ‘Cumbres borrascosas’, ‘Margarita Gautier’, ‘La dama de las camelias’, ‘Ben-Hur’, ‘El secreto de vivir’, ‘Caballero sin espada’, ni muchas otras”, asegura el realizador. Y añade: “No es mi intención menospreciar ninguna de esas obras, sino poner de manifiesto mi ignorancia y el hecho de que llevar gafas no convierte a nadie en una persona especialmente culta, ni mucho menos en un intelectual”.

Y de la misma manera, también dice haber visto “una buena cantidad de películas” y bastantes filmes extranjeros, aunque sigue creyendo que su gusto “os sorprendería”. Por ejemplo: “Prefiero Chaplin a Keaton. Eso no encaja con las preferencias de la mayoría de los críticos y estudiantes de cine, pero a mí Chaplin me parece más gracioso, aunque Keaton era mejor director”. Y para él, Chaplin es más gracioso que Harold Lloyd: “Este ejecutaba grandes gags visuales de forma brillante, pero nunca consiguió entusiasmarme”.

‘Vértigo (De entre los muertos)’

No se considera un fan del famoso Lenny Bruce ni tampoco le gustaba en exceso Katharine Hepburn: “Estaba estupenda en ‘Larga jornada hacia la noche’ y en ‘De repente, el último verano’, pero muchas veces me resultaba demasiado artificial. Cuando se veía en apuros siempre recurría al llanto. En cambio, adoraba a Irene Dunne y a Jean Arthur. Spencer Tracy siempre me parecía muy creíble, salvo en ‘La impetuosa’”, con Hepburn, precisamente.

Y Allen añade poco después: “Me limito a señalar unos pocos productos culturales icónicos que sorprendentemente no representaron tanto para mí como para el público en general. Como ‘Con faldas y a lo loco’ o ‘La fiera de mi niña’, que no me hicieron gracia. Tampoco me gusta ‘¡Qué bello es vivir!’ Francamente, me encantaría estrangular a ese cursi ángel de la guarda. Jamás pude creerme ‘Tú y yo’. Adoraba a Hitchcock, pero no hay manera de que pueda ver ‘Vértigo’. Estoy loco por Lubitsch, pero ‘Ser o no ser’ no me parece nada divertida. Sin embargo, ‘Un ladrón en la alcoba’ me parece una maravilla, un huevo de Fabergé”.

El cineasta confiesa que le encantan los musicales, pero no le gusta ‘Un americano en París’. “Nunca me reí con Eddie Bracken, Laurel & Hardy ni con, Dios no lo permita, Red Skelton. Por supuesto que los hermanos Marx y W. C. Fields son lo mejor de lo mejor (…). ‘El gran dictador’ y ‘Monsieur Verdoux’ no me parecen ni remotamente graciosas. Desde luego que ver a Chaplin pateando ese globo terráqueo por el aire no me parece de ninguna manera un ejemplo de genialidad cómica. Pero a quién le importa lo que yo piense: todo es cuestión de gustos”.

Hay quien se llevará las manos a la cabeza, pero yo entiendo a Woody Allen: a todos no nos gusta lo mismo. Muchas veces, los críticos nos esforzamos por animar a la gente a ver ciertas películas que nos entusiasman, pero a las el público apenas va a ver. En cambio, tendemos a destrozar aquellas que suman éxitos de taquilla, como ocurre con las de Santiago Segura. Recuerde el lector, que la crítica (cinematográfica, teatral, literaria) es un género de opinión con elementos informativos.

No quiero acabar este artículo sin referirme a una reflexión que hace Woody Allen sobre el hecho de rodar, de dirigir, elogiando siempre a sus colaboradores, que –asegura– salvaron más de una vez alguna de sus películas: “Cuando miro a través de la cámara, sé si estoy viendo lo que había previsto. Si no, corrijo algo (…) Si el personaje que estoy filmando camina en dirección a algún sitio, lo seguimos con la cámara, ya que tiene ruedas. Pongo a un sustituto en mi lugar y, cuando el iluminador termina de preparar los focos, ya estamos listos para rodar. Le digo al sustituto que se vaya a tomar una cerveza y me pongo en su lugar. Interpreto la escena que he escrito y la digo como quiero oírla. La cámara rueda y yo grito: «Bien, ¿lo tenemos?». Si no estoy contento con algo, lo repito”, escribe.

Lo que dice parece de sentido común. Parece sencillo de hacer, pero este señor bajito y con gafas ha rodado medio centenar de películas. Alguna es floja, pero ninguna se puede considerar un fracaso en taquilla y entre ellas hay un puñado de obras maestras. ¿Qué más se le puede pedir?

Añoranza de las Islas Feroe

Hace tres años que estuve en las Islas Feroe y dos que publiqué la primera guía en castellano de este pequeño país autónomo, dependiente de Dinamarca. En plena añoranza, quiero rescatar un reportaje que hice para la edición española de National Geographic Viajes, y que resume en 14 ítems lo esencial de ese archipiélago salvaje.

Lo complicado del caso es que las Feroe han logrado ser las primeras sin casos de covid-19, pero por ese mismo motivo están siendo sumamente restrictivas a la hora de volver acoger turistas. Desde el 15 de junio han abierto la mano a los viajeros de Dinamarca, Groenlandia, Islandia, Noruega y Alemania sin necesidad de cuarentena. Y a partir del 27 de junio se ampliará al resto de países europeos del espacio Schengen, excepto Suecia y Portugal (ahora mismo ignoro la razón).

Lo cierto es que los visitantes de las Feroe tendrán que llevar un justificante de estar libres de covid-19 o hacerse una prueba en el aeropuerto, según ha decidido el Gobierno de este pequeño archipiélago. Algo que será gratuito hasta el 10 de julio y de pago a partir de ese día: 390 coronas danesas (algo más de 50 euros). Menuda broma.

Volviendo a lo que iba. Que mi añoranza por las Feroe me ha hecho repescar lo que publiqué en su día en National Geographic. Aquí tenéis el texto.

UNA INDEPENDENCIA ADICTIVA
Las 18 islas rocosas de las Feroe se esparcen en el inmenso Atlántico Norte, a medio camino entre Islandia y Noruega, y unos 250 km por encima de Escocia. La roca oscura delata el origen de este archipiélago de pasado volcánico, que surgió de la cresta submarina que va de Islandia a las escocesas islas Shetland. Aunque pertenecen al reino de Dinamarca, desde 1948 goza de una gran autonomía política y económica: no forma parte de la Unión Europea –Dinamarca, sí–, tiene moneda propia y su selección de fútbol juega torneos internacionales.

CADA VEZ MÁS CERCA
Hasta no hace mucho, para volar a las Feroe había que pasar por Copenhague, pero desde hace un par de años se ha abierto una ruta semanal, de mayo a septiembre, desde Barcelona con Atlantic Airways al aeropuerto en la isla de Vágar. También se llega en ferry desde Dinamarca con la línea que pasa por Tórshavn, la capital feroesa, y continúa hacia Islandia.

SALVAJE E IMPREDECIBLE
Aún bastante desconocidas por el turismo, las Feroe son un paraíso para los amantes de la naturaleza y las aves marinas. Lo primero que asombra al viajero que aterriza en las Feroe es su naturaleza intacta. Acantilados cortados a pico, prados verdes que tapizan montañas y el mar omnipresente –se dice que uno nunca está a más de 5 km de la costa–. Expuestas al viento, estas islas de origen volcánico no tienen ni un árbol a la vista, y llueve una media de 210 días al año, siendo los meses veraniegos los más soleados. Precisamente el tiempo cambiante aconseja para las excursiones llevar capas de ropa y un calzado cómodo e impermeable.

TIERRA DE OVEJAS
El nombre danés del archipiélago, Føroyar («islas de los corderos»), está plenamente justificado pues en sus islas habitan 50.000 habitantes y 80.000 corderos. Aprovechando la movilidad de las ovejas, recientemente se equiparon algunas con cámaras para crear un mapa del archipiélago.

UNA COQUETA CAPITAL
Un 40% de los feroeses reside en la ciudad de Tórshavn y sus alrededores, en la isla Streymoy. La capital del archipiélago es una de las más pequeñas de Europa, de ahí que sea perfecta para visitarla a pie, pasar un par de días o convertirla en la base para recorrer el archipiélago pues en el resto de islas la red hotelera es muy escasa.

UN PUERTO ‘MOVIDITO’
La tranquilidad que se respira en las calles de Tórshavn contradice el significado de su nombre «puerto de Thor», el dios del trueno. Pasear por la península de Tinganes para ver sus casas negras con tejados de hierba, los edificios históricos de paredes rojas y la catedral de madera blanca, y comer en un restaurante del puerto es un plan perfecto. También apuntarse a algún evento cultural. Porque en Tórshavn florece la vida artística, especialmente la musical, con una orquesta sinfónica, diez bandas, decenas de corales y una veintena de grupos de rock y pop.

UN PUEBLO CON ESTRELLA… MICHELIN
Alrededor de la capital se pueden realizar muchas excursiones. Una muy sencilla es a Kirkjubøur, un pueblecito al sur que fue sede episcopal durante la Edad Media y hoy es el sitio histórico más importante de las Feroe, con las dos iglesias más visitadas. Quizá por ello también aquí está el restaurante Koks, el único con estrella Michelin del archipiélago y cuna de la renovada cocina escandinava. 

UNA HISTORIA DE PIONEROS
Se cree que los primeros que poblaron estas islas fueron ermitaños del siglo vi que llegaron acompañados de ovejas y cabras desde las islas Shetland y las Orcadas. Un par de siglos más tarde se instalaron familias que huían de la tiranía del rey Harald I de Noruega. Se asentaron con paciencia y tesón en los prados y puertos naturales al abrigo de los fiordos. En la actualidad la mayoría de feroeses se dedican a trabajos relacionados con la pesca, base de su economía.

UN ‘ROAD TRIP’ INESPERAT
En las últimas décadas las principales islas han quedado unidas mediante carreteras con puentes y túneles: uno conecta Streymoy, donde se halla la capital, con la de Vágar, sede del aeropuerto, ambas separadas por apenas 46 km; otro túnel comunica las islas norteñas de Borðoy, Viðoy y Eysturoy.

ACANTILADOS Y ORNITOLOGÍA
De todos modos, las distancias en las Feroe son siempre cortas, y solo se alargan los desplazamientos cuando hay que tomar un ferry. Es importante saberlo si se desea visitar la isla de Mykines, en el oeste del archipiélago, un paraíso para los aficionados a la ornitología, solo accesible en barco o en helicóptero con buen tiempo; o cualquier isla del sur, como Suðuroy, cuyos acantilados también acogen miles de aves. Conviene disponer de una día para cada una de ellas.

LA TIERRA DE LOS FIORDOS
Hacia el norte, el punto más septentrional de las Feroe por carretera es Viðareiði, en la isla Viðoy. Allí un breve ascenso por el monte Villingadalsfjall permite contemplar una de las panorámicas más extraordinarias de este destino, con fiordos de enorme belleza y fáciles de recorrer por estrechas carreteras.

LA ‘FOTOGENIA’ DE SAKSUN
Desde este extremo de las Feroe, trazando un arco de regreso por la costa, surgen otras etapas imprescindibles. Gjógv, con un puertecito natural donde se practican deportes acuáticos; Eiði, para admirar los peñascos de Risin y Kellingin; la ensenada de Tjørnuvík, encajada entre un mar bravío y montañas que miran hacia el Gigante y la Bruja, como llaman a los citados islotes de Eiði; la bahía de Saksun, un remanso de paz entre colinas verdes y un arenal que suele aparecer en películas y anuncios, por el que pasear en la bajamar; y Vest– manna, de donde parten embarcaciones para ver impresionantes acantilados, cuevas marinas y los miles de pájaros que allí anidan.

EL EMBRUJO DE DRANGARNIR
Frente a la costa oeste de la isla de Vágar emergen los peñones de Tindhólmur y Gáshólmur, conocidos como las rocas de Drangarnir.

LAS CASCADAS DE INSTAGRAM
Profundizar en la isla de Vágar permite contemplar las dos cascadas más fotografiadas del archipiélago. La de Gasádalur se sitúa al final de la carretera que conecta la aldea de Sørvágur y la de Bøur, un excelente mirador sobre tres islotes que emergen entre la costa y la isla de Mykines. Y la cascada de Bøsdalafossur, cuya caída al mar únicamente puede verse tras la caminata que bordea el lago Sørvágsvatn, el más grande de las islas, muy cerca ya del aeropuerto. Una buena excursión como despedida de las Feroe.

Lobsang Rampa, ¿lama reencarnado o ‘fake’ literario?

Esta mañana, mientras intentaba ordenar mi biblioteca por enésima vez, he descubierto algún libro repetido. No son muchos, la verdad.
‘El tercer ojo’, de T. Lobsang Rampa, es uno de ellos. Le hago una foto y se lo comento a mi esposa.

-Mira, tengo este libro de Lobsang Rampa, comprado en 1979, y el mismo, de 1999.

-¿Quién es ese señor?

-¿No sabes quién es Lobsang Rampa? Imposible… Si fue el tipo más famoso en los años 70 a la hora de divulgar historias de espiritualidad budista escribiendo una serie de novelas en las que se hacía pasar por un lama tibetano huido a occidente tras la invasión china del Tíbet.

-Ah. Vale.

La frase, dicha así, sin más interés, mientras vuelve la vista a las páginas del periódico, me da un poco de rabia y me obliga a buscar más información sobre el tema para defender su interés.

De repente veo que el prestigioso diario británico ‘The Guardian’ publicó hace una semana un artículo firmado por David Bramwell, y titulado ‘El lama tibetano que era realmente un fontanero de Devon’.

En resumen, lo que explica el reportaje y también otras fuentes es que ‘The Third Eye’ fue un libro publicado por Secker & Warburg por primera vez en noviembre de 1956, después de que el manuscrito fuera rechazado por otras editoriales que no se fiaban de quien decía ser un monje tibetano llamado Tuesday (‘martes’) Lobsang Rampa.
El famoso expedicionario austriaco Heinrich Harrer, autor de ‘Siete años en el Tíbet’ (1952) (adaptado al cine por Jean-Jacques Annaud y con Brad Pitt como protagonista), pagó a un detective para que investigara quién era Rampa y descubrió que se trataba de Cyril Henry Hoskin (1910-1981), el hijo de un fontanero británico de Plympton (Devonshire), que no llegó a acabar la escuela secundaria. La noticia se publicó en la prensa, pero en lugar de desmentirlo, cuando se le preguntó al interesado, Hoskin no negó ser Hoskin, pero explicó que su cuerpo había sido ocupado por el espíritu de un lama llamado precisamente Lobsang Rampa. Vamos, que se había reencarnado en él.

La familia del interesado asegura que el abuelo de Hoskins fue ingeniero jefe de las obras hidráulicas de Plympton, que sus padres tuvieron un negocio de electricidad y que él fue un niño débil, enfermo de tuberculosis. Por esta razón, dicen, no fue apto para el servicio militar y pasó mucho tiempo desempleado. Tenía ya más de 40 años cuando se ‘destapó’ como escritor.

¿Y de qué iba el libro? La historia, escrita en forma de autobiografía, comienza en el Tíbet durante el reinado del 13º Dalai Lama, cuando Rampa es un niño, hijo de un miembro del gobierno. A lo largo de las páginas, escribe de cómo crece, estudia y aprende tanto las bases del budismo como una serie de habilidades extrasensoriales, especialmente a partir de la ‘inserción’ de un tercer ojo en su frente, que le permite ver auras humanas y saber cómo son en realidad las personas con las que trata.

Es evidente que en esa época, después de la Segunda Guerra Mundial, las enseñanzas del budismo y su ideal pacifista empezaban a calar en occidente.

Al margen de la imagen folclórica de los monjes con túnicas de color azafrán y los cráneos rasurados, el budismo tiene unos 400 millones de fieles en todo el mundo, especialmente desde India y el sureste asiático hasta China y Japón. Una de sus ramas más conocidas es la del budismo tibetano, famosa gracias a la figura del Dalai Lama, que tanto predicamento tiene entre gente famosa, con el actor Richard Gere al frente.

Y parece más que probable que las enseñanzas de Siddharta Gautama, más conocido como Buda, influyeran en el primitivo cristianismo, dado que el nepalí vivió cuatro o cinco siglos antes que Jesucristo (y evito aquí cualquier elemento relativo a la divinidad del segundo).

Los años 50 y 60 fueron muy receptivos a las enseñanzas de las filosofías orientales, que calaron a fondo en el movimiento hippy, por ejemplo. En esa tesitura, ¿qué más daba que Rampa fuera un impostor o no, cuando lo que contaba era lo que la gente quería leer?

Hoy en día podríamos definirlo como literatura de autoficción y nos quedaríamos tan panchos. Y sus lectores, encantados, siguieron sus peripecias en varios libros más: ‘El médico de Lhasa’ (1959), ‘Historia de Rampa’ (1960), ‘La caverna de los antepasados’ (1963), ‘La túnica azafrán’ (1966) y ‘El ermitaño’ (1971). A estos se suman otros textos en los que Rampa mezclaba elementos religiosos, clarividencia y fenómenos paranormales. Hubo, uno, ‘Mi vida con el lama’ (1964), del que aseguró le había dictado telepáticamente su gata siamesa. En total, escribió 19 libros.

Pese al éxito popular, la prensa británica no dejó de acusarle de ser un farsante, lo que hizo que el escritor se mudara con su esposa, San Ra’ab, primero a Irlanda, luego a Uruguay y, a final de los años 1960, a Canadá, donde obtuvo la ciudadanía canadiense en 1973. Rampa murió en Calgary el 25 de enero de 1981. Tenía 70 años.

Tanto si fue un lama falso como si no, sus libros influyeron en animar a otras muchas personas a estudiar y divulgar de forma seria y apasionada el budismo tibetano, las filosofías orientales y otras formas de espiritualidad. Recuerdo una reciente charla con Francesc Miralles, uno de nuestros escritores más versados en el tema, en la que comentó: “Es que la gente quería creer en la existencia de Lobsang Rampa no de Henry Hoskin. Por eso le siguieron comprando libros”.

Quizá porque aún nos fascina el personaje ‘The Guardian’ publicó el artículo de David Bramwell y quizá por eso escribo yo estas líneas. Ah… Y casi 40 años después de su muerte, una web mantiene la llama viva del personaje ¡en 36 idiomas!: https://www.lobsangrampa.org/es/index.html

Con posterioridad a la publicación del artículo original, mi amigo Gabriel Jaraba, experto en el tema, me comentó un par de frases, que quisiera añadir. Son estas:

“Mientras Lobsang Rampa escribía sus imaginaciones, ya era sobradamente conocida la figura de Alexandra David-Neel, la gran viajera francesa que fue la pionera en el descubrimiento occidental del Tíbet, que aprendió lo más central y auténtico del budismo tibetano de fuentes originales, pues conoció al XIII Dalai Lama en el monasterio de Kalimpong, ¡en 1912! A su vez, un alemán, Ernst Lothar Hoffmann, recorriendo Asia desde Sri Lanka hasta Tibet, en los años 30, se convirtió en un lama auténtico, conocido como Lama Anagarika Govinda, por transmisión auténtica recibida de su maestro Tomo Geshe Rimpoché. Y en los años 50, el primer estadounidense en ser ordenado monje tibetano fue Bob Thurman, padre de la actriz Uma Thurman y prestigioso profesor de la universidad de Columbia, conocido como Robert A. Thurman, a quien he tenido el honor de conocer».

«Además, recomiendo vivamente la obra de Anagarika Govinda ‘El camino de las nubes blancas’, recientemente reeditada por Atalanta, que muestra los avatares de una búsqueda espiritual auténtica en pos del budismo tibetano”.

Sólo puedo agradecerle a Gabriel, una vez más, sus conocimientos y amabilidad.

‘Oh My Goig!’, una serie juvenil rompedora de Betevé

Con todo esto de la pandemia, se me había olvidado comentar por aquí el estreno de la cuarta temporada de una de esas series que molan a los más jóvenes y nos escandalizan a (algunos de) los más mayores.

Se trata de ‘Oh My Goig!’, de la productora Camille Zonca de Barcelona, que se emite en el canal Betevé de la capital catalana, pero que podéis ver en Youtube.

Aunque hay muy buenos ejemplos de este tipo de series (Netflix está llena y en PlayZ de RTVE está la excelente ‘Drama’), ‘Oh My Goig!’  «fue pionera en la tele pública a la hora de tratar la educación sexual para jóvenes y adolescentes con una mirada feminista, que combina ficción, contenido pedagógico y debates entre jóvenes», como explican sus responsables.

Entre otros premios, el Festival Zoom de Igualada les galardonó el año pasado. ¿Y de qué van los temas? Pues del poliamor, el embarazo no deseado, la violencia machista en la pareja, el mundo ‘queer’, la transfobia, la precariedad laboral o el fenómeno de las influencers.

A tener en cuenta, además, que sus creadores cuentan con el asesoramiento de psicólogos y terapeutas de entidades como el Casal Lambda, el BCN Checkpoint, la Fundació Althaia o el centro SPOTT de la Diputació de Barcelona.

Entre los más de 30 actores y actrices, destacan los jóvenes Ricard Balada, Jingjing Zhu, Berta Cascante, Enrique Martín, Iker Montero, Tania Tor, Laura Solé, Lara Oliete, Clara Moraleda, Soribah Cessay y los recién llegados Lídice Gura y Abdi Cherbou.

Aída Torrent ha dirigido buena parte de la serie, escrita por Pau Serracant y Camilo Villaverde.

En el canal de Youtube de Betevé tenéis todas las temporadas.

Los cameos de Alfred Hitchcock

Estos días mi admirado Alfred Hitchcock está siendo homenajeado por activa y por pasiva a raíz del 40º aniversario de su muerte, ya que el mago del suspense falleció el 29 de abril de 1980. Hasta nuestro amigo y crítico feroz Carlos Boyero le dedicó un amplio artículo en El País, titulado “Tan gordo, tan retorcido, tan genial”.

Pero buscando otras cosas que no fueran las tópicas referencias a sus conocidas manías o  a su legado, inmenso e indudable, he encontrado un vídeo en YouTube que muestra los ‘cameos’ (breves apariciones sin frase) que solía efectuar en sus películas. Y yo, que comparto fecha de aniversario con don Alfredo, prefiero recordarle más por estos destellos de humor. Este texto lo publiqué originalmente en Notodocine.

Se cuenta que, muy al inicio de su carrera, cuando las producciones eran tan baratas que no había dinero para pagar a la figuración, Hitchcock se colocó como tal en ‘The Lodger’ (1927), también conocida como ‘El enemigo de las rubias’. Aquí, aparecía de espaldas, en la redacción de un diario y mirando por el balcón.

Sin duda, al realizador le empezó a coger gustillo el asunto y a usarlo como una especie de firma cotidiana de sus filmes, algo que hizo ya habitualmente desde 1937 y con una única excepción: ‘La posada de Jamaica’ (1939). En total, aparece en 40 de sus películas, y en un par de ellas en forma de una fotografía dentro de cuadro: ‘Náufragos’ (1944) y ‘Crimen perfecto’ (1954).

Para no cansaros con la lista completa, algunas de las apariciones que más me gustan son estas:

>En ‘Blackmail’ (‘La muchacha de Londres’, 1929) va leyendo un libro en el metro cuando un crío le hunde el sombrero en la cara y él se levanta con el propósito de reñirle.

>En ‘Inocencia y juventud’ (1937), es un fotógrafo que intenta tomar una foto a la salida de un juicio con la cámara sobre su barriga, sin lograrlo.

>En ‘Alarma en el expreso’ (1938), se pasea vestido con un abrigo negro, fumando un cigarrillo, en la Estación Victoria.

>En ‘Rebeca’ (1940), está esperando ante una cabina a que George Sanders acaba de de hablar por teléfono, mientras les observa un policía.

>En ‘La sombra de una duda’ (1943), está jugando a cartas.

>En ‘El proceso Paradine’ (1947), se baja de un vagón de tren en la estación Cumberland con el estuche de un violonchelo en la mano.

>En ‘Extraños en un tren’ (1951), el instrumento es más grande: sube al tren del que desciende Farley Granger con el estuche de un contrabajo.

>En ‘La ventana indiscreta’ (1954), en el piso del pianista, dando cuerda a un reloj.

>En ‘Atrapa a un ladrón’ (1955), está sentado en el autobús al lado de Cary Grant.

>En ‘Vertigo’ (1958), vestido con traje gris, lleva una especie de cuerno en las manos.

>En ‘Con la muerte en los talones’ (1959), intenta coger el autobús, que se le escapa.

>En ‘Los pájaros’ (1963), sale de una tienda de animales con sus propios perros.

>En ‘Cortina rasgada’ (1966), sostiene un bebé sobre una rodilla, sentado en el vestíbulo del Hotel d’Angleterre, y lo cambia de una rodilla a la otra.

>En ‘Topaz’ (1969), está en el aeropuerto, donde le sientan en una silla de ruedas, de la que se levanta solo.

>En ‘Frenesí’ (1972), con un bombín en la cabeza, es uno de los curiosos que observa un cadáver en el río Támesis.

Aquí os he citado unas cuantas apariciones del genial director inglés, pero si queréis ver la lista completa, podéis encontrarla  en este enlace de la Wikipedia (en inglés), que además permite consultarla por años y también ver en qué minuto de la película ocurre.

Hablando de las Feroe en la SER

Los colegas del programa ‘Tot és comèdia’, de la Cadena SER en Catalunya, con su directora, Rosa Badia, y su segundo, Claudio Matas, al frente, me invitaron el domingo 19 de abril a hablar de las Islas Feroe en el apartado de viajes del programa, que lleva José Antonio Ponseti.

El motivo era doble: es un país que ha logrado controlar muy bien la pandemia y además, como destino viajero no es muy habitual. Como de momento soy el único que ha escrito una guía en castellano sobre estas islas, pues fue un placer hablar con ellos. Aquí os dejo lo que hablé con ellos.

‘Halt & catch fire’, mucho más que una serie de informáticos

El confinamiento a causa del virus de las narices no ha supuesto en mi caso un incremento excesivo de horas de televisión tradicional o streaming, vía internet. Pero el rato que le dedico intento picotear y descubrir cosas. Ayer empecé a ver ‘La línea invisible’, de Mariano Barroso, y tiene una pinta increíble: actores, equipo técnico… Pero la historia del origen de ETA la he tenido a pocos kilómetros de mi casa, en el País Vasco. Y es muy compleja. Esperaré a acabarla. Seguro que José López o alguno de los colaboradores de este Nosolocine os hablarán muy pronto de ella.

Pero, a lo que iba. He descubierto ahora, gracias a Filmin, la serie ‘Halt and catch fire’ , título que hace referencia a un supuesto comando informático que haría que un ordenador dejara de funcionar.

Podría decirse en dos palabras que es una historia de informáticos, pero me quedaría corto. Os la resumo en unas líneas: a inicios de los años 80, un grupo de personas transformó las computadoras, que eran puras herramientas empresariales, en los ordenadores personales que conocemos hoy en día, primero con los PC ‘clónicos’ de los de IBM, luego con los chats, los juegos en línea e internet.

Personalmente, yo he vivido esa época y me han apasionado los primeros ‘trastos’ que llegaron a España: los Commodore, ZX Spectrum, Amstrad, primeros clónicos… Los ‘apple’ eran muy caros (como ahora) y les chiflaban a los diseñadores (como ahora). Y los primeros juegos, desde los marcianitos hasta las primeras aventuras gráficas. Pues todo eso aparece en la serie.

Pero, si a esa trama básica y con referencias históricas, que quizá sólo le podría gustar a un friki de los ordenadores, le añades elementos similares a los de ‘Mad men’, por ejemplo, y colocas un puñado de personajes con fuerza, tendrás un producto de calidad y, además, todo un éxito.

Eso es lo que ha pasado con esta ficción, emitida por la cadena AMC entre 2014 y 2017, y que posee un potente toque femenino (‘empoderamiento’ le llaman ahora) que la hace especialmente atractiva a partir de la segunda temporada, especialmente para las chicas. Los chicos de esta ficción no son ni los mejores, ni los más listos, ni los más adultos. Ellas ganan en peso.

Los personajes principales son Joe (Lee Pace, altísimo y guapo actor, a quien no le favorece el doblaje que le han puesto), un tipo arrogante y engreído, que después de trabajar en IBM, acude a una pequeña empresa para proponerles la idea de esos nuevos PC; Cameron (Mackenzie Davis), una joven prodigio de la informática con un aire inicial a lo Lisbeth Salander (corte de pelo, delgadez, libertad sexual), que es todo un coco de la programación y de primitivos chats y videojuegos; Gordon (Scoot McNairy), un ingeniero informático que fracasó en su día en la creación de un ordenador, pero todo un genio del hardware, y su esposa Donna (Kerry Bishé), que es tan buena como él aunque, por la época, se vea relegada a un segundo plano, que luego cambia.

Todos ellos se ven arropados por excelentes actores secundarios, que completan el magnífico retrato de una época y un sector hoy imprescindible. Hoy hablamos mediantes notas de texto o de voz, y podemos realizar una videoconferencia con nuestras familias y amigos gracias a aplicaciones que personajes reales inspiraron a los creadores de la serie, los guionistas Chris Rogers y Christopher Cantwell (también director de la película ‘The parts you lose’).

Pero hay un toque más: al frente de la dirección de la serie, en cada uno de los inicios de temporada, está nada menos que Juan José Campanella, director y guionista de ‘El mismo amor, la misma lluvia’ (1999), ‘El hijo de la novia’ (2001), ‘Luna de Avellaneda’ (2004) y ‘El secreto de sus ojos’ (2009). Luego, él cede el testigo a otros realizadoras y realizadores, como Karyn Kusama, Johan Renck, Ed Bianchi, Larysa Kondracki, Jon Amiel, Daisy von Scherler Mayer y Terry McDonough. Les puedo asegurar que este equipo le aporta un toque de calidad indudable. Espero que les guste.

Doce series juveniles para ver en familia (o no)

He aquí una serie de obras de ficción que se pueden disfrutar en Internet, gratuitamente o en plataformas de pago, para aliviar el confinamiento. El artículo fue publicado inicialmente en Catalunya Plural.

En estos días de reclusión forzada en casa, muchos jóvenes (y sus familias) consumen más material audiovisual que nunca. Los datos de consumo en streaming han aumentado y la oferta se ha multiplicado. En la tele convencional, existe una división bastante clara entre el público adulto y el infantil, que tiene a su alcance canales en abierto como el Super3, Clan, Boing o Disney Channel.

En lo relativo a las opciones de pago, casi todas las plataformas cuentan con secciones adecuadas, como Filmin (la única española), que incluye apartados como ‘Educa y cine’ e ‘Infancia y adolescencia‘ donde elegir. Más complicado es lo que puedan ver los chicos y chicas situados en la franja de edad situada entre la preadolescencia y la adolescencia. Aquí ofrecemos una pequeña selección de series con las que pueden identificarse, al mismo tiempo que ayudarán a educarles y entretenerles.

Empezaremos con media docena de ficciones para la tele que pueden verse gratuitamente a la carta en la actualidad, por ejemplo, en las cadenas públicas TV3, Betevé y RTVE, en cuyos archivos es bueno profundizar, porque contienen verdaderas joyas.

Pulseras Rojas

Buen momento para recuperar esta serie de Albert Espinosa y Pau Freixas, con un puñado de estupendos jóvenes actores y llena de valores. Narra la vida de varios niños y adolescentes enfermos de cáncer, ingresados en un hospital.

Puedes verla aquí

Merlí

La mejor producción sobre chicas y chicos de un instituto, creada por Héctor Lozano, con dirección de Eduard Cortés y Francesc Orella, al frente de un reparto sensacional. Describe con humor y realismo los problemas, cuitas, amores (hetero y homosexuales) y vida cotidiana de esos jóvenes, usando a un profesor de Filosofía como referente y generador del pensamiento crítico.

Puedes verla en catalan original aquí 

O doblada al castellano 

Oh My Goig

Mucho antes que otras cadenas y plataformas, la productora catalana Camille Zonca rompía estereotipos sobre la salud afectiva y sexual de los jóvenes en Betevé, combinando ficción, pedagogía y debate entre jóvenes. Obtuvo el Premio del Observatorio contra la Homofobia 2017. Sus episodios de 20 minutos se hacen cortos.

Puedes verla aquí

Drama

La ficción bilingüe de Playz, de TVE Catalunya, creada por Dani Amor, dirigida por Ginesta Guindal y protagonizada por Elisabet Casanovas (una de las mejoes actrices de Merlí) y otros jóvenes actores catalanes (varios, también procedentes de aquella serie). Explica con humor el caso de una veinteañera con trabajo precario, que se queda embarazada.

Puedes verla aquí

Boca Norte

Otra ficción de Playz, dirigida por Dani de la Orden y Elena Trapé (ambos, de la ESCAC) y con Begoña Vargas y David Solans (actor de Merlí). Una niña pija acaba en un barrio humilde y acude a un centro cívico donde se integra en un grupo de trap, excusa perfecta para tratar temas como el choque de culturas, las redes sociales, el feminismo, la bisexualidad…

Puedes verla aquí

Al Salir de Clase

En Tele 5, emitida entre 1997 y 2002, con actores como Elsa Pataky, Alejo Sauras, Pilar López de Ayala y Hugo Silva, su acción se situaba en un instituto de Madrid.

Puedes verla aquí

Compañeros

Emitida en Antena 3, desde 1998 hasta 2002, narraba la vida de estudiantes y profes de un colegio madrileño, con actores como Eva Santolaria, Antonio Hortelano y David Janer.

Puedes verla aquí

Física o Química

En Antena 3: emitida desde 2008 hasta el 2011, situaba la acción en El instituto privado madrileño, contaba con actores como Andrea Duro, Úrsula Corberó, Maxi Iglesias, Angy Fernández y Javier Calvo, uno de los ‘Javis’.

Puedes verla aquí

Y ahora media docena de series más, que se pueden encontrar en plataformas de pago.

Sex Education

Una de las comedias más entretenidas e inteligentes sobre adolescentes y sexo, con elementos dramáticos y de crítica social, pero en clave de humor. Se estrenó en 2019 y consta, de momento, de un par de temporadas, en Netflix

Puedes verla aquí

Skins

Una de las series británicas más populares; ambientada en un instituto de Bristol habla de la vida de un grupo de adolescentes y sus problemas. Se estrenó en 2007 y consta de siete temporadas, que se pueden ver en Netflix

Puedes verla aquí

Dawson Crece

Ambientada en una ciudad ficticia de EEUU, narra las peripecias de un grupo de amigos del instituto, sus aventuras, amores y conflictos sociales. Fue la primera serie que incluyó un beso entre dos chicos. Se estrenó en 1998 y duró seis temporadas, que se pueden ver en Amazon Prime Video.

Puedes verla aquí

La vida de Gortimer Gibbon en Normal Street

Simpática serie familiar sobre un chaval adolescente y sus dos mejores amigos, que viven en el típico barrio residencial estadounidense. Se estrenó en 2015 y consta de dos temporadas, que se pueden ver en Amazon Prime Video.

Puedes verla aquí

Skam

Una serie noruega sobre los problemas y sentimientos de un grupo de adolescentes de una escuela situada en un distrito rico de Oslo, y que incide en temas como la amistad, feminismo, sexualidad, diversidad, acoso, bullying y trastornos alimenticios. Se estrenó en 2015, consta de cuatro temporadas y puede ver en Movistar +

Puedes verla aquí

On My Block

Es la serie interracial del momento en EEUU. Ambientada en un barrio del centro de Los Ángeles, narra la vida, relaciones y amores de cuatro amigos adolescentes (blanco, latino, afrolatina y afroamericano) cuando empiezan la educación secundaria. Se puede ver en Netflix.

Puedes verla aquí

Historia de un corto

Esta es la historia de un cortometraje titulado ‘Quizá no sea demasiado tarde’, del que se cumplen 30 años de su exhibición en cines de Barcelona. Lo rodó el autor de este blog y quien firma estas líneas. El texto se ha publicado originalmente en Nosolocine.net

Esta mañana, el amigo José López Pérez me ha tendido una emboscada, aprovechando el asunto este del confinamiento: “¿Por qué no nos escribes lo de tu cortometraje?” ¡Cielos! Es que no sé ni dónde tengo una copia, maldita sea, le aseguro.
Pero Jose, que de vez en cuando me pide ver el corto de marras, insiste: “Sí, hombre. Lo que recuerdes del rodaje y los actores y tal y tal”.

Me deja con el lío en la cabeza y empiezo a rebuscar entre viejos papeles y archivadores. La mayor parte del material utilizado está en la casa del pueblo, donde incluso guardo una copia en Betamax y otra en VHS, más algunos folletos… En alguna parte conservo un CD o un DVD, pero vete a saber. Una copia en 35 mm está guardada en los sótanos de la Filmoteca, y supongo que TV-3 debe conservar otra copia, que en su día usó para emitirlo por televisión.

De repente, entre los cinco o seis discos duros en los que guardo cosas (imágenes, programas y archivos, muchas veces repetidos), encuentro una carpeta con algunas fotos y recortes de prensa escaneados. Y qué sorpresa: ¡hace 30 años mi corto ‘Quizá no sea demasiado tarde’ se despedía del Cine Casablanca de Barcelona, después de haber estado 15 meses en cartel, todo un récord!

Tampoco os quiero engañar: la que estuvo todo ese tiempo era la película de la que mi corto era un simple telonero, pero eso os lo cuento luego. Me pongo pues a rebuscar en la memoria para escribir esta pequeña historia.
Desde que tengo uso de razón me ha fascinado el cine. Y recuerdo las sesiones matinales en Portugalete (Bizkaia), mi pueblo, y los pases dobles en cines de Barcelona cuando vine a estudiar Periodismo con 20 años.

Durante esa década, además de acabar la carrera y trabajar de periodista, fui estudiando cursos de cine donde y como podía. El encuentro con un buen amigo, Armand Rodríguez, fotógrafo y laboratorista, nos llevó a plantearnos escribir un guion de un cortometraje, uno de los pocos métodos que, a mediados de los años 80, tenían los jóvenes cinéfilos de pasar a la industria. Aún faltaban unos cuantos años para que naciera la ESCAC No saben sus alumnos la suerte que tienen.

Entre aquellos aspirantes coetáneos estaba Jesús Font, que rodaba ‘Per molts anys’, un corto con Ramoncín, y Javier Arazola, que hacía lo propio con ‘Un asesinato’. Javier estaría luego en mi equipo, como ayudante de dirección.

Al cabo de varias semanas de dar vueltas al guión, nos pusimos a la tarea de buscar dinero para rodarlo. La historia era sencilla, e incluía un ‘flash back’, una vuelta al pasado de los protagonistas que podía encarecer la producción: un guionista cuarentón, casado y con hijas, recibe la llamada inesperada de una mujer recién divorciada, que fue su amor de juventud, aunque ella nunca lo supiera. Tenía un cierto tono nostálgico y romántico, teñido con un ligero toque de humor.

Con la ayuda desinteresada de mucha gente, especialmente Norberto Rebecchi (1949-1994), crítico del diario que asumió la dirección artística, pusimos en pie un equipo técnico con profesionales como Mitxel Casado (fotografía), Mamen Boué (producción), Fina Sensada (script), Joan Benet (cámara) y Jordi Puig (montaje), entre otros.

Pedí consejo a mi compañero Gonçal Pérez de Olaguer, crítico teatral de El Periódico, que me sugirió varios nombres. Después de algunos contactos, escogimos a Mercè Managuerra y a Jaume Sorribas como protagonistas adultos. Ambos fueron absolutamente amables: no sólo no quisieron cobrar nada sino que aceptaron acudir a un par de ensayos antes del rodaje y a utilizar su propio vestuario.

Para elegir a los protagonistas cuando eran unos jóvenes estudiantes y a sus amigos, habíamos puesto un cartel pidiendo actores en el Institut del Teatre y en algunas academias de interpretación privadas. Hicimos unas pruebas de selección en la casa de Norberto a la que acudieron unas 60 chicas y chicos.

Finalmente, escogimos a los que se ven en la fotografía de grupo: Núria Badia y Marc Cases eran los ‘protas’, mientras los hoy bien conocidos Ágata Roca y Jordi Mollà eran sus amigos. Si sus papeles se hubieran invertido quizá el corto también sería diferente. En aquel momento yo no supe ver sus posibilidades, aunque Jordi ya prometía en su papel de pillo.

Y junto a ellos, algunos actores que aún veo de vez en cuando, como Sergi Calleja, Pepa Lavilla, Emilià Carrilla, María Tresaco, Lamin Cham, Marc Montserrat y Robert Govern, hasta completar el reparto de 19 intérpretes, más unas 30 niñas del colegio del Sagrado Corazón de Sarrià, que nos cedió el patio de la escuela. Entre las pequeñas, Laia Rodríguez, hija menor de mi coguionista.

Jaume Figueras y Àlex Gorina, magníficos periodistas de cine y programadores del legendario Círculo A, nos cedieron amablemente su despacho. Un chiringuito de la playa de Castelldefels sería, además, escenario y zona de cátering.

Todo estuvo listo para los primeros meses de 1988. Contábamos con la ayuda prometida de un conocido director y productor, que aquellos días también iba a filmar un largometraje. Él lo haría entre semana y nos prestaría una cámara y colas de negativo para poder rodar el cortometraje en fin de semana, que es cuando todo el mundo podía currar gratis en la peli.

Y de repente, cinco días antes de empezar, el productor se descolgó. Un drama. ¿Qué hacer? Parábamos todo, cuando todo estaba a punto para el sábado siguiente. Con mi mujer decidimos fundir los ahorros y tirar para adelante.

Rodamos horas y horas durante dos fines de semana, con algunas dificultades añadidas en exteriores: un día de sol espléndido la primera jornada y totalmente nublado la siguiente. Director de fotografía y cámara ajustaron filtros para que no se notara.

Los actores estuvieron sensacionales, y los chicos aguantaron el frío de una mañana soleada de invierno en la escena en que juegan un partidillo de fútbol en la playa.

Pasaron semanas desde el rodaje, montaje de negativo con la veterana Mercè Casas y dejarlo todo a punto para poder presentar el corto en el festival de referencia, el de Alcalà de Henares, y luego en Barcelona e incluso en una sección muy alternativa de San Sebastián. No obtuve ningún premio. Mecachis.

Tocaba intentar estrenar la película y acudí de nuevo al maestro Jaume Figueras. Me facilitó un hueco a finales de diciembre, para acompañar a uno de los dos largometrajes que se iban a estrenar por Navidad en el Casablanca, legendario cine de arte y ensayo de los Jardinets de Gràcia.

Entre los dos títulos, me cayó bien el de Marianne Sägebrecht, una actriz alemana regordeta, de quien había visto una comedia previa, titulada ‘Sugarbaby’ (1985), del mismo director, Percy Adlon. Y aposté por aquel nuevo filme de esta pareja: Bagdad Cafe (1987).

El 21 de diciembre de 1988 se estrenó esta película que, más tarde, llegaría a ser una serie en EEUU sin Marianne ni el gran Jack Palance, que también intervenía, pero con la coprotagonista negra, CCH Pounder. La comedia tuvo tanto éxito, que aguantó nada menos que 15 meses en cartel (algo impensable en la actualidad). La retiraron de cartel con todos los honores el 18 de marzo de 1990, hace ahora 30 años. Y mi cortometraje, aguantó con ella.

Más tarde logré que TV-3 la emitiera un par de veces. No me hice rico, pero pude cubrir la mitad de las deudas generadas, pero no seguí en el cine. Continué haciendo lo que, creo, mejor sabía: periodismo. Y escribir de cine cuando me dejaban.

The end.

Entrevista con Francesc Miralles

Coautor de ‘Ikigai’, uno de los libros más leído dentro y fuera de España, Francesc Miralles ha escrito numerosos ensayos y obras de ficción, es músico y colaborador habitual en temas de psicología y espiritualidad en el diario ‘El País’ y en Radio 4. Su última y reciente novela es ‘La biblioteca de la Luna’

Nacido en Barcelona, en 1968, Francesc Miralles, es desde hace dos décadas un prolífico escritor de novela infantil y juvenil (algunas, premiadas) y también de adultos, con creciente fama en el terreno de la no ficción centrada en la espiritualidad y la autoayuda. El encuentro se produce una tarde de inicio de invierno en una pequeña tetería del barrio de Gràcia, donde charlamos hasta que el móvil le recuerda que tiene una cita más importante: recoger a su hijo de su clase de música. Esta entrevista se publicó originalmente en el diario digital Catalunya Plural.

-Usted es un escritor de éxito, pero dice que su vida académica fue un fracaso.
-Sí. Fue muy mala, hasta los 17 años. Suspendía mucho, cuatro asignaturas por trimestre o así. Era muy despistado, vivía en otros mundos, no sabía qué quería hacer con mi vida.

-¿Era un chaval problemático?
-No. Quizá un poco nihilista. Estaba en ambientes del punk. Me gustaba ir a los conciertos con los amigos y escuchar ese tipo de música. No tenía interés por nada en especial, sólo música y películas… No pensaba en otras cosas.

-¿Cuándo cambió usted?
-Hice un esfuerzo por pasar la selectividad, no sé cómo, y entré en la universidad. Primero, en Periodismo. No me gustó, estuve tres meses y dejé de estudiar, hasta el año siguiente, que entré en Filología Inglesa. Mientras, estuve trabajando de camarero en un bar del Barri Gòtic.

-Y su familia, ¿se lo tomaba con calma?
-Bueno, es que yo quería trabajar y con ese dinero, irme de viaje. Nos íbamos de interrail a ver otros países. Pero es que el bar donde trabajaba era muy interesante, con un ambiente bohemio. Allí había un pianista que fue quien me enseñó a tocar.

-Usted ha tenido un par de grupos de música (Hotel Guru, Nikosia). ¿Alguna influencia familiar en esa afición?
-No, aunque mi padre siempre estaba escuchando música y tenía miles de libros en casa. A mí me llevó a la música la eclosión de las bandas juveniles y la aparición de Ràdio Pica en Gràcia, una emisora que ofrecía música alternativa. Éramos como una tribu. Tocábamos música, traducíamos letras, grabábamos casetes, hacíamos fancines.

-Me hablaba de Filología inglesa, pero usted se licenció en alemana.
-Sí. Empecé inglesa en la UAB, con alemán como asignatura. Allí me influyó mucho una profesora de alemán, Anna Rossell, que me dio confianza y me hizo ser más responsable. Por eso me pasé a germánicas en el segundo ciclo, en la Central (UB), donde había poca gente, un ambiente más íntimo y relación más cercana con los profesores.

-El alemán tenía futuro…
-Sí. Cuando acabé la carrera, ya tenía varios trabajos: como traductor, como profesor… Había mucha demanda y no había problema para encontrar trabajo.

-Luego hizo un Máster de Edición.
-Cuando acabas Filología puedes ser traductor, profesor de idiomas o editor. Yo hice ese posgrado para meterme un poco más en el mundillo editorial. Aún no lo había acabado y ya tenía varios trabajos de traducir libros. De alemán había pocos traductores, pero también traducía mucho del inglés.

-¿Cómo conectó con las editoriales?
-Al inicio, por anuncios. En el Instituto Goethe alguien puso una nota en la que alguien precisaba un traductor de alemán y yo me presenté. Al final acabé en la Editorial Océano, donde traduje mucho y, al final, fui editor.

-¿En qué consistía su trabajo?
-Llevábamos libros de psicología, espiritualidad y crecimiento personal. Llegué a dirigir varias colecciones. Como una de divulgación, ‘El lector de…’, para jóvenes, que servía para introducirles en la vida y obra de autores como Kafka, Herman Hesse, Proust… También libros de autoayuda, recopilaciones de aforismos… Allí estuve varios años y fue mi primer contacto con estos temas. Traductor, corrector, eligiendo libros, luego escribiéndolos bajo seudónimo.

-¿Cómo?
-Mis primeros contratos fueron para escribir libros con seudónimo sobre estos temas. Trabajo editorial puro y duro. Elegías un nombre, tomabas como referencia varios libros sobre un tema y escribías uno nuevo. Lo hice muy a menudo. No se diferencia mucho del trabajo periodístico. La cuestión es que el refrito esté bien hecho.

-Por esa época, se fue a la India.
-A mí me gustaba lo que hacía, pero no el trabajo en aquella oficina. Si hubiera habido un ambiente amable, hubiera seguido. Pero allí había guerras e intrigas que me deprimían. Un día presenté la dimisión, y con el dinero que tenía, compré un billete a la India para estar un mes y medio con mi novia de entonces. Viajábamos en trenes, dormíamos en pensiones y allí escribí mi primera novela, infantil, ‘Perdido en Bombay’.

-¿Escribía en castellano o en catalán?
-En catalán, aunque no lo escribía muy bien. Compré una libreta a unos críos y un bolígrafo y empecé a apuntar las cosas que iba viendo en forma de la aventura de un niño que se pierde en la India. El relato lo presenté al premio Vaixell de Vapor. ‘Perdut a Bombai’ no ganó el premio, pero al jurado le hizo gracia. Dijeron a la editorial que les había gustado y que, si corregía el catalán y cuatro cosas más, lo veían muy publicable. Hice lo que me pedían, la reescribí y pagué a una amiga de Filología catalana para que me hiciera una corrección. La llevé a la editorial y se publicó. Fue la primera novela con mi nombre.

-Pero después sí que le premiaron.
-Sí, un año después, en el 2001. Presenté mi segunda novela, ‘Un haiku per a l’Alícia’, al Premi Gran Angular de literatura juvenil de la editorial Cruïlla, y lo gané.

-¿Cómo es su proceso de escritura?
-Entonces escribía a mano, en una libreta, y con una estilográfica. Y luego lo pasaba al ordenador. Escribía en el comedor, unas tres horas al día, y necesitaba dos o tres meses para el primer manuscrito. Luego, un mes más para pasarlo al ordenador y hacer las primeras correcciones. Eso lo hice con aquellas dos primeras novelas y ‘El llibre de l’hivern’. Era un poco romántico querer hacerlo de esa manera. Después empecé a escribir directamente en el ordenador.

-¿Por qué empezó escribiendo para jóvenes?
-Por varios motivos. Primero, porque es más fácil que te publiquen, cuando empiezas. Las editoriales de infantil y juvenil son más abiertas y si llegas a captar el registro, cómo funciona este tipo de literatura, y logras que te publiquen, pues tienes muchas escuelas y niños que te leen. Y luego vas a visitarles, con lo cual la cosa tiene otra alegría. En cambio, las editoriales para adultos tienen un elenco de autores muy asentados. La literatura catalana de entonces tendía a ser muy culta, con autores muy literarios, con argumentos muy aburridos, que no tenían nada que ver con mi mundo. Y eran círculos muy cerrados, un mundo difícil de entrar. Aún así, llegué a publicar un par de libros, ‘El somni d’occident’ y ‘Cafè Balcànic’.

-Pero, ¿es más fácil escribir para niños?
-Es un género que has de dominar. Para mí era muy fácil escribir en infantil y juvenil, porque yo tenía una mentalidad muy adolescente aún. Iba y sigo yendo a conciertos de rock, he ido de viaje a sitios de mochileros, que son muy jóvenes y con los que estoy acostumbrado a hablar. Para mí no era difícil meterme en la cabeza de un personaje de 17 años. Igual es difícil para un profe que ha cambiado y ya no se acuerda de cómo era de joven, pero yo he seguido haciendo esa vida.

-En muchas de sus novelas se incluyen temas filosóficos.
-Quizá se deba a mi anterior trabajo como editor de temas de espiritualidad oriental, autores japoneses, filosofía india, religiones del mundo. Todo esto está presente en mi obra, sí.

-Desde ‘Pulsaciones’, con Javier Ruescas, tiene usted un montón de colaboraciones con otros escritores.
-Sí, muchas: con Care Santos, Joan Bruna y Sonia Fernández-Vidal, una con cada uno. Con Àlex Rovira, ocho, y con Héctor García, llevamos ya cuatro, desde ‘Ikigai’ (2016) [un super-éxito internacional, publicado en 42 idiomas].

-¿Cómo trabajan ustedes?
-Cada coautoría es diferente. En algunas, uno escribe y el otro aporta las ideas, como con Àlex Rovira. Con Care Santos, uno escribió la primera parte de la novela y el otro la segunda. Con Héctor, vamos haciendo un capítulo cada uno. Como vive en Japón, hacemos citas a través de Skype a las 8 de la mañana. Pero después de las correcciones y los años, ya no recuerdas quién ha escrito qué.

-¿Ha hecho de ‘negro’ para otros autores?
-Sí. Y con mucho gusto, eh. Me encanta. Normalmente haces de negro de personas que saben mucho sobre un tema. Y es más: a algunos autores les gustaría ponerte en cubierta, y es el editor o tú mismo quien te niegas y dices ‘este es tu libro’. He hecho de negro de gente muy interesante, como la medium Marilyn Rossner. Fue muy interesante. Veía a una persona con un oficio de algo que jamás habrías pensado ver de cerca y que convives día a día con ella. Eres como un periodista: escribes de algo de lo que en principio no sabías nada; transmites lo que esta persona explica.

-¿Algún autor más?
-Mucha gente. Jesús Calleja, por ejemplo. Fui a su casa para grabarle su vida durante tres días y explicarla en un libro que publicó Planeta.

-¿Fue bien?
-Normalmente, cuando haces este tipo de trabajo, te tratan muy bien. Siempre hay excepciones, pero en general, la gente es muy amable. Calleja lo fue. Lo que pasa es que luego, en los agradecimientos, puso una lista de 150 personas y yo ni salía. Pero, vamos, a mí me da igual.

-¿Es un trabajo que se paga bien?
-Depende de la importancia del autor, de la dificultad y el tiempo. Si te lo encarga una editorial profesional, grande, sí. Te sale a cuenta en función de las semanas o meses que tengas que destinar a hacer esto. Si pierdes mucho tiempo, no.

-Últimamente tiene mucho éxito con una literatura cercana a la de autoayuda.
-Como te decía, ya había escrito de estos temas con seudónimo. Y el primero con mi nombre fue ‘El zen de la empresa: soluciones sencillas para un mundo complicado’, que muy poca gente conoce. Le añadí el nombre de un coautor japonés que no existe, Yuki Ojiro, no sé muy bien por qué. Y ahora los que he hecho con Àlex Rovira.

-Pero, ¿por qué este tipo de literatura y no otro?
-Quizá porque es lo que mi entorno profesional me demandaba más. Y es de lo que entendía más, después de 10 años de traductor, corrector y editor de este tipo de temas. Es más fácil que pueda escribir sobre autoayuda que sobre García Lorca, ¿no? Por eso escribo una vez al mes en la sección de Psicología del diario ‘El País’ y lo mismo en la revista ‘Mente sana’. También tengo un programa de media hora a la semana en Radio 4. Como ves, todo de lo que escribía y mi mundo profesional era este. Y en este mercado, hay muy pocos especialistas. Hay mucha gente que escribe de ‘coaching’, pero gente que sepa realmente de crecimiento personal, hay muy poca gente.

-Vamos, que usted vive más de la autoayuda.
-Hombre, es que de la ficción es muy difícil vivir, eso seguro. De una novela, lo normal es vender mil ejemplares, y no vives de eso. Y la autoayuda es un tipo de libro que es más fácil que te lo traduzcan y vender más. Si tu haces un libro de no ficción de un tema nuevo y tiene interés, quizá te lo traduzcan a otros idiomas. Y actualmente se vende más no ficción que ficción..

-¿Es el caso del superéxito de ‘Ikigai’?
-Sí. Es mi fuerte. Que no quiere decir que sea lo que me gusta más, porque igual me gusta más escribir una novela. ‘Ikigai’ tiene una parte de trabajo periodístico. Fuimos a Ogimi, al norte de Okinawa, donde se concentran las personas más longevas del planeta. Habían estado dos grupos de investigación antes de nosotros, unos médicos, para estudiar alimentación y forma de vida, y unos sociólogos, para elaborar estadísticas. Pero ninguno con la idea de lo que nosotros queríamos hacer: entrevistar a todos aquellos ancianos y preguntarles por su propósito vital, éramos los primeros. Así tuvimos información muy fresca para hacer este libro, que nunca pensamos sería un superventas.

-No me lo puedo creer…
-Lo hicimos para los fans de Japón, pensando que se quedaría en ese ámbito, solo. Pero luego tuvo mucho éxito porque se da una visión positiva de la vejez, de que se puede llegar a ser anciano con plena actividad y motivación. También hay mucho interés por el concepto del ‘ikigai’ [la razón de ser, el propósito vital] en las empresas y en el mundo de la educación. El éxito no llegó de golpe, sino que se fue poniendo de moda en un país, y luego en otro, y en otro: ahora, en India, a donde iré en enero a algunos festivales literarios y a firmar libros, y antes en Turquía, Holanda y otros lugares.

-Curiosamente, su último libro es la novela ‘La biblioteca de la Luna’.
-Bueno, aquí hice lo que me dio la gana. Lo escribí porque quería. Tenía muchas ganas de hacer una novela de este tipo, pero nadie me encargó nada ni tenía ningún contrato. Siempre me había gustado mucho el tema de la Luna y me divertía mucho escribir esta aventura. No tenía intención comercial.

-A mí, lo que me parece, como en otras novelas, es que es terriblemente romántica.
-Puede ser. La novela quizá sí. Lo cual no quiere decir que yo lo sea en mi vida cotidiana. Pero sí me gusta introducir toques románticos, por el tipo de diálogo y las situaciones que se producen.

-Pero, al mismo tiempo, sus personajes son bastante solitarios.
-Eso es muy propio de las novelas, en general. Si te fijas por ejemplo en autores como Paul Auster o Haruki Murakami, sus protagonistas son hombres solos. La soledad da mucho juego. El lector se pone en el lugar de esa persona y le es más fácil acompañarla. Casi te diría que la soledad es una premisa para hacer una novela.

-Por cierto… tiene tres ‘best-sellers’ de intriga, con aroma a ‘El código Da Vinci’ (2006), protagonizadas por un periodista.
-Hasta aquellos años, las letras catalanas eran de alta literatura. No se había hecho un libro como ese, tipo Dan Brown. Martí Gironell y otros autores similares aún no habían escrito los éxitos por los que se les conoce. Había algunas novelas policíacas, pero nadie se había atrevido a hacer un ‘thriller’ tipo James Bond, en catalán. Y, de hecho, el libro estuvo seis o siete meses en las listas de más vendidos. Gustó a mucha gente, y para mí fue un divertimento.

-Reconocerá que los periodistas no somos como su personaje.
-Ni como Tintín, tampoco. Para eso están las novelas, para que pasen cosas que no ocurren en la realidad.

La otra cara de la edad de oro de las series

La brutal capacidad económica de las grandes plataformas, como Netflix o Amazon, está desplazando a los cines como pieza central de la cultura audiovisual. Estas son las claves de una nueva era en el consumo de películas, que publiqué inicialmente en Catalunya Plural.

La Academia del Cine español se reconcilió en su última gala con el, a veces injustamente olvidado, Pedro Almodóvar. Los Goya a mejor película, dirección y guión premiaban directamente al gran director manchego, además del logrado por su ‘alter ego’, Antonio Banderas, como mejor actor.

Pero lo que quizá quedó en segundo plano, fue la parte final de su discurso de agradecimiento del cineasta. Almodóvar puso el acento en la situación del cine independiente, de autor, “el cine que se hace fuera de los márgenes de las televisiones, de las plataformas, está en serias vías de extinción”.

Y añadía, dirigiéndose a Pedro Sánchez, primer presidente del Gobierno que acudía a la gala desde José Luis Rodríguez Zapatero en el 2005: “[Este cine] Necesita la protección, ya no de su Gobierno, sino del Estado, porque ese va a ser nuestro futuro y el de los directores que, dentro de 10 años, se inspiren en el cine que se está haciendo. Ese va a ser el futuro de toda esta gente, que ahora mismo lo tienen más difícil que antes”.

Y es que esta ‘edad de oro’ de las series de televisión tiene otras caras, no tan bonitas. La llegada de las plataformas de ‘streaming’, mayoritariamente estadounidenses, con Netflix y Amazon Prime Video a la cabeza, además de HBO, Rakuten, Apple, pronto Disney y los muchos de canales de tele de pago existentes (Movistar+, Fox, TNT, Cosmopolitan, Comedy…) supone un nuevo modelo de concentración global del capital propietario de estos medios audiovisuales.

Hace unas semanas, Jaume Ripoll, cofundador y director de Filmin, única plataforma española del sector, reflexionaba sobre el tema en este medio: “La inversión que están asumiendo y alcanzando estas grandes compañías no es para quedarse con un trozo pequeño del pastel, sino con un gran porcentaje de mercado, porque en caso contrario no llegarían a cubrir los gastos de producción. Ahora hay una guerra muy clara para convertirse en la plataforma hegemónica. Y lo que se intuye que habrá, tarde o temprano, son fusiones”.

Lo que está ocurriendo es una reordenación del antiguo sistema de estudios norteamericanos, basado en intereses comerciales y una concepción del cine como negocio y espectáculo, en el que empresas como Netflix o Amazon, que forman parte de conglomerados globales, han aparecido para sustituir a viejos estudios o absorberlos. Su brutal capacidad económica está cambiando de tal forma el panorama, que está forzando el sistema de ventanas de distribución y eliminando la importancia del cine como pieza central de la cultura y la economía del sector.

Hasta ahora, ese sistema era importante para conseguir los máximos beneficios posibles de una película: primero se veía en el cine, al cabo de unos meses en DVD y finalmente, después de un par de años, en televisión. Este modelo tradicional que defienden a capa y espada los exhibidores (propietarios de salas de cine) está en crisis a nivel global, ya que las plataformas más poderosas, como Netflix, estrenan (salvo contadas excepciones) sus películas directamente en la pequeña pantalla sin pasar por las grandes salas.

El propio Almodóvar comentaba en una reciente entrevista en El País’ “Es terrible que de películas como ‘El irlandés’ o ‘Historias de un matrimonio’ te enteres por casualidad de que llegan al cine, porque no hay interés en que sepas que puedes verlas en una pantalla”. En efecto, ‘El irlandés’ ha llegado a algunos cines sólo para que puedan competir en la gala de los Oscar, el próximo 10 de febrero. Ya pasó el año pasado con ‘Roma’. Sólo la insistencia de Alfonso Cuarón y la posibilidad de lograr la estatuilla doblegaron la intención inicial de Netflix de emitirla sólo para sus abonados.

Es evidente un aspecto positivo: la enorme inversión de los nuevos estudios está dando lugar a más producciones y más puestos de trabajo. En España, por ejemplo, son muchas las productoras y profesionales que se están beneficiando de ello. J.A. Bayona está rodando una nueva versión de ‘El señor de los anillos’ para Amazon; Alejandro Amenábar está adaptando el cómic ‘El tesoro del Cisne Negro’ para Movistar+ y Nacho Vigalondo ha dirigido ‘El vecino’ para Netflix.

“Si uno piensa en un montón de directores españoles de primera línea, todos estáis haciendo series. Y yo me pregunto: ¿cuál va a ser la producción española cinematográfica del año que viene? Las plataformas han llegado como un tsunami, con aspectos positivos como que todo el mundo está trabajando, o que haya más oferta de ficción que nunca, pero está cambiando el modelo de ver la ficción. Eso pretendían desde el principio y lo están consiguiendo”, le decía precisamente Almodóvar a su colega Amenábar en El País.

Se retoman las viejas prácticas de los estudios: contratar a los mejores creadores para que trabajen en exclusiva para ellos. Pero las plataformas y televisiones privadas hacen más caso de los algoritmos que de la creatividad artística. Apuestan por cierto tipo de productos que, salvo contadas excepciones, limitan y condicionan la labor de productores, guionistas, realizadores y actores en favor del número de visionados.

Y aquí entra en escena el factor público. Es evidente que los clientes de las plataformas de vídeo a la carta tienen a su alcance una enorme oferta audiovisual, algo que incide mortalmente en la afluencia a las salas de cine. Hay tantísimas series, películas y documentales que se necesitarían varias vidas para consumirlas.

En su contra juega la dificultad de separa el grano de la paja, el producto de calidad del mediocre y la obra de arte del último éxito comercial. Existen pocas alternativas (televisiones públicas como TVE y TV-3, y plataformas como Filmin, entre ellas) para que el buen cine español independiente y las series europeas minoritarias, pero de gran calidad, encuentren su público.

Como decía Almodóvar, sólo el apoyo del Estado y una fiscalidad más favorable permitirá que el futuro del cine español no sea tan negro como se barrunta.

Entrevista con Mercè Managuerra

Es una de las actrices más respetadas de la profesión y, al mismo tiempo, menos conocida por el gran público, quizá porque no se ha prodigado en la tele o el cine. Ha pisado muchos escenarios, ha sido profesora del Institut del Teatre durante tres décadas, es productora y acaba de meterse en la piel del judío Shylock en ‘El mercader de Venecia’.

Ahora que podría estar jubilada, Mercè Managuerra ha iniciado la arriesgada aventura de abrir y dirigir un nuevo teatro, el Dau al Sec, donde acoge a compañías jóvenes con ambición y rigor. Es la primera actriz que ha sido capaz de interpretar a Shylock en una reciente versión para cuatro actores de ‘El mercader de Venecia’ y, por ello, recibió el 45º Premio de Teatro Memorial Margarida Xirgu, el galardón de teatro más antiguo de España. Quien esto escribe la dirigió en el cortometraje ‘Quizá no sea demasiado tarde’ hace más de 30 años. Entonces, como ahora, que me recibe en su propia casa, fue muy generosa: “Si lo podía hacer, no tenía un ‘no’ para casi nada”, asegura humilde en esta entrevista, que publiqué originalmente en el diario Catalunya Plural. .

-Como quizá algunos de nuestros lectores no la conozcan, explique cómo llegó usted a ser actriz.

-Siempre me gustó mucho el teatro, desde muy jovencita. Y la literatura catalana. Mi padre me leía poemas de Josep Carné, Joan Maragall, Joan Salvat-Papasseit. Después, estudié Románicas en la Central [Universitat de Barcelona], porque quería conocer también la literatura castellana. Acabé la carrera en 1975, justo el año de la muerte de Franco. También frecuentaba a los Tarot de Quinze, un grupo de jóvenes poetas, como Vicenç Altaió y Jaume Creus. Un día, por casualidad, me encontré a Rosa Novell y a Isona Passola, que había hecho teatro aficionado conmigo, y me dijeron que les faltaba un actriz en la obra ‘Las troyanas’, que iban a representar en la Universitat Catalana d’Estiu de Prada de Conflent. Y así empecé.

-Buen inicio…

-Sí, porque por allí estaban Joan Lluís Bozzo, Anna Rosa Cisquella y gente así. Poco después, Fabià Puigserver nos dijo si queríamos ir con su grupo a hacer ‘Terra Baixa’, de Ángel Guimerà, y más tarde el ‘Quiriquibú’, de Joan Brossa. Era antes del Teatre Lliure, donde yo no estuve. En cambio, fui al Romea, a la tele…

-¿Estudió para actriz en algún sitio?

-Sí, fui al Institut del Teatre a estudiar mimo y pantomima. Quería aprender a trabajar primero el cuerpo y, luego, la voz. Solicité una beca Fulbright y pude ir a estudiar interpretación a EEUU, durante dos años, con la famosa Uta Hagen, que era muy buena maestra.

-Creo recordar que el regreso no le fue fácil.

-Es que yo tenía 35 años cuando me fui y volví con 37. No había muchos papeles para mi edad: aún era joven para hacer de madre y ya era algo mayor para hacer de jovencita. Se me complicó la cosa y se me cortó la carrera. Quizá daba un poco de miedo que hubiera estado en EEUU y que tal vez pidiera más dinero o fuera a preguntar demasiado.

-Pero usted había hecho bastante televisión.

-Sí, sobre todo obras de teatro para el circuito catalán de TVE. Y hasta había producido y dirigido la serie de TV3 ‘En escena: 100 anys de teatre català’. Tuvo 16 capítulos y, en origen, era diferente. Tomaba obras conocidas del teatro universal y director y actores hablaban sobre ellas y las ensayaban. Al final, cosas de TV3, tuve que centrarme solo en autores catalanes.

-¿Volvió a la tele?

-No como actriz. Estuve como directora de actores en ‘La granja’, la telenovela de Joaquim Maria Puyal que antecedía a ‘La vida en un xip’. Hice papeles de reparto en un par de películas (‘El amor es extraño y ‘Una sombra en el jardín) y en tu corto (‘Quizá no sea demasiado tarde’).

-Entonces, ¿dejó de actuar?

-Fue cuando me propusieron entrar a dar clase en el Institut del Teatre. Yo venía de una didáctica, de una formación pedagógica estructurada. La de Uta Hagen, la de Lee Strasberg, con quien había estudiado en París. Y Jordi Coca, el director del centro, me llamó para dar asignaturas como Técnicas de Improvisación, Técnicas de Interpretación, Talleres, Interpretación delante de la Cámara… He estado 30 años de profesora.

-¿Es ese contacto con jóvenes actores lo que le ha llevado a comprar un teatro para ellos?

-Sí, para ellos, y para compañías que quieran investigar y hacer un teatro social y artesanal. Mi primer intento fue en el Teatre Akadèmia. Nuestro ‘star system’ tiene una forma de hacer entrar a los jóvenes actores en el mundo profesional, que era y es TV3. Cuando alguno empieza a despuntar en las telenovelas de la tarde, pronto salta al Teatre Nacional o al Lliure. Son caras que la gente conoce y ponerles en un reparto te asegura un poquito más de éxito. Eso lo hemos notado también nosotros.

-¿En qué forma?

-Bueno… Los chicos de ‘Quëstió d’honor’ [una obra del alemán Lutz Hübner, dirigida por Carla Torres Danés e interpretada por, entre otros, Candela Antón, una de las jóvenes actrices de la serie ‘Merlí’], que han estado en el Dau al Sec, han hecho cuatro veces más taquilla que nosotros, los adultos que hacíamos ‘El mercader de Venecia’ en el Versus Glòries.

-Usted es, creo, la primera actriz que interpreta al judío de ‘El mercader de Venecia’. ¿Cómo se le ocurrió?

-Fue Konrad Zchiedrich, el director de la obra, quien apostó por mí. Había trabajado con él en, al menos, seis montajes a lo largo de 30 años. Me quería rescatar del realismo psicológico que yo había estudiado en EEUU. No le gustaba Uta Hagen. En EEUU no tienen teatro clásico y educan para hacer papeles muy situacionales. En Europa, en cambio, la realidad es diferente, hay teatro clásico y películas de autor. Konrad decía que allí siempre están con el ‘sentimentito’ en un mundo pequeño que no representa la realidad humana.

-¿Cuando le conoció?

-Cuando me convertí en productora. Hubo una época en que, como nadie me llamaba ni contrataba, empecé a producir e interpretar aquellas obras que me gustaban, con directores que a mí me interesaban. Le conocí gracias al actor Jaume Valls. Ambos habíamos estado en Nueva York estudiando con Uta. Yo había hecho ‘El camí de la Meca’, que tuvo mucho éxito, y después nos pusimos a buscar una obra con la idea estúpida de que pudiera gustar al público y por primera vez en mi vida produje una obra así, que fue ‘Anuncis classificats’, una comedia simpática de bulevar. Y Konrad la dirigió. Al cabo de varias colaboraciones juntos, cuando surgió la idea del ‘Mercader’, me insistió para que hiciera el Shylock. Siguió con nosotros hasta que estuvo muy enfermo (falleció en agosto) y seguimos solos, con la ayuda de Mingo Ràfols.

-¿Y cómo afrontó el personaje?

-Bueno, hay actores que tienen la habilidad de copiar muy bien lo externo e imitan a un policía, un carnicero o un carpintero. Yo no la tengo. Me tengo que organizar internamente: es mi dinámica, mi aprendizaje. Pero con Shakespeare tienes solo las palabras y me estaba resultando muy difícil componer el personaje hasta que, un día, Konrad, que me veía ensayar, me dijo que pensara en alguien que tiene los pies planos, que eso quizá me ayudaría. Con esta inspiración, poco a poco, empecé a mover los pies de esa forma, luego las piernas, encorvar la columna… Y después de perder el miedo, fue cosa de lanzarme con el texto para descubrir qué salía.

-El esfuerzo ha valido la pena, ¿no? Le han dado el premio Margarida Xirgu.

-Es genial, pero no te cambia nada la vida. Es un reconocimiento, no como un Oscar y todo el mundo te quiere contratar y sube tu cotización. Pero me he alegrado también por Konrad, porque insistió tanto y tanto, que debe estar contento, allá donde se encuentre.

-Me hablaba antes del Teatre Akadèmia…

-Sí, sí. Como yo veía que en las clases del Institut del Teatre había tan buenos alumnos, pensé que era necesario hacer visible su trabajo. Por eso, cuando entré a dirigir el Teatre Akadèmia en el 2007, uno de mis objetivos principales era dar a conocer a estos actores jóvenes con talento, pero invisibles y desconocidos, en obras de autores que les permitieran trabajar el lenguaje y con directores que fueran también pedagogos. Esa fue una de mis primeras apuestas. Programamos laboratorios de interpretación con maestros internacionales (Anatoly Vasilev, Marie de Clerk, Zaedine Zadeck, Philipe Nguyen y Thomas Richards), además de producir una decena de espectáculos: varias obras de Shakespeare (‘Romeu i Julieta’, ‘Com us plagui’, ‘Falstaff’); ‘Electra’, de Sófocles; ‘Ritter, dene voss’, de Bernhard; ‘La gavina’, de Chejov, y ‘La vida perdurable’, de Comadira, entre otras.

-Usted ha adquirido un teatro, el Dau al Sec. Debe tener una hipoteca enorme…

-Jajaja. Pues no. Lo he podido comprar con los ahorros de toda la vida y 10 años de Teatre Akadèmia. En el 2007, Elsa Peretti, una gran amante del teatro que me admiraba mucho, decidió comprar el Akadèmia y me ofreció dirigirlo. Tuve una libertad total, hasta los dos últimos años. Fue el momento de marchar y que cada una siguiera su camino.

-Menos mal.

-Sí. Tuve la suerte de que en aquel momento los Vol Ras decidieron vender su teatro, en el Poble Sec. Y como tenía ganas de seguir haciendo teatro independiente, decidí dar el paso.

-¿Que está produciendo ahora?

-Bueno, ahora no puedo producir casi nada. Tengo varios proyectos en la cabeza, pero se han de dosificar. Después del ‘Mercader’ me he quedado sin dinero para producir. Ahora facilito la sala a aquellos grupos que no tienen teatro para ensayar y estrenar, como hemos hecho con ‘Questió d’honor’.

-Me decía que tiene varios proyectos entre manos.

-Me gustaría crear un Premi Dau al Sec para compañías que intentan funcionar de forma menos piramidal (autor, director, actor). Tener alguna subvención nos ayudaría, claro. El ‘Mercader’, tal y como la hemos montado, nos ha costado 8.000 euros, pero porque no hemos cobrado ninguno de nosotros. Lo haremos ahora, cuando hayamos acabado las funciones y bolos. Pero eso también les pasa a los jóvenes actores de ‘Qüestió d’honor’, que llevan cuatro meses entre ensayos y representaciones, y cobrarán un poco ahora, al acabar.

-Pero usted podría estar jubilada y vivir tranquilamente.

-Estoy jubilada del Institut del Teatre, y no cobro de ningún otro sitio. Pero mi futuro pasa por el Dau, donde hacemos muchas cosas, incluso un curso de filosofía y teatro sobre Shakespeare y su visión del mundo, a cargo de Jordi Feixas. Y también me gustaría hacer inclusión social en el barrio, ver cómo puedo ayudar mejor. Este verano hicimos un taller de cine con chavalitos que no tenían dinero para pagarse colonias de verano. Y también me gustaría hacer una coral con niños y gente mayor.

-Vamos, que usted no para.

-No paro, no [y sonríe].

Mis mejores series del 2019

Cuando mi amigo Jose López Pérez me pidió mi lista de pelis del año, me dio un tembleque. Me resulta muy difícil explicar que voy menos al cine de lo que debería y que, además, no podría estar a la altura de mis amigos de la crítica, capaces de devorar tres o cuatro películas (alguno, más) cada día, la mayoría en las salas de cine.

Por eso, desde la humildad de espectador televisivo, os cito las diez series extranjeras (y dos españolas de postre) que he visto este año y me han gustado especialmente. La visión más profesional ya os la escribió el amigo Natxo Torres Zenarrutzabeitia hace unos días, si bien en algunas cosas no estoy de acuerdo con su criterio, como veréis.

Estas series son una selección de las que más me han gustado este año, no las mejores ni peores. Seguro que cada espectador tiene sus preferidas, como cada crítico. Y recuerden, amigas y amigos lectores, que la crítica es un género de opinión, no una verdad absoluta.

Vamos allá:

En Amazon Prime Video:

– ‘Fleabag’, maravillosa mezcla de comedia y drama a cargo de la frágil, divertida, emocionante y sensible Phoebe Waller-Bridge, que se llevó el Emmy de este año. Mejor véanla en versión original: la voz de esta mujer vale un potosí.

– ‘La maravillosa señora Maisel’. A Natxo no le ha gustado nada la tercera temporada, pero sigue valiendo mucho la pena ver el nacimiento y progresión de una pionera de los monólogos cómicos en EEUU. El equipo Amy Sherman-Palladino (guión) y Rachel Brosnahan (actriz).

En Filmin

-‘The Virtues’, magnífica miniserie dramática británica con un Stephen Graham que sabe transmitir el dolor de un hombre herido desde su infancia.

-‘Home ground / Heimebane’, una serie sobre la primera entrenadora de fútbol de un equipo masculino de primera division noruega que gusta incluso a los no aficionados. Ane Dahl Torp encabeza el reparto, en el que está John Carew, futbolista que jugó en la Liga española.

-‘En la sombra’, una estupenda ‘Borgen’ a la francesa para amantes de las intrigas políticas.

En Netflix

-‘El método Kominsky’, segunda temporada de esta comedia de Chuck Lorre, con unos vejetes interpretados por unos sensacionales Michael Douglas y Alan Arkin.

-‘The Crown’: tercera temporada de la vida y milagros de la reina Isabel II de Inglaterra. De la más dulce Claire Foy a la más dura, pero creíble, Olivia Colman.

-‘Broadchurch’, con precisamente Olivia Colman como policía inglesa de un pueblo costero donde se producen un par de crímenes investigados por el atormentado David Tennant.

En HBO

-‘Juego de Tronos’. Imposible no citar la temporada final de esta serie, que ha marcado toda una década, gusten o no las fantasías épico-medievales.

-‘Killing Eve’, la segunda temporada de esta peculiar relación entre una asesina profesional y una policía, escrita precisamente por Phoebe Waller-Bridge a partir de las novelas de Luke Jennings. Y Jodie Comer también se llevó un Emmy.

En Movistar+

-‘Hierro’: una intriga policíaca, con joven asesinada, ambientada en la más pequeña de las islas canarias. Soberbia Candela Peña en duelo actoral con un Darío Grandinetti de altura.

En BTV (y Filmin)

-‘El muerto vivo’, una serie gamberra y deslenguada, cuyo piloto se llevó un premio Ondas.

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