Callejuela veneciana, fotografiada por Álex de la Iglesia.
Como decíamos en la entrada anterior, Álex de la Iglesia es el segundo cineasta español que ha rodado en Venecia: filmó ‘Veneciafrenia‘ en octubre de 2020, como primera entrega del sello ‘The Fear Collection‘, una serie de películas de terror impulsadas por el director vasco con su productora, Pokeepsie Films, apadrinado por Sony Pictures España y Amazon Studios. Eso le augura una buena distribución en cines y en la conocida plataforma digital de pago. En octubre de 2021 la estrenó en el Festival de Sitges.
Miquel Quer, en una escena de ‘La redempció dels peixos’.
Nada mejor para poner en marcha un nuevo blog dedicado a Venecia y el cine que abrirlo con el rodaje de dos directores españoles en la ciudad de los canales: Álex de la Iglesia y Paula Ortiz aprovecharon la ausencia de turistas durante los últimos meses de 2020, pese a las restricciones causadas por la pandemia, para filmar sendas películas. Una buena noticia que me permite recordar a Jordi Torrent, el pionero.
El otro día fui a ver a José Luis Jiménez Fernández, un buen amigo y antiguo compañero de El Periódico, al igual que su esposa, mi querida Mari Carmen Gonell, hija a su vez de otro trabajador, pionero de los primeros tiempos del diario.
Me había invitado a visitar El Visor, una escuela de arte, dibujo y escultura, situado en el paseo de Sant Joan, 142, de Barcelona, que incluye un taller dedicado al grabado, situado en otro local próximo, ubicado en la calle de Còrsega, 450. En este espacio, José Luis se ha convertido en un buen alumno del profesor Manolo López, que lleva ocho años al frente de este departamento.
Como os decía, fui a verles y me encantó lo que están haciendo. Tocan una disciplina emparentada con la magia de la imprenta, de trasladar al papel (u otros soportes) imágenes que previamente han dibujado, copiado y trasladado a una matriz que, rellenada de tinta, da lugar a cuadros llenos de arte. O al menos, así me lo parecen a mí. Y a mí, que soy un patoso. negado para estas cosas, me llenó de ese deseo innato que (creo) tenemos todos, de aprender.
Las imágenes que acompañan estas líneas no reflejan todo lo que allí hacen, pero al menos quedan como testimonio de la visita y de una generosa atención que agradezco.
El escritor y guionista Salva Rubio acaba de publicar el libro que muchos hubiéramos querido escribir y todos los fans estábamos deseando leer: ‘Tras los pasos de Indiana Jones: objetos mágicos, lugares míticos y secretos de la saga‘, editado por Minotauro (Planeta).
Una obra que, dividida en dos partes, en una de ellas recoge la biografía más extensa y completa del héroe creado por George Lucas y Steven Spielberg, y en la otra, llena de sorpresas y descubrimientos, explica todo sobre las cuatro películas, la serie, las novelas, cómics y videojuegos que llenan el universo del arqueólogo del sombrero y el látigo.
El amigo José López, alma de Nosolocine.net, me ha animado a escribir sobre ‘El juego del calamar’, la serie de Netflix que ha triunfado en todo el mundo. Como un espectador más, vi (algo más de) dos minutos del primer episodio de esta ficción coreana. Dicen que son los que cuentan para esa plataforma a la hora de incluirte en el cómputo de los muchos millones que han visto esa producción. Este texto, como el de José, se ha publicado originalmente en Nosolocine.
Fue un arranque a desgana, con un tipo al que le salen mal todas las cosas. Vale. Ya he visto mil y una historias parecidas. ¿Qué mas? Cuando un tipo le convence para enrolarse con medio millar más de parias como él en un juego en el que puede ganar mucho dinero, el guiñol se torna en tal orgía de sangre e higadillos, que haría gritar de felicidad al público habitual del Festival de Sitges. Vale. Ya tenía bastante para dejar la serie, y eso que aún no había acabado el primer capítulo.
Les voy a confesar que estos días estoy enganchado a una serie francesa que emiten en el canal AXN a través de varias plataformas de pago. Se trata de ‘Candice Renoir‘ y lleva ya la friolera de nueve temporadas en antena, desde el año 2013. La protagonista es una peculiar oficial de policía (una comandante, en su escalafón, situada por encima del capitán de la brigada, ayudante directo suyo), la Candice del título, una mujer separada y con cuatro hijos, a quien da vida la actriz Cécile Bois. Este artículo lo publiqué originalmente en Nosolocine.net
Esta no es la única serie francesa protagonizada por una mujer policía, toda una tradición en el país vecino. Entre las últimas, destacan dos de ellas: ‘Los crímenes de Cassandre‘, con las peripecias de la seria comisaria Florence Cassandre (la actriz Gwendoline Hamon) en la zona de Annecy, al norte de los Alpes; e ‘Inspectora Marleau‘, con Corinne Masiero en el papel de esa excéntrica oficial de la gendarmería, una especie de Colombo con sempiterno gorro ruso en la cabeza. Ambas producciones echaron a andar en 2015 y siguen en antena con bastante éxito. Las tres intérpretes son actrices veteranas y han superado los 50 años.
Hace ahora justo un mes, Roge Blasco, un periodista vasco premiado por la Sociedad Geográfica Española y que presenta los programas ‘Levando Anclas’, desde 1984, y ‘La Casa de la Palabra’, desde 1997, en Radio Euskadi, me entrevistó con motivo de la publicación de la actualización 2021 de mi guía sobre Venecia (Ecos Travel Books), que había escrito en 2020, pero que la pandemia me obligó a poner al día. Fue una charla muy amena, en la que también nombramos mi libro ‘Venecia de cine’. Este es el enlace al contenido del programa. La entrevista se inicia hacia el minuto 36 y la podéis oír directamente aquí abajo.
En el mundo del periodismo de viajes, en el que hay excelentes profesionales, no es demasiado habitual encontrar libros colectivos. Los hay en muchos otros ámbitos (histórico, social, de investigación) incluso en la narrativa o la poesía, donde no es extraño encontrar recopilaciones de cuentos y obras de diversos poetas. Este texto se ha publicado originalmente como ‘Rutas a pie y toques gastronómicos en los Pirineos», en Nosolocine.
Por eso me ha sorprendido gratamente el recién publicado ‘Gastrorutas por los Pirineos’, escrito a seis manos por tres periodistas de viajes, el vasco Txusma Pérez Azaceta, el aragonés Eduardo Viñuales y el argentino radicado en Catalunya César Barba. Un texto que, además, está prologado por el cocinero Martín Berasategui. Lo acaba de sacar de la imprenta la pequeña editorial Ecos Travel Books.
El famoso chef guipuzcoano, con 12 estrellas Michelin (tres de ellas en su restaurante de Lasarte), explica muy bien el trasfondo del libro: una “propuesta sencilla y honesta, salir de excursión por el Pirineo y coronar el paseo con una comida a pie de montaña”. Una idea surgida de la unión de tres amigos que “han decidido unir esfuerzos para dar a conocer un puñado de rutas” por la cordillera pirenaica, acompañadas de explicaciones sobre productos gastronómicos de cada zona y de “restaurantes, fondas y mesones donde reponer fuerzas”.
El resultado son 30 rutas sin especial dificultad, para realizar solos o en familia, en cada una de las cuales se incorpora un producto gastronómico de cada zona y entre uno y tres restaurantes donde comer o tomar algo. Todas las rutas son para realizar a pie e incluyen una detallada descripción, un mapa de la misma y una ficha con detalles como sus puntos de inicio y final, la distancia y desnivel de la excursión, y el tiempo aproximado para realizarla.
La parte catalana del libro se inicia con el Camino de Ronda entre Tamariu y Aigua Xelida y el Cap de Creus, y discurre por puntos de las comarcas de la Garrotxa, el Ripollés, la Cerdanya, el Alt Urgell, el Solsonés y los dos Pallars, para culminar en el Vall d’Aran. Un paseo por las pasarelas de Montfalcó abre la parte aragonesa, que pasa por Benasque, Ordesa, Aísa, Echo y cierra las pasarelas del Vero en Alquézar. Las rutas de la vertiente navarra y vascopirenaica ascienden a varios montes: el Lakhura, en Isaba; al Orhi, en Otsagabia; al Urkulu en Orbaitzeta, y al Mendixuri en Burguete, para acabar dando una vuelta a Peñas de Aia, en Oiartzun, ya en Gipuzcoa.
De estas 10 últimas rutas se ha encargado Pérez Azaceta (Legazpi, 1958), un veterano montañero que ha subido a montañas de medio mundo (incluidos algunas del Himalaya y el Aconcagua). En los años 90 participó en la fundación de la revista de montaña ‘Likken’ y, más tarde, en la de ‘El Mundo de los Pirineos’ y ‘Euskal Herria’. Tiene numerosos libros, como ‘Montes de Gipuzkoa’, ‘Los mejores recorridos para conocer la montaña vasca’, ‘Rutas y restaurantes con encanto de Navarra y de Gipuzkoa’, entre otros títulos.
Viñuales (Zaragoza, 1971) es autor de la primera ‘Ecoguía del Pirineo Aragonés’ y de otros muchos textos, como ‘Rutas para observar aves en Aragón’, ‘365 días en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido’ y ‘El Moncayo’, paraíso de los naturalistas’, así como el libro de recetas ‘Del monte a la mesa’, coescrito con su esposa, Sara Ruiz.
Finalmente, César Barba (Paraná, Argentina, 1959) es uno de los responsables de Ecos Travel Books, junto con el también periodista Sergi Ramis, y es autor de buena parte de las guías de viajes de la editorial (de Islandia a Finlandia, pasando por Escocia, Berlín y las Repúblicas Bálticas), así como colaborador habitual de revistas como ‘Viajes National Geographic’ y ‘Descobrir Catalunya’. Podéis encontrar estas ‘Gastrorutas por los Pirineos’ en librerías especializadas o comprarla a través de internet, en la web de Ecos (https://www.ecostravelbooks.com/producto/gastrorutas-por-los-pirineos/ ) y Amazon (https://www.amazon.es/dp/8412273311 ).
Hace unos días se estrenaba en salas comerciales ‘Queridos camaradas’, la última película de Andréi Konchalovsky, hermano mayor del algo más famoso y premiado director ruso Nikita Mijalkov, que pasó con cierta discreción por Hollywood, donde rodó filmes como ‘El tren del infierno’ y ‘Tango y Cash’. El filme recrea con seca precisión, en un ascético blanco y negro y encuadre académico, la masacre de Novocherkassk (1961). Con el título de «El desencanto hacia el comunismo de Estado», escribí originalmente este artículo en Nosolocine.
Lo hace a través de la mirada de un cuadro del Partido Comunista local (una espléndida Yulia Vysotskaya, esposa del director), militante nostálgica de estalinismo pero que acaba desencantada cuando sus ideales (y la posible muerte de su hija) chocan con la cruda decisión del Gobierno soviético del ‘aperturista’ Nikita Jrushchov: disparar contra los trabajadores de una fábrica en huelga y eliminar todo rastro de esa masacre.
De ‘Queridos camaradas’ ya ha escrito aquí mismo, en Nosolocine, el amigo José López. Y coincido con él en la admiración hacia esta obra mayor de Konchalovsky, un cineasta que a sus 83 años muestra la otra cara del totalitarismo comunista, ese que los idealistas de izquierdas empezaron a ver años después de esa masacre con la Primavera de Praga y que ahora mismo ponen de relieve las insólitas manifestaciones que se están produciendo en Cuba por motivos bastante similares a los de ‘Queridos camaradas’: la escasez económica y la ceguera de las autoridades ante los deseos de libertad y de poder expresar su oposición al régimen, sin miedo a ser detenidos, apaleados o muertos. Y esto, aún reconociendo que el bloqueo de EEUU hacia la isla es el causante de gran parte de sus problemas.
Desde un punto de vista de los ideales de las izquierdas, en que la democracia popular es aquello a lo que se desea llegar, ¿cómo es posible que los militares que han de defendernos de los tiranos y poderosos, sean obligados a disparar contra el propio pueblo? ¿Por qué las nuevas élites comunistas utilizan el vocablo “contrarrevolucionario” para definir a quienes no comulgan con sus ideas?
La película de Konchalovski nos quita una vez más la venda de los ojos y nos descubre que el comunismo sin democracia ni libertad de expresión es otra forma de totalitarismo represivo. Es el desencanto hacia ese comunismo de Estado en que derivó la extinta Unión Soviética, un sistema político y administrativo que poco tiene que ver con los ideales que pretenden conseguir una sociedad más justa e igualitaria. Unas ideas en las creían los grandes pensadores italianos Antonio Gramsci, Palmiro Togliatti y Enrico Berlinguer, y los comunistas que lucharon contra el franquismo y por traer la democracia a España.
«Fina Sensada, una vida dedicada al cine y a la solidaridad» fue el título con el que publiqué inicialmente esta entrevista, el 4 de julio de 2021, en la web de Nosolocine. Con el mismo, anunciaba que el 19 de julio se iba a celebrar la puesta de largo de la fundación dedicada al compañero de Fina, Fernando Fonseca, el médico de los pobres, fallecido en 2014.
Hay personas que dejan huella, y otras que, al lado de estas, hacen posible que esa huella perviva. Ahora os hablaré de una de estas últimas. La primera fue el doctor Fernando Fonseca, cirujano traumatólogo, cooperante y fundador de Médicos del Mundo en Catalunya, que falleció en 2014.
Quien está haciendo lo imposible para que su legado siga vivo es su compañera, Fina Sensada (Barcelona, 1957), a quien conocí hace 35 años, cuando coincidimos en unos cursos de cine y luego, cuando fue la secretaria de rodaje de mi primer y único cortometraje, ‘Quizá no sea demasiado tarde’ (‘Potser no sigui massa tard’, 1988). Su último documental es ‘Ojo a ojo’, sobre refugiados rohinyás en el campo de Kutupalong, en el sur de Bangladesh. Es a ella a quien quiero que conozcáis a través de esta entrevista.
–¿Qué era de tu vida antes del cine? –Vengo de una familia normal, de clase media, de un pueblo del Bages, con dos hermanas mayores y sin ningún contacto con el mundo del cine. Mi padre era constructor y murió en un accidente de coche, cuando yo era pequeña. A mí, desde jovencita me gustaba la fotografía, pero en casa querían que yo hiciera Económicas. Como tenía un primo de mi edad que iba a estudiar Derecho, en la familia se imaginaban un despacho en Manresa, en el que pudiéramos trabajar los dos, una, como economista y el otro, como abogado. Así que me encontré haciendo una carrera sin que me gustara.
–¿De dónde te vino el gusanillo? – Por esa época también hacía de canguro para sacarme un dinerillo. Así conocí a una maquilladora de cine, María Rosa, que iba a trabajar en ‘La plaça del Diamant’, de Paco Betriu, que ha muerto hace poco. Era el verano de 1981. Un día me preguntó si me gustaría estar en el rodaje, y lo dejé todo para estar en la película. Me apunté al equipo de decoración de Francesc Candini y estuve tres meses, entre preparación y rodaje. Entré en un mundo mágico. Me quedé enamorada del trabajo de Rosa Vergés, que era una de las ayudantes de dirección y lo controlaba todo. Y pensé que eso era lo que me gustaba: controlarlo todo, no ser de los que van antes y lo dejan montado, sino estar donde se hacen las cosas. Así empecé. Me quedé tan impactada que decidí que quería dedicarme al cine. Cuando se lo expliqué a la familia, pensaron que estaba loca, que quería vivir del cuento. Me peleé con todos e insistí e insistí, que aquello era lo que me interesaba. Les dije que estudiaría fotografía, porque inicialmente quería ser directora de fotografía, para poder entrar en ese mundo, porque entonces en Catalunya no había nada para estudiar. Y así empecé en el Institut d’Estudis Fotogràfics y me busqué la vida para ir de meritoria. Así estuve en una segunda película, ‘La revolta dels ocells’, de Lluís Josep Comeron, con Jorge Sanz casi un niño y yo le llevaba, casi como si fuera su canguro. Luego fui a parar al ICC e hice ‘Pueblos de Catalunya’, de nuevo con Betriu. Y paralelamente me apuntaba a trabajar en lo que salía, en películas, como meritoria de dirección. También me interesaba hacer formación y me apuntaba a seminarios y a lo que hiciera falta para hacer la parte teórica del cine que entonces no se impartía en ninguna parte. No había ninguna escuela reglada. Sólo algunas academias donde había gente que quería hacer dinero, más que otra cosa.
–Ah, sí, yo recuerdo haber hecho un cursillo de cine en Oviedo y otro en un centro de FP de la Zona Franca de Barcelona. –Ese fue en el taller de cine que dio Rosa Vergés en el Institut de Noves Professions en el que coincidimos. A mí me gustaba mucho el trabajo de Rosa y luché por ser script (continuista, secretaria de rodaje). Inicialmente quería ser directora de fotografía, pero mi novio de entonces, Joan Benet, estaba en el departamento de cámara y para no competir en ese terrero me pasé al equipo de dirección. Para aprender y estar con muchos directores, pensé que lo mejor era ser script, porque estás a su lado, ves cómo planifican, cómo dirigen… Es perfecto.
– Tienes un carrerón. – He estado en muchas películas y coproducciones, al lado de directores como Bigas Luna y Mario Camus, y me he ido a Argentina y a Chile. Y me elegían porque yo me he adaptado a todo el mundo. Me iba sola desde España a cualquiera parte, a donde fuera. Y he estado en películas muy grandes, muy espectaculares, aunque aquí igual no han tenido tanta fama, como ‘Tierra de fuego’, de Miguel Littin, sobre la conquista de la Tierra del Fuego; o ‘Nowhere’, de Luis Sepúlveda, sobre un grupo de presos chilenos enviados a las montañas; o ‘Ave María’, una coproducción mexicana de época, preciosa, de Eduardo Rossoff… Como experiencia vital, están muy bien, pero de todas ellas, de la que estoy más orgullosa es ‘Adosados’, de Mario Camus. Era un señor, un maestro. Lo tenía tan claro que era un placer verle dirigir. Lo tenía todo en la cabeza y lo bien que sabía tratar a su equipo y dirigir a los actores. Es con quien he disfrutado más en una película, haciendo de script. También, quizá, con Bigas Luna, haciendo ‘Las edades de Lulú’, en Madrid, aunque era un señor muy peculiar.
– Para ser script has de ser muy rigurosa, has de tomar notas, hacer polaroids de cada plano… – Sí, pero lo más chulo de ese trabajo es que tú llevas toda la historia en la cabeza, controlas toda la continuidad de la película, y estás tanto en el rodaje como en el montaje. Estás en el medio, entre el director y el productor, para que el material que se ha rodado se pueda montar. Es un trabajo precioso, que tiene una parte creativa increíble ignorada por todos.
– Pero lo dejaste. – No hubiera dejado, pero llegó un momento, a inicios de los 2000, que estaba muy quemada. Había vivido dos inviernos, uno aquí y otro en Argentina, no sabía dónde estaba, estaba harta de hoteles y de aviones. Llegaba la noche y no sabía dónde estaba. Así que dije basta. Llevaba casi 20 años trabajando y toda la década de los años 90 sin parar. Y decidí por mí misma, por mi familia, mis amigos, que ya sabía lo que eran había las grandes películas y las coproducciones y ese cine ya no me interesaba. Para aprender estuvo bien, pero quería hacer otras cosas, volver a Barcelona y trabajar aquí en lo que había, que eran telefilmes.
– Te pasaste a ayudante de dirección. – Es que, a veces, como script, les daba mil vueltas a los equipos de aquí, era como un pepito grillo. Y ser script aquí era también como dar un paso atrás. En cambio, ser ayudante de dirección, me permitía subir de categoría y un mejor sueldo Aunque ser mujer y ayudante de dirección, trabajando como se trabaja aquí, hizo que me quemara mucho. También hice mucha publicidad, que me servía para ganar dinero. Eran cosas de calidad, pero no me gustaban nada de nada. Como una serie de 20 anuncios para Nokia, que rodamos en Barcelona, con técnicos y actores de todas partes.
– Y también lo dejaste. – Creo que estaba rodando la serie ‘Des del balcó’ (2002), con Jesús Garay como director y Tomàs Pladevall como director de fotografía, y tenía tal estrés, tanta angustia, que después de ir un par de veces a urgencias, porque me ahogaba, con crisis de ansiedad, tensión y tensión, decidí hacer un parón. Fue tan duro rodar para el productor Ricard Figueras durante seis meses, con tan pocos medios, que me planteé tomarme un año sabático.
– Un cambio de chip. – Rosa Masip, del área de Internacional de TVE, me dijo: “¿Quieres conocer la realidad de este mundo? Pues ven conmigo. Iremos a hacer entrevistas. Tú llevarás la cámara y yo, los contenidos”. Me fui a hablar con mi amigo Llorenç Soler y le dije que quería comprarme una cámara e ir a rodar por esos mundos. Me recomendó una de las primeras cámaras digitales, una pequeña Sony. “Ponla en automático y no te líes. Déjate llevar”, me dijo. El primer viaje que hicimos con Rosa fue a Marruecos, ella y yo, mano a mano, con la idea de retratar a la joven generación marroquí y de entrevistar al rey, que no fue posible porque se produjo el incidente de la isla de Perejil [julio de 2002].
– ¡Qué casualidad! – Luego fuimos a Gambia, para hacer un trabajo sobre la ablación; a Cisjordania, para seguir los pasos de un palestino; y otras cosas preciosas. En este periodo, como a inicios de 2005, me vinieron a buscar de Metges del Món por si quería acompañarles a hacer un reportaje a Sri Lanka, que acababa de sufrir el tsunami (diciembre de 2004). Y la persona que me entrevistó fue el doctor Fernando Fonseca (Caspe, 1946).
– Tu primer encuentro. – Tomándonos algo en un bar de la plaza del Diamant, en Gràcia. Cuando empecé a hablar con él, vomité toda la frustración que llevaba dentro: que venía del mundo de la ficción, que estaba muy quemada, que yo no era de alfombras rojas, ni de actores, ni de frivolidades, ni de glamur… Mientras, él me iba mirando. Y me dijo: “Tú vas por buen camino. Has ido aprendiendo el lenguaje cinematográfico, la forma de expresarte en imágenes, que hoy en día es más importante que la palabra. Si yo doy una conferencia, aunque haya gente que piense que lo que digo es importante, seguramente estará pensando en otra cosa mientras hablo. Pero si tú haces un audiovisual con profesionalidad, corazón y amor, piensa que nadie en una sala dejará de ver lo que has hecho. Les atraparás. Y eso es importante en el sector donde nosotros nos movemos”. Y añadió: “Piensa que no todo es cine, sino que hay material sensibilizador para universidades, escuelas, conferencias… Y se ha de hacer con la misma rigurosidad que una película, porque las cosas, para que lleguen e impacten han de estar bien hechas. Y tú tienes la experiencia y las herramientas para que ahora puedas hacer cosas pequeñas con el nivel exigido, para hacer cooperación e irte por esos mundos donde, si no tienes las cosas claras, te pierdes. Hay que huir del sensacionalismo. Es muy fácil captar una imágenes, pero hay que ponerles ética. Tú, además, eres la última. No te pondrán las escenas a tiro. Captarás lo que puedas. Es supervivencia a nivel visual. Por eso, si no tienes experiencia, no harás nada”.
– Y te convenció. – Me aceptaron y me fui con ellos a hacer el documental de su trabajo en la zona, donde habían instalado varios hospitales de campaña. Y me quedé tan impactada con aquel señor, que al cabo de tres o cuatro meses ya estábamos viviendo juntos. Hubo un intercambio mutuo, una conexión entre ambos. Me propuso ir con él para filmar expediciones quirúrgicas, él con su bisturí y yo con mi cámara. Y usaríamos ese material para medicina, universidades, sensibilización… Y ha sido impresionante desde entonces: el terremoto de Haití, los refugiados de Darfur… Todo lo que he aprendido a su lado ha sido impactante. Con Fernando yo he aprendido a ser más humana. Fue un gran maestro, una persona increíble.
– ¿Era mayor que tú? – Sí, once años más. Era cirujano y presidente de Metges del Món (Médicos del Mundo Catalunya). En sus orígenes, él había estado también en Médicos sin Fronteras (MSF). Empezó a hacer cooperación con ellos y estuvo en la guerra de Bosnia y en la de Irak. Pero él no terminaba de creer en estas grandes organizaciones, porque hay mucha burocracia y le obligaban a ir a un país u a otro en función de sus programas. Razones políticas. Por esa razón, en el 2000 creó su propia organización, más pequeña, la Associació Humanitària de Solidaritat de Girona, con la que operaba cada año a 100 niños.
– Explícanos quién era Fernando Fonseca. – Fernando nació en el norte de Marruecos. Su padre era un militar portugués, capitán de artillería, y su madre era aragonesa, de Caspe. De pequeño se hizo muy amigo de un niño bereber, un niño amazig. Cuando tenía 2 o 3 años, era un crío muy delicado y cogió una neumonía. Y su padre mandó buscar penicilina a Andorra, con una avioneta, y se salvó porque era hijo de un militar. Un poco más tarde, cuando tenía 6 o 7 años, su íntimo amigo cogió la tuberculosis, que era la enfermedad de los pobres. Y él le fue a pedir ayuda a su padre, pero este le dijo que su amigo no tenía derecho a la penicilina porque era un niño pobre. Según me contaba, ese puñetazo en su corazón infantil le impactó tanto, ver la realidad de aquel mundo, que por ser pobre no tenía derecho a una medicina, que decidió entonces que de mayor sería médico de pobres para redimir a su amigo. Y por eso, toda su vida se ha dedicado a ir por esos mundos, lugares de pobreza o en guerra, para ayudar a los niños a ponerse de pie. Por eso se hizo traumatólogo, especialista en manos y microcirugía, para poder atender a quemados y efectos de minas antipersonas… Y en cuanto pudo, empezó a ir por todo el mundo: a la India de Vicente Ferrer, a la Amazonia de Pere Casaldáliga o al Chad del Padre Michel, donde este capuchino francés tenía un pequeño centro para discapacitados, donde ayudaba a los niños con polio. Y Fernando iba allí, cada año, para operar a 100 niños.
– ¿Qué es lo que más te atrajo de Fernando? – Cuando le conocí, me impactó su filosofía de vida. No tenía casa ni coche. Nunca quiso tener bienes materiales. Decía que si sólo llevas encima una mochila, con un par de camisetas y el cepillo de dientes, podrás salir del avión con la libertad que te da no tener que pararte a esperar la maleta. Y eso lo aplicaba a la vida. Si has de cambiar de país y no tienes nada, no tendrás que preocuparte por el apartamento que dejas. Si vas ligero de equipaje, no te preocupa esa presión.
– ¿Dónde había estudiado Medicina? – Aquí, en la Central (Facultad de Medicina de la Universitat de Barcelona), pero luego se estableció en Girona, donde tenía un despacho privado, además del Hospital de Girona, donde le gustaba más trabajar, porque era un sitio más pequeño, con condiciones más precarias, donde podía aprender y era un ambiente más de pueblo y menos agresivo que Barcelona. A Fernando le gustaba mucho el cine. Siempre decía que cuando vio ‘Barbarroja’ de Akira Kurosawa, supo que él quería ser como el médico de la película. El cine le acompañaba siempre y por eso le interesaba mucho la imagen y cómo esta podía reflejar lo que él hacía. Por eso nos complementábamos tan bien. Él con el bisturí y yo con mi cámara.
– ¿Cómo falleció? – En 2010 tenía muchos dolores de cabeza. Le hicieron un TAC y le vieron un tumor. Se lo estirparon, pero al ver que era maligno, le hicieron tratamiento (radioterapia). Murió el 19 de julio de 2014.
– Cuatro años duros… – Sí, los más duros de mi vida. Y lo dejé todo para estar con él, para estar a su lado, cuidándole, haciendo de enfermera y de secretaria para que pudiera seguir viajando por el mundo. Hasta el día que se fue, con una gran dignidad. Me dio una lección enorme durante todo ese proceso. Él me iba informando de lo que le pasaba en cada momento, desde la enfermedad hasta la muerte. Y sin dejar de trabajar. Fuimos a Chad con su silla de ruedas, y al rodaje y presentación en Venecia de la película ‘La redempció dels peixos’ (2013), de Jordi Torrent, que produjimos nosotros porque Fernando consideró que allí había una historia interesante y que rodamos en la misma Venecia con la ayuda de Flavia, la esposa de Jordi, que es italiana. El último viaje fue a República Dominicana, donde me surgió un trabajo de docencia, y donde quiso venir también pese a su estado.
– ¿Qué pasó luego? – Yo llevaba varios años descolgada de todo y de todos. Pero intenté seguir con un plan suyo de enviar material quirúrgico a Gaza, pero hubo unas historias muy raras y lo dejé. La parte idealista y romántica que yo había vivido con él no era igual en todas partes y organizaciones. Empecé a revisar todos los documentales que habíamos grabado con nuestra productora y que han pasado por varios festivales. Y empecé a pensar en hacer un documental sobre su deseo, que no pudo cumplir, de visitar a los niños a quienes había operado y que más le habían impactado. Teníamos el guion y todo. Sus niños ‘adoptados’ eran cinco: una niña de Bagdad, Mawj, que había perdido el brazo durante la guerra; Chanceline, una nena del Chad de 3 años, que se arrastraba porque no tenía tibias hubo que amputarle las piernas; Jose, un niño dominicano aquejado de graves deformaciones y a quien Fernando operó y logró poner derecho; un pescador cubano a quien un tiburón se le llevó una mano, y Bakité, un niño de 7 años de Darfour a quien una mina le arrancó las dos manos y un ojo. Fernando me había explicado el ruta que quería seguir para visitar a cada niño, y deseaba acabarla en Uzbekistán, la patria de Avicena, el gran sabio de la Medicina, e Iran donde esta su tumba.
– ¿Lo has podido rodar? – Aún no. Pero como todo esto Fernando me lo dejó por escrito, tengo que hacerlo. Es su legado. Al inicio no sabía cómo, entre el duelo y las dificultades que me planteaba llevar a cabo el documental. Al final pensé que, además de esas historias, tenía que construir la parte central, la historia de Fernando niño y de su amigo Alí. Además de intentar levantar este proyecto, con la ayuda de Jordi y Flavia, paralelamente, pensé que se tiene que conservar su obra médica. Y para poder seguir con su labor, allí donde aún se necesitan médicos. Y fue Toni, de los cines Girona, y Jaume, su gestor, quienes me sugirieron crear una fundación. Y que la base inicial de la misma fueran las más de 600 horas de documentales que habíamos rodado. Algo en lo que también me ayudó Mariona, de la Filmoteca, a la hora de valorar todo ese material.
– Recuerdo que hubo un acto de presentación… – En efecto. Fue el 27 de febrero de 2020, un acto precioso al que acudieron muchos amigos de Fernando, gente muy conocida de su ámbito. La lástima es que 15 días más tarde estábamos encerrados con el estado de alarma a causa de la pandemia. Durante todo este año he estado dándole forma a la fundación, y lo más importante, encontrar al equipo médico quirúrgico para seguir la obra de Fernando. Quedó oficialmente constituida el día de Sant Jordi de este 2021: medicina, cine, sensibilización, formación y cooperación. Los cinco pétalos de una rosa mosqueta.
Entre las personas que respaldan la Fundación Fernando Fonseca se encuentran el bailarín y coreógrafo Nacho Duato; el doctor Marc Garcia-Elias, cirujano-traumatòlogo especialista en manos; la doctora Anna Ey, cirujana-traumatóloga especialista en pies zambos; la periodista Ruth Gómez, consultora en temas de cooperación de las Naciones Unidas; el traumatólogo francés Dorio Djimamnodji; Joan Antoni Melé, miembro del Consejo Asesor de Triodos Bank y promotor de la banca ética; la coreógrafa y bailarina Catherine Allard de It Dansa; el periodista Joan Roura, de TV-3; Diego Chacaltana, un amigo íntimo de Fernando, y Assumpcio Fàbregas, otra amiga.
Y este 19 de julio, séptimo aniversario de la muerte de Fernando Fonseca, Fina Sensada y sus amigos volverán a recordarle con la puesta de largo de la fundación, en presencia de los patronos y dando a conocer sus proyectos de futuro. Eso sí, con la ética y la excelencia en el trabajo como polos de actuación.
Llega Sant Jordi, 23 de abril, día del libro, y las calles (especialmente de Barcelona) se llenan de gentes en busca de un libro y una rosa. Es entonces cuando los autores más populares se aprestan a firmar ejemplares para lectores devotos. No es la poesía el género más vendido, ni los poetas, los escritores más famosos. Y si me apuran, los poetas que escriben en castellano, aún son menos conocidos que sus colegas que lo hacen en lengua catalana.
Pero me gustaría que conocieran al soriano Silvano Andrés de la Morena (Cuevas de Ayllón, 1953) básicamente por dos razones: una, por cumplirse 20 años de su primer libro de poemas, ‘Aquietando luz‘ (2001), y otra, porque acaba de publicar ‘El universo en octosílabos‘ (2021), su décimo poemario, en el que ha sido capaz de explicar en verso la historia del universo, una hazaña única. También aprovechó el confinamiento para escribir su novena obra, ‘Poeta en la covid‘ (2020).
Andrés de la Morena tiene, además, algunos trazos biográficos muy interesantes. Joven estudiante antifranquista en Soria, se licenció en Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona, ciudad donde conocería a la que es su esposa, donde nacieron sus dos hijos y donde aún reside, ya jubilado. Fue profesor de los institutos Terra Roja de Santa Coloma de Gramenet y Ernest Lluch de Barcelona, ha escrito numerosos trabajos teóricos sobre docencia. Durante más de una década escribió dos veces a la semana la columna ‘Caleidoscopio‘ del periódico Heraldo de Soria.
Le he querido sorprender con una pregunta de ignorante, pero Andrés de la Morena saca a relucir la paciencia didáctica de quien ha pasado 40 años dando clase a adolescentes. Ah… y podéis oír la entrevista, justo aquí debajo.
– Silvano, ¿qué es un octosílabo? – La explicación es muy fácil. Es un verso que tiene ocho sílabas. ¿Por qué ocho? Cada lengua tiene un sistema fónico peculiar. En castellano, el octosílabo es el periodo fónico completo que uno pronuncia sin necesidad de pararse a respirar. Cada ocho sílabas, aproximadamente (no siempre es así, pero generalmente sí), hacemos una pequeña pausa inconsciente para tomar aire y seguir hablando. De ahí que el octosílabo es el verso que sale espontáneamente, el de toda la poesía tradicional popular, la de la calle, la del cantar y recitar, y del romancero.
– Y en muchas canciones actuales, claro. Pero ¿cómo se le ocurrió explicar el universo en octosílabos? – Es un tema que viene de lejos. En lo que llamo exordio del libro, que es una especie de prólogo personal, está explicado. Yo nací en un pueblo de Soria donde había una tradición cancioneril muy fuerte y diversa, donde se han encontrado manuscritos de recogida de canción tradicional de hace tiempo. Afortunadamente, mi padre, de joven, escribió un cuaderno completo con toda la tradición cancioneril, especialmente de rondas nocturnas del pueblo. De ahí que yo, desde pequeño, siempre he oído canción romance, en octosílabos. Y después, por mi propia formación universitaria y literaria, el romance es uno de los grandes capítulos de la literatura española.
– Perdone el inciso. Su primer libro, ‘Aquietando luz‘, se publicó justo ahora hace 20 años, cuando usted tenía 46 o 47 años. ¿Cómo llegó tan tarde a la poesía? – Fue el primer libro publicado, pero no el primer poema que escribí, naturalmente. Yo ya había escrito antes muchas cosas, algunas aún están pululando por ahí. A veces las quiero buscar y prefiero no encontrarlas, porque no sé con qué sorpresa me encontraré. La escritura me venía ya de antes. Si me permites la ironía, Cervantes escribió ‘El Quijote’ tardísimo, en su etapa de madurez absoluta. En cuanto a la edad, a la cronología vital y personal se refiere, yo estoy entre lo tardío de la escritura del Quijote y lo temprano de Rimbaud, que escribió toda su obra a los 20 años, uno de los grandes poetas del siglo XIX y de la modernidad, sin duda.
– Volviendo a su último libro… – La segunda razón del porqué ese extenso poema es porque el año pasado, en 2020, escribí un romance sobre un hecho peculiar de mi pueblo, una cuestión muy interesante, que se convierte también en una obra. Después de publicarlo en la misma editorial que este, Huerga & Fierro, un día se me ocurre que, si ya había escrito sobre lo micro, que era mi pueblo, por qué no me lanzaba a escribir sobre lo macro, que es el universo.
– No hay muchas obras poéticas sobre este tema… – Yo diría que no hay ninguna, descriptiva, sobre el universo. Esta obra empieza con el Big Bang, analiza lo que pasa en los primeros minutos, en los 380.000 primeros años, en la formación de estrellas, galaxias y cúmulos de galaxias, en la aparición de la vida y la vida humana… En este sentido y escrito en verso narrativo, diría que no hay otra obra igual. Poemas sobre el universo, estrictamente líricos, sí. No muchos, pero sí hay dedicadas a las estrellas, al sol, a la luna… que siempre ha atraído al espíritu romántico, la atracción de lo misterioso, de la inmensidad.
– Usted ha acudido a varios especialistas para que comprobaran si lo que usted había escrito correspondía a la realidad científica. – Uno de mis miedos era si acertar o no acertar, a pesar de que esto fuera poesía, con lo que los conocimientos actuales o las hipótesis más plausibles nos dicen que las cosas son. En este sentido, después de escribirlo, envié el manuscrito a varios especialistas de diferentes ciencias, desde Física y Astrofísica, Química o Biología.
– De hecho, su prologuista es Pablo G. Pérez-González, investigador del Centro de Astrobiología, dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (CAB/CSIC-INTA). – En efecto.
– Y en el prólogo escribe: “Tanto el poeta como el astrofísico dan un paso atrás para ver con perspectiva la realidad y los dos puntos de vista se juntan en esta obra de Silvano Andrés de la Morena. Los nexos entre la poesía y la cosmología física se exploran en un poema que habla de las eternas preguntas sobre nuestros orígenes y sobre nuestro destino, con el rigor científico exigido y con la belleza de la palabra”. – Nunca podré estar más agradecido de lo que estoy por las palabras que me ha dedicado el prologuista, que sin duda es un gran especialista en su campo. Es un hombre al que conozco por su obra y, en especial, por la subsección de ciencia que publica en el diario ‘El País’. Me puse en contacto con él, le envié mi libro, le gustó y tuvo la amabilidad de hacerme este prólogo, que eleva muchísimo mi obra.
– ¿Hay algún fragmento o pliego, como ha dividido usted su libro, que quisiera destacar? – No sabría decir. Es complicado para un autor elegir una parte de un libro, pero podría resultar interesante algunos de los fragmentos del penúltimo pliego, el cuarto, donde hablo de la vida humana. En un momento determinado, surge la chispa, que es el lenguaje verbal. Y a partir de este, que es inseparable de la autoconciencia humana, todo cambia absolutamente, porque el lenguaje nos permite encontrarnos con la realidad y con los otros, distinguir el ayer del hoy y el hoy del mañana, y sobre todo no sólo comunicarnos, sino construir el arte, el conocimiento, la ciencia. Creo que algunos párrafos de ese pliego a mucha gente le resultarán especialmente atractivos.
– “Es el lenguaje verbal / que nos ha hecho, de verdad, / muy humanos por hablar, / por hablar y vocear, / (pum, bip, grrr, ploff, crac) / también por saber callar”, leo en ese apartado de su libro. – Exactamente.
– Una curiosidad. ¿De dónde procede su nombre? – Etimológicamente, la palabra Silvano viene del latín: Silvanus es el dios de la selva, nombre que proviene del latín, pero procedente del indoeuropeo y del griego, ‘hile’, que significa bosque, arbusto, selva… En cuanto a mi nombre, me lo pusieron en honor a mi padrino, que era mi tío Silvano. Pero además, curiosamente, si miras el calendario, el 18 de febrero, que es mi cumpleaños, pone San Silvano. Una doble coincidencia total.
– ¿Qué le llevó a estudiar Filología? – En Bachillerato, yo era un chico de Ciencias, pero tuve una excelente profesora de Literatura y un excelente profesor de Filosofía, que me llevaron a hacer el cambio a Letras. Y después de hacer tres años de universidad en Soria, hubo un encuentro que me llevó a acabar la carrera en Barcelona.
– Explique, explique. – Pues porque un magnifico comunicador, escritor y profesor catalán, que sin duda conocerás, llamado Sebastià Serrano, trabamos una gran amistad en Soria. Y como al acabar tercero tenía que salir de Soria, entre ir a Madrid o venir a Barcelona, que geográficamente estaba más lejos, opté por esta última, porque Serrano iba a ser mi profesor.
– ¿No tuvo problemas con el catalán? – En Catalunya me encontré con una realidad diferente a la de Soria, básicamente la lengua, pero, aprendí catalán en seguida y ya está. Sin duda, el saber latín y el griego, que me apasionaba, facilitaron el aprendizaje. Además, conocí a una compañera en la universidad, que sigue siendo mi mujer, que hizo que acabara quedándome en Barcelona. Y hasta ahora.
Roberto Álamo, protagonista de la serie ‘Caronte’.
Seguro que el lector recuerda el físico potente del actor Roberto Álamo (Madrid, 1970), a quien estos días podemos ver en ‘Caronte’ (Cuatro), metido en la piel del abogado penalista Samuel Caronte, un expolicía que se pasó varios años en prisión. Hace ya un mes que la cadena de Mediaset empezó a emitir esta serie, que prolonga así su estancia primigenia en Amazon Prime Video, donde se estrenó hace ya un año. Este artículo lo publiqué originalmente en Nosolocine.
La serie ‘Caronte’ no sería lo que es sin la mirada y el gesto de este actor de cráneo rasurado y barba corta que logró la popularidad gracias a su personaje de Juan de Calatrava en la serie ‘Águila Roja’ (2009). Pero Álamo ya tenía una amplia carrera detrás, primero teatral con la compañía Animalario, la de sus amigos Alberto San Juan y Guillermo Toledo, donde triunfó con la premiada obra teatral ‘Urtain’.
El cine le descubrió gracias a David Serrano, que le incorporó a su comedia ‘Días de fútbol’ (2003), junto a San Juan y Fernando Tejero. Y luego intervino en ‘Gordos’ (2009), ‘Una hora más en Canarias’ (2010) y ‘La piel que habito’ (2011), donde Pedro Almodóvar le dio un pequeño, pero jugoso papel. Así, más tarde logró su primer Goya como actor de reparto en ‘La gran familia española’ (2013) y el segundo Goya como protagonista por ‘Que Dios nos perdone’ (2016), donde encarnaba a otro policía, junto a su amigo Antonio de la Torre. Los borda.
Belén López es Julia, la exmujer de Caronte, y Álex Villazán es Guille, el hijo de ambos.
Pero volvamos a ‘Caronte’, cuyo título evoca el mito griego del barquero de Hades, una producción de Big Bang Media, que mezcla intriga policial y casos judiciales. Inicialmente, su protagonista es un policía pasado de vueltas, toxicómano y con problemas familiares (divorciado y con un hijo, pequeño), que acaba penando ocho años en la cárcel por una muerte que no ha cometido. Un personaje que quizá anticipa el agente lleno de dudas que Álamo interpreta en la posterior ‘Antidisturbios’.
Pero ocho años son suficientes para que Caronte se haya reformado, haya dejado las drogas, estudiado Derecho, lograr demostrar su inocencia y lograr sacarse el título de abogado. Y siempre en esa cuerda floja que va de la responsabilidad a que le obliga su nuevo trabajo, intentando siempre frenar su carácter para contener su antigua violencia.
Tras salir de prisión, Caronte ha rehecho su vida, vive en Gijón y tiene nueva pareja, interpretada por la estupenda actriz gallega Marta Larralde (Vigo, 1981, ‘León y Olvido’ y ‘Gran Hotel’). Pero vuelve a Madrid para intentar ayudar a una antigua amiga cuyo hijo está acusado de haber matado a un hincha de un equipo rival, un joven que es íntimo del propio hijo del protagonista, Guille (Álex Villazán), un chaval de 17 años que después de tanto tiempo no quiere saber nada de su padre, alentado por Julia, su madre y exmujer de Caronte (Belén López). Paula (Itziar Atienza), la hermana de Caronte, tampoco tiene muy buena opinión del expolicía, entre otras cosas porque ha de cuidar de la madre de ambos (Julieta Serrano), que padece Alzheimer.
Itziar Atienza es Paula Caronte, y Miriam Giovanelli, la joven abogada Marta Pelayo,
En cada capítulo, Caronte se ve involucrado y va solucionando diferentes casos, no siempre de forma exitosa, junto a Marta Pelayo (Miriam Giovanelli), muy conocida gracias a la serie ‘Física o Química’), una joven letrada de buena familia que logra convencerle de formar equipo, ya que ella posee lo que el valiente expolicía no tiene: educación y contactos. Aurelio (Raúl Tejón), un inspector y antiguo compañero del expolicía, le echará una mano siempre que pueda.
La trama principal recorre los 13 capítulos de esta primera y por ahora única temporada: el protagonista busca pruebas contra quien cree culpable de su desgracia, el comisario Paniagua, inquietante personaje a quien da vida con aterradora ambigüedad el veterano Carlos Hipólito (Madrid, 1956). Como acostumbra a pasar últimamente, los mafiosos rusos y criminales procedentes de Europa del este son aquí los matones de turno.
Carlos Hipólito es el comisario Paniagua, el enemigo del protagonista.
En cada episodio se desarrolla un caso judicial, que Caronte y Marta suelen solucionar satisfactoriamente, aunque el éxito no sea siempre el deseado, como en el tercer capítulo, el de un antiguo compañero de celda del protagonista. Lo cierto es que la serie es entretenida. No en vano ha sido creada por Verónica Fernández, escritora y curtida guionista, cuyo nombre está detrás de series como ‘El Comisario’, ‘El Príncipe’ y ‘Velvet Colección’, entre otras muchas, así como de la reciente ‘Hache’ para Netflix. Y con ella, en el desarrollo de guión han colaborado guionistas como Natxo López (‘Hispania’, ‘Allí abajo’) y Antonio Hernández Centeno (‘Hermanos’, ‘Vivir sin permiso’), con quienes Fernández había trabajado en ‘Ciega a citas’.
Entre los realizadores de la producción se encuentran Joaquín Llamas (‘Antivicio’, ‘Tierra de lobos’), Sandra Gallego (‘Vis a vis’, ‘Los hombres de Paco’, ‘Cuenta atrás’), Alberto Ruiz Rojo (‘Apaches’, ‘La templanza’) y el catalán Jesús Font, bien conocido por series como ‘El comisario’, ‘Gran Nord’, ‘La sagrada família’, ‘Gavilanes’ y ‘R.I.S. Científica’.
En principio, el episodio número seis está previsto que se emita en abierto el lunes 19, en Cuatro. En este capítulo, Paula Caronte recibe una brutal paliza a manos de su marido, Rodrigo, que se da a la fuga. Caronte la acoge a ella y a su sobrina Irene en casa y les ayuda durante el proceso, frente a un juez muy poco sensible. Si el lector no desea esperar y tiene en casa la plataforma Prime Video de Amazon puede verla al completo, y sin cortes publicitarios, claro.
El pasado 17 de noviembre, Filmin estrenó la serie británica ‘The Split’. Con el olfato que acostumbra y los datos de visionado de los usuarios, la plataforma española acaba de estrenar este mes de febrero la segunda temporada de esta producción, creada por Aby Morgan.
Esta escritora galesa de 52 años es la autora de una docena larga de obras de teatro y guionista de películas como ‘La Dama de Hierro’ (2011), ‘Shame’ (‘Vergüenza’, 2011), ‘La mujer invisible’ (2013) y ‘Las sufragistas’ (2015). Paralelamente, y desde el año 2000, también ha escrito para la televisión el libreto de filmes y series, entre estas la premiada ‘The Hour’ (2011), ‘Birdsong’ (2012) y ‘River’ (2015).
En 2018 creó para la BBC ‘The Split’ (podría traducirse como división o partición), un drama protagonizado por una familia de abogadas especializadas en casos de divorcio que la crítica inglesa quiso comparar con ‘The Good Wife’ y ‘The Good Fight’. Sin superar a estas dos excelentes ficciones estadounidenses, ‘The Split’ está a la altura, ofrece un buen entretenimiento a base de casos judiciales y tramas sentimentales de sus personajes, especialmente los femeninos, muy atractivos y bien dibujados.
La línea argumental sigue los pasos de Hannah Stern, una abogada especializada en Derecho de Familia, esa rama del Derecho Civil que incluye los contratos prenupciales, los casos de divorcio y la tutela de los hijos, entre otros temas que aparecen en los diferentes capítulos de la serie. El primer episodio muestra a Hannah en el nuevo bufete de abogados al que se ha incorporado, Noble & Hale, después de abandonar el despacho Defoe, liderado por su madre, Ruth, y su hermana Nina. A este trío de mujeres se suma la hermana menor, Rose, la única que no es abogada, que trabaja donde puede.
A lo largo de los seis episodios de la primera temporada los casos que trata Hannah y sus colegas se centran en un cómico que pelea con su ex-mujer por la custodia de su hijo; un hombre que quiere dejar a su esposa después de 20 años de matrimonio; el contrato prenupcial de un jugador de fútbol; la disputa sobre unos óvulos congelados, y la publicación de una lista de hombres apuntados a una web de ligues y que afecta al esposo de una ministra del Gobierno. En la segunda temporada destaca, especialmente, el caso de una pareja de presentadores famosos, en el que ella desea el divorcio del hombre, un tipo deleznable.
En paralelo, la serie teje la red de historias personales de los personajes. Así, Hannah (Nicola Walker) se debate entre el amor a su marido, Nathan Stern (Stephen Mangan), con quien tiene dos hijas y un hijo, y Christie Carmichael (Barry Atsma), un colega del nuevo bufete a quien le une una antigua relación amorosa.
Sus hermanas también tienen sus problemas: Nina (Annabel Scholey) liga con diferentes hombres, mientras se debate entre la bebida y la cleptomanía, y la menor, Rose (Fiona Button), no encuentra su camino, salvo en su novio, James Cutler, un economista muy formal y religioso, llamado Rudi Dharmalingam, con el que planea casarse, aunque no lo tenga del todo claro.
Ruth Defoe (Deborah Findlay) es la madre y matriarca del clan, además de jefa del bufete, que las ha educado en solitario tras un tormentoso divorcio. Su ex marido y padre de las chicas (Anthony Head) reaparece tras años de misteriosa ausencia y desvela varios misterios. en la primera temporada.
Los protagonistas son sólidos actores de la escena y la televisión inglesa, aunque sus trabajos no han llegado a ser aún populares en España. Así, Nicola Walker (1970) es una veterana intérprete de belleza extraña y penetrantes ojos verdes, que ha intervenido en numerosas películas y series. Entre estas destaca la producción de espionaje ‘Spooks’, ‘Last tango in Halifax’ y ‘Unforgotten’. Mucho menos conocido es su esposo en la ficción, Stephen Mangan (1972), intérprete de la serie de hospitales ‘Green Wing’ y la comedia de situación ‘I’m Alan Partridge’. Su oponente sentimental en ‘The Split’ es Barry Atsma (1972), un atractivo actor holandés, muy popular en los Países Bajos por la telecomedia ‘Rozengeur & Wodka Lime’, que saltó al cine internacional con la película británica ‘Hector y el secreto de la felicidad’ (2014) y de esta, a la serie de la que estamos escribiendo.
Lo cierto es que el conjunto funciona, especialmente los personajes femeninos, muy bien trazados por Aby Morgan y dirigidos con pericia por Jessica Hobbs, una premiada directora neozelandesa que ya había intervenido en la realización de las muy interesantes ‘Broadchurch’ y ‘River’ (ambas, en 2015), y muy especialmente en ‘Apple Tree Yard’ (2017), con Emily Watson y Ben Chaplin. Su buen trabajo al frente de la primera temporada de ‘The Split’ (2018) le valió para ser escogida para dirigir cinco episodios de la última entrega de ‘The Crown’ (2019-2020).
La segunda temporada de ‘The Split’ está dirigida por Joss Agnew y Paula van der Oest, que han filmado tres episodios cada uno. Y aunque se mantiene la mirada femenina de la primera etapa, quizá resulta algo más irregular y descompensada, donde la ambigüedad amorosa y sentimental da paso a opciones y decisiones más tradicionales y menos divertidas. Aún así, no se preocupe el fan, porque habrá tercera temporada de la serie.
Esta entrada intenta resumir una pelea que estamos teniendo con Vodafone, a la que he dejado por otra compañía de telefonía y que seguramente acabará en los tribunales. Empiezo por lo que escribí el día 10 de febrero, en las redes sociales Twitter y Facebook. No penséis que fue un arrebato, sino una decisión meditada después de dos meses de negociación infructuosa. Di muchas vueltas al texto, que os reproduzco ahora.
Sabéis, Vodafone me quiere cobrar 360 € por haberme ido a la competencia, después de incumplir su contrato conmigo: me prometió una tarifa que tenía que durar dos años, me subió la cuota mensual de forma unilateral y ahora me endosa una cláusula de penalización. Abro hilo
El 12 de noviembre de 2019 acepté seguir con @vodafone_es por 37,99€ al mes durante 24 meses (esta oferta se puede oír perfectamente en la grabación del contrato con Vodafone, efectuado ese día y que os dejo aquí abajo). El 4 de diciembre de 2020 me di cuenta de que la compañía me había cobrado de más los meses de octubre y noviembre: 43,74€ y 45,48€
Grabación del contrato con Vodafone
Llamé a Atención al Cliente de Vodafone. No, no era ningún error. ¡Me habían subido la tarifa! El empleado: «Lo anunciamos en la factura del mes de octubre», me dijeron. «Pero esta subida no debería afectarme» protesté yo. Y añadí: «Ustedes dicen en esa nota que respetarán mis descuentos y promociones». Echad una ojeada a la nota en cuestión.
«No señor cliente. Le hemos mejorado el servicio y podemos aplicarle la subida». La supuesta mejora hablaba de fibra óptica y una mayor cantidad de megas y velocidad de internet . A lo que yo repliqué: «¿Cómo dice? Si aún tengo un adsl en casa y no me han instalado fibra óptica. Y yo no necesito más megas ni 5G. Quiero la tarifa contratada y seguir con ella hasta diciembre, que es mi compromiso. Si no, dejaré Vodafone», añadí, ufano. Como podéis ver, pagaba esto de aquí debajo.
Ah… también os muestro cómo era mi rúter, un aparato de cuando Vodafone aún era Ono, como se puede apreciar en la etiqueta. Un modem con toma de cable coaxial, como el de las antenas de televisión. Nada de fibra por ningún lado.
Dos semanas más tarde, me fui. El 18 de diciembre, mi admirado Antón Losada, también andaba cabreado con la compañía telefónica: «A partir de ahora voy a hacer como Vodafone, voy a suspender el pago de la factura cada vez que a mí me parezca que no es correcta. Y sin avisar. Voy a aplicar su política: ¡Que se jodan!». Hombre, me hubiera gustado que me hiciera un comentario, pero supongo que a él le solucionaron el problema. Está en activo y es más mediático que yo.
Ese mismo día 18-D recibí un SMS de Vodafone: «Hemos recibido tu solicitud de portabilidad. Tienes un compromiso de penalización asociada. Llámanos». Les llamé y expliqué Tomaron nota y no me hicieron caso. Pero al cabo de unas horas, cuando ya era inevitable, otro comercial me llamó y volvió a ofrecer mi propia tarifa anterior si no dejaba la compañía. ¡MI PROPIA TARIFA! Por la que llevaba peleando desde hacía ¡tres semanas! ¡Y me la ofrecían cuando el técnico de la competencia ya me había instalado la fibra óptica! Dije que no podía, claro. Y volvieron a citar la penalización.
Para evitar un cobro indeseable e indeseado, hice una petición de arbitrio a través de la OCU, la Organización de Consumidores y Usuarios. Pero la respuesta de Vodafone fue lógica, en cierta manera, pero falta de sentido común: «Tras el seguimiento diario realizado sobre su reclamación 107391823 debemos informar que, en noviembre Vodafone emite aumento de manera masiva sobre los clientes mismos informado en factura, debe tener presente que la factura es un medio informativo, pues mes a mes se emite y se es enviada a cliente para que pueda validar el detalle de lo cobrado así como cambios masivos, en la factura YI20-020788896 emitida el 08 de octubre 2020 se le llego a indicar que puedes darte de baja en tu tarifa contratada sin penalización con carácter previo a la entrada en vigor de las condiciones comunicadas en los canales habituales. Es decir antes del 15 de noviembre 2020, En este caso no existe posibilidad alguna de llevar su solicitud a cabo, ya que se excede al plazo informado.Lamentamos los inconvenientes ocasionados
Vamos, que podía haberme dado de baja y sin ninguna penalización, pero antes del 15 de noviembre. La verdad es que yo pensé que no me afectaba, me di cuenta mucho más tarde y, qué narices, no sólo me imponían una tarifa por el morro sino que también lo hacían con la fecha en que podía protestar e irme. ¡Pues qué bien!
Como os podéis pensar, no iba a ser tan tonto como para que me cobraran una factura con la que no estaba de acuerdo. Pagué la que había hasta el mes de diciembre y paralicé las nuevas a partir de entonces.
El 26 de enero recibí un SMS de Vodafone en el que me avisaba de que tenía una factura pendiente de 360,83€. Los SMS se repitieron dos veces. También empezamos a recibir llamadas intimidantes del número de teléfono 640012036, a través de una mujer que se identificaba como empleada de Konecta Legal. Al parecer se trata de una empresa de gestión de impagados del mismo grupo telefónico. Cuando anunciaba que iba a grabar la conversación, la señora (y un señor, en otra ocasión) se negaba a continuar hablando. «Ya recibirá la notificación por otra vía», me anunció, enfadada.
En paralelo a todo esto, y a sugerencia de unos compañeros periodistas, intenté hablar con alguien del departamento de Prensa de Vodafone que me quisiera escuchar. La mediación se produjo, pero resultó infructuosa, en parte porque yo ya había iniciado mi reclamación a través de la OCU. Parece que esta organización no les gusta. «En este caso no existe posibilidad alguna de llevar su solicitud a cabo, ya que se excede al plazo informado», insistió su departamento financiero, ateniéndose a la fecha del 15 de noviembre.
Era el 8 de febrero y en ese momento lo vi muy claro. Vodafone pasaba de nosotros. Tenía que defender mi posición en un tribunal de arbitraje y airear el caso de forma pública. El hilo de Twitter es una muestra. Hice la reclamación a través de la Agència Catalana del Consum y pensé que sería deseable que el Ministerio de Consumo, que dirige el líder de Izquierda Unida Alberto Garzón, metiera mano a este tipo de abusos. Lo que tengo muy claro es que no pienso pagar esa penalización indecente.
La respuesta de los tuiteros fue abrumadora (y aún sigue coleando, varios días después), con casi un cuarto de millón de impactos y más de 50.000 interacciones, a 14 de febrero, el domingo electoral.
Naturalmente, el departamento de Vodafone en redes quiso que nos comunicáramos. Pero quienes tengáis confianza en el servicio tuitero de la compañía no esperéis varitas mágicas. Son muy amables, pero poco pueden hacer frente a sus contables. Al cabo de unas horas, su respuesta repetía las anteriores. «Se mejoró la velocidad de tu fibra. Esto supuso una diferencia de 7,5€ en el total de tu factura (…) Por supuesto que los descuentos ofertados durante 24 meses se respetaban en todo momento y se siguieron aplicando (sic) Esta mejora de los servicios se ha llevado a cabo respetando lo indicado en el punto 8.2 de las Condiciones Generales de contratación”.
Se olvidaron de citar un parrafito de ese punto 8.2: «Si el cliente no estuviera de acuerdo con la modificación pretendida, podrá resolver unilateralmente el contrato sin que dicha resolución lleve aparejada penalización alguna». Y no se indica que haya de haber una fecha límite.
La respuesta seguía sí: «En cuanto a lo que nos indicas sobre la última factura, comprobamos que tras gestionar la baja de los servicios se ha cargado el importe correspondiente al compromiso vinculado a los descuentos que estabas disfrutando. Por lo que el importe es correcto». ¿Importe correcto? 360€ de los que 318€ corresponden a una penalización. Y en Vodafone aún se asombran que las compañías telefónicas generen tal mal rollo y tantas quejas. Sólo hay que ver la cantidad de comentarios que ha generado mi caso para ver que hay cientos, o miles, de similares características.
El penúltimo capítulo, por ahora, es una llamada de la OCU. Una abogada de su departamento legal se interesó por el caso. Por ello, he decidido confiar en ellos para que me defiendan ante Vodafone. Veremos cómo va. Os seguiré informando.
Entre las diferentes series y películas que ha estrenado estos días la plataforma Netflix, me lo estoy pasando en grande con la titulada ‘Lupin’. Hay varias razones: remite a un detective literario clásico, tiene al simpático actor negro Omar Sy como protagonista y es muy entretenida.
La trama se centra en las aventuras de Assane Diop, un tipo tan hábil a la hora de disfrazarse o camuflarse, que es capaz de planear y ejecutar el robo de un valioso collar del interior del Museo del Louvre sin que le pillen. Algunas escenas retrospectivas muestran la niñez del personaje y la razón que le ha llevado a convertirse en un ladrón de guante blanco, al mismo tiempo que vemos otras escenas domésticas con su hijo y la madre del niño, de la que parece estar separado.
A lo largo de los primeros cinco episodios en que Netflix ha querido dividir la primera temporada, que consta de 10, el espectador comprueba de forma explícita de dónde le viene la inspiración al protagonista, algo de lo que un inspector de la policía pronto empieza a sospechar: Arsène Lupin, el personaje creado por el novelista francés Maurice Leblanc (1864-1941), un escritor coetáneo de Arthur Conan Doyle (1859-1930), autor de las aventuras del famoso detective de ficción Sherlock Holmes.
Y si la primera novela de este último fue ‘Estudio en escarlata’ (1887), el debut del francés se produjo 20 años más tarde con ‘Arséne Lupin, caballero ladrón’ (1907), si bien el personaje ya había aparecido en una serie de relatos publicados en 1905. De hecho, Leblanc era un reconocido escritor de cuentos cortos desde 1890. La saga completa de novelas del Lupin de Leblanc consta de 20 volúmenes, más varias secuelas autorizadas escritas por Pierre Boileau y Thomas Narcejac.
Como el Lupin literario, una especie de Robin Hood que había estudiado Derecho y Medicina, experto en lenguas clásicas e ilusionismo, en boxeo y esgrima, el protagonista de la serie ha sido creado con elementos similares por el guionista George Kay, co-creador de ‘Criminal’, otra serie de Netflix, y previamente, de un par de episodios de la sensacional ‘Killing Eve’.
Así, Assane Diop es un hombre cultivado y experto en arte, que se mete en la piel de un adinerado coleccionista pero que también puede aparentar ser un trabajador de la limpieza e incluso un chorizo de poca monta, capaz también de desembarazarse de un malvado sin contemplaciones, entrar en una prisión y salir indemne de ella, además de mostrar la ternura de un padre con un niño de corta edad.
Un personaje así no podía ser adjudicado a cualquier actor francés. Y el gran acierto de los responsables de la serie ha sido cambiar de raza al Lupin de inicios del siglo XX para vestirle con los rasgos de Omar Sy, el coprotagonista del filme ‘Intocable’, junto François Cluzet, un papel que le proporcionó un César en 2012 y el salto a la fama, después de años en los que había formado dúo cómico con el también humorista Fred Testot.
El actor, de origen mauritano-senegalés, rasgos inconfundibles y metro noventa de estatura, aporta frescura y simpatía al personaje, con toques de acción, drama y comedia. Tras haber participado en pequeños papeles en filmes de producción internacional (‘X-Men: días del futuro pasado’, ‘Jurassic World’, ‘Inferno’), ahora se consagra con esta serie, de la que sale bien airoso. Ahora habrá que esperar a que Netflix estrene la segunda tanda de cinco episodios que completarán la primera temporada de las peripecias de este Lupin moderno.
Me extraña que en un país como el nuestro, donde el fútbol ocupa horas y horas de televisión, no se haya publicitado mucho más de lo habitual en las producciones de Netflix una serie como ‘Un juego de caballeros’, que narra los orígenes de este deporte. Quizá sea porque ‘The english game’ (su título original) va de mucho más que del balompié.
Vayamos por partes. En el origen de la serie está el británico Julian Fellowes, el oscarizado guionista de ‘Gosford Park’ (2001), autor del libreto de películas como ‘La feria de las vanidades’ (2004), ‘La reina Victoria’ (2009) y ‘The Tourist’ (2010), además de creador de la exitosa serie ‘Downton Abbey’ (2010-2015). Se conoce menos que Fellowes, también novelista, productor y realizador, posee un título de barón y que pertenece al partido conservador, aspectos de su vida que seguro ha sabido aplicar a sus historias. Netflix le fichó para que creara y produjera esta estupenda ficción, que hace disfrutar no sólo a los aficionados al fútbol.
La historia se sitúa en 1879, pocos años después del nacimiento de la Football Association inglesa, que en 1863 había propuesto unas primeras reglas para practicarlo, más allá de dar patadas a un balón y meterlo en una portería. Esta asociación instauró la FA Cup, una competición de eliminación directa, como la actual Copa del Rey, por ejemplo.
Era una época en la que todos los jugadores eran aficionados, en la que equipos de jóvenes aristócratas disfrutaban de lo lindo con aquel ‘juego de caballeros’ y en la que nuevas formaciones, integradas por trabajadores, aspiraban a ganar a los señoritos.
La trama se centra en la rivalidad entre el equipo favorito de la clase alta, Old Etonians, formado por antiguos alumnos del famoso colegio Eton, de donde han salido siempre las élites del Reino Unido, y el Darwen, propiedad del pequeño industrial algodonero James Walsh e integrado por trabajadores de su fábrica. El empresario, un hombre hecho a sí mismo y procedente de la clase baja, deseoso de ganar la copa, decide fichar de tapadillo y pagándoles (algo prohibido entonces) a dos jugadores escoceses, que darán la sorpresa a los estirados caballeros de Eton.
Al frente de estos últimos está Arthur Kinnaird, el capitán y jugador estrella de los Old Etonians, un personaje con un interesante desarrollo a lo largo de la trama. Aquí es donde Fellowes aplica sus conocimientos: este joven aristócrata, hijo de banquero, pasa de un cierto desprecio hacia la clase trabajadora a una progresiva comprensión de sus necesidades, al mismo tiempo que vemos cómo mejora la relación con su joven esposa, maltrecha a raíz de un triste suceso.
Lord Arthur Fitzgerald Kinnaird existió realmente. Fue una de las primeras estrellas del fútbol inglés, ganó cinco veces la FA Cup y fue presidente de la Asociación de Fútbol inglés durante 33 años, desde 1890 hasta su muerte, en 1923, cuando tenía 75 años. Y ciertamente, como apunta en varios momentos la ficción de la serie, desarrolló una posterior labor filantrópica, financiando la creación de varios orfelinatos. Le encarna el atractivo actor inglés Edward Holcroft (1987), hasta ahora un secundario en filmes como ‘Kingsman: servicio secreto’ y ‘Kingsman: el círculo dorado’, así como en las series ‘London Spy’ (2015), ‘Alias Grace’ (2017) y ‘Gunpowder’ (2017).
De la misma forma, Fellowes apuesta también por un buen desarrollo (con diversas licencias narrativas, como es lógico) del otro personaje protagonista (el antagonista), Fergus ‘Fergie’ Suter, uno de los primeros futbolistas profesionales. Nacido en Glasgow, en 1857, hijo de un borracho maltratador, dejó la albañilería por el fútbol para ayudar a su familia a salir de la pobreza. Empezó en el Partick escocés antes de viajar hacia el sur, para jugar, cobrando un pequeño sueldo, con el Darwen, el equipo de esta localidad inglesa del condado de Lancashire.
La narración avanza al tiempo que muestra la difícil relación de Suter con los otros jugadores del equipo, unos aficionados que no cobraban por ello, aunque sí por trabajar en la fábrica de algodón del propietario y su ambigua postura ante una huelga planteada por los operarios cuando el gremio de algodoneros decide recortar unilateralmente los sueldos y que Fellowes dibuja con trazo grueso y sesgado (la postura de los obreros, claro).
La serie incide también en las complicadas relaciones con su padre y su deseo de proteger a su madre y hermanas, así como sus dudas a la hora de fichar por otro equipo que, como ocurre aún en estos días, cuando la lealtad a una camiseta se topa con una oferta económica mayor. El actor escocés Kevin Guthrie (1988), conocido por su buen hacer en las películas ‘Amanece en Edimburgo’ (2014), de Dexter Fletcher, y ‘Sunset Song’ (2015), de Terence Davies, es el encargado de interpretar, y muy bien, a Fergie Suter.
En conclusión, ‘Un juego de caballeros’ es una de esas producciones inglesas perfectamente producida, dirigida, ambientada e interpretada que merece la pena tener en cuenta.
Querían ustedes un titular llamativo. Pues ahí lo tienen: yo, un veterano periodista cultural, antiguo crítico de cine y hasta director de un cortometraje (pecados de juventud), ya no voy (casi) a las salas. Venga, admito ese ‘casi’ delante de la ‘boutade’. Y supongo que esta provocación será ‘castigada’ por buena parte de mis amigos y colegas, que empezarán a tirarme de todo (de forma figurada, espero). Y para añadir más leña al fuego les confesaré que lo mío, ahora, ya no es ‘Cinema Paradiso’, sino el ‘streaming’: ver películas y series a través de una pantalla conectada a internet.
Permítame el lector recordar unas palabras de Álex de la Iglesia cuando era presidente de la Academia del Cine, en la gala de los Premios Goya de 2011: “Hace 25 años, quienes se dedicaban a nuestro oficio jamás hubieran imaginado que algo llamado internet revolucionaría el mercado del cine de esta forma y que el que se vieran o no nuestras películas no iba a ser sólo cuestión de llevar al público a las salas. Internet no es el futuro, como algunos creen. Internet es el presente”.
Y seguía así: “Internet es la manera de comunicarse, de compartir información, entretenimiento y cultura que utilizan cientos de millones de personas. Es parte de nuestras vidas y la nueva ventana que nos abre la mente al mundo… (Los usuarios de Internet) son nuestro público. Ese público que hemos perdido y que no va al cine, porque está delante de una pantalla de ordenador. (…) No tenemos miedo a internet, porque internet es, precisamente, la salvación de nuestro cine”.
El director vasco, que acaba de estrenar su primera serie para una gran plataforma, ’30 monedas’, en HBO, fue clarividente. Hace casi 10 años de esas palabras y lo que dijo ya es una realidad. Recordemos que el vídeo bajo demanda (VOD) de Netflix para ordenadores empezó en el año 2007 y que el servicio de ‘streaming’ de HBO data de 2010 (como cadena de cable nació en 1966). Y ese mismo 2010 resurgió la catalana Filmin en la forma que ahora la conocemos, con una tarifa plana, aplicaciones para tabletas y la difusión en ‘streaming’ en alta definición.
Vuelvo al titular inicial. Siento confesar que ahora apenas voy a una sala de cine, y no es por ganas, porque siguen siendo el mejor lugar para ver una película, sin ninguna duda. Y no sólo superproducciones de estreno, sino los clásicos en blanco y negro que exhibe la Filmoteca.
Una sala de cine sigue teniendo algo de comunitario y misterioso, y más cuando la gran pantalla blanca, antes, se descubría detrás de unas cortinas gigantescas, generalmente rojas, como solían serlo también las butacas y las alfombras rojas que poblaban pasillos y vestíbulos.
Hubo una época en que conocía y saludaba a casi todos los porteros de cine de Barcelona. Y ellos a todos los periodistas culturales que acudíamos a los pases de prensa matinales y, luego, a las proyecciones de tarde y noche. Eran otros tiempos.
En parte estoy de acuerdo con lo que decía el colega Toni Vall, hace unos días, con respecto a la iniciativa de algunas de las grandes ‘majors’ de estrenar sus películas en sus plataformas digitales: «No tengo ningún interés en ver películas sólo en mi casa, aunque la dinámica de las distribuidoras y las productoras va hacia aquí. Contenidos ‘on line’ para ser vistos en casa, inexorablemente (…) Me estoy sintiendo expulsado del cine. Y es una sensación terrible, muy dolorosa».
Yo tengo otras razones para quedarme en casa. Os las explico.
La primera, evidentemente, la pandemia. Los cines y teatros han hecho un gran esfuerzo para adecuarse a la situación sanitaria pero toda precaución es poca y, si uno es población de riesgo, prefiere abstenerse. Tengo muchos amigos que acuden cada día a las salas y ninguno de ellos ha pillado la enfermedad. Cuando he ido a ver una película me siento en silencio más seguro en una de sus butacas que en el súper de la esquina o el centro comercial más cercano.
Otra razón: me he vuelto comodón. Siempre había soñado con tener una pequeña sala de cine, como hacían los directores y actores de Hollywood en las películas. Algo sólo posible para ricachones con mucha pasta hasta hace poco. Eso ha cambiado con las nuevas y enormes pantallas de los televisores inteligentes, que convierten cada salón en una soñada sala de cine.
Unos meses antes de la pandemia decidí aprovechar una oferta y compré una tele de 55 pulgadas, que mi esposa vio muy por encima de las posibilidades del tamaño de mi sala de estar. Pero ahí está y ya no parece tan grande. Con mi colección de películas en DVD y Blu-ray, y con un trío de plataformas cuyo contenido no me lo acabaré nunca soy un poco más feliz.
Y una tercera razón: la económica. Una entrada de cine de estreno cuesta entre 4,9€ del día del espectador y los 9€ de un festivo, 6€ una matinal y 8€ un día laborable. Multipliquen ustedes por dos, si son una pareja, y añadan si van con niños. También hay un estupendo abono anual de la Filmoteca de Catalunya por 90€ (un talonario de 10 entradas sale por 20€).
Cualquier familia con niños que se apunte al Disney+ pagará 6,99€ al mes o 69,99€ al año. Yo mismo estoy suscrito a varias plataformas y comparto otras con familiares. La suscripción anual a Filmin, la única íntegramente española, es de 84€ al año (la mensual básica cuesta 7,99€), y luego se pueden ‘comprar’ estrenos por unos 4€, como hacen el resto de empresas de ‘streaming’ salvo Netflix, que lo hace sin coste adicional (su plan básico cuesta 7,99€). Evidentemente, con esta competencia, no hay color. La balanza familiar se decantará siempre hacia este lado.
¿Significa esto que nos encaminamos inexorablemente hacia la desaparición de las salas de cine? Espero que no. Hace unos años, cuando el mundo de la prensa escrita empezó a decaer frente a la naciente digital, muchos periodistas no queríamos creer que el papel pudiera desaparecer. Y vamos camino de ello, con algunas salvedades (diarios de fin de semana con sus suplementos; algunas revistas especializadas) por las que el lector aún está dispuesto a pagar un poco más.
Una cosa similar puede pasar con los cines, convertidos en refugio de cinéfilos militantes. Sobrevivirán un puñado de grandes salas para exhibir espectaculares ‘blockbusters’ y, también, si saben jugar sus cartas, pequeños locales donde se exhibirán producciones independientes (¿quizá bajando los precios de las entradas?). Un tipo de cine que está encontrando su refugio y mayor visibilidad en las plataformas digitales.
Quiero citar precisamente a Filmin, que no solo apoya y potencia nuestro cine, sino que ofrece películas y series europeas independientes de gran calidad, ha rescatado una maravillosa biblioteca de clásicos y, en estos tiempos difíciles de pandemia, ha exhibido ‘on-line’ los contenidos de numerosos festivales cuya programación presencial era imposible desarrollar. Esta solución provisional no significa que los muchos certámenes que existen vayan a desaparecer, pero son fórmulas que en un futuro quizá deberán coexistir.
Nota: originalmente, publiqué este artículo en la web de Nosolocine. También hablamos del tema con Jose López en su programa de radio Nosolocine en las ondas (hacia el minuto 15).
Intente el lector el ejercicio de elaborar una lista de las series que más le han gustado este año y verá lo difícil que resulta ser ecuánime. Cada vez más resulta prácticamente inabarcable poder seguir la pista de lo que se produce anualmente en las televisiones tradicionales y, aún más, en las plataformas digitales de pago, donde la abundancia es tal que necesitas una buena brújula para orientar el rumbo y dar con la ficción adecuada a tus gustos.
Como siempre, elegir es optar por filias y fobias personales e intransferibles, aunque las del lector puedan coincidir con las propias. El cronista o el crítico, aporta además elementos de información que decantan esas preferencias hacia un lado u otro.
Para empezar, he hecho una división entre series españolas y extranjeras. Aunque las primeras son muchas menos que las segundas, también he querido incluir mi propio ‘top ten’. Quizá debería haber incluido algunas de las últimas producciones nacionales, como las ’30 monedas’ (HBO), de Álex de la Iglesia, o ‘Dime quién soy’ (Movistar+), con Irene Escolar, pero aún no he podido verlas. Originalmente, este texto lo publiqué en la web amiga de No solo cine.
Producciones españolas
‘Antidisturbios‘ (Movistar+). Poco más se puede decir de esta magnífica serie policiaca con mucho de denuncia social por parte de Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña, su coguionista habitual. El primer episodio es una maravilla y el reparto al completo, con Vicky Luengo a la cabeza, está sensacional.
‘HIT‘ (RTVE). El bombazo juvenil de este otoño. Las peripecias de un profesor atípico en un instituto con un grupo de alumnos de armas tomar. Los protagonistas son Daniel Grao, excelente, y unos jóvenes actores que darán mucho que hablar.
‘Patria‘ (HBO). Sensible adaptación de la novela de Fernando Aramburu, con Elena Irureta y Loreto Mauleón encarnando a Bittori y Arantxa, las dos amigas enfrentadas por la muerte del marido de una de ellas a manos de ETA.
‘El Ministerio del Tiempo‘ (RTVE). Sigue siendo la ficción más original del panorama audiovisual español, con sus vueltas de tuerca a la Historia. La esperada cuarta temporada no defraudó en su regreso a TVE en mayo, tras dos años y medio de ausencia, con todos sus principales intérpretes.
‘Inés del alma mía‘ (RTVE y Amazon Prime Video). Apasionante adaptación de la novela de Isabel Allende. Ambientada en la conquista de Chile, recrea la vida de Inés Suárez de Plasencia, con una estupenda y apasionada Elena Rivera.
‘La Unidad‘ (Movistar+). Más que interesante muestra del trabajo de la Policía Nacional contra el islamismo radical, de la mano de Dani de la Torre y con Nathalie Poza como la comisaria Carla Torres.
‘Mira lo que has hecho‘ (Movistar+). La última entrega de la serie creada e interpretada por Berto Romero es la mejor de las tres que integran esta comedia en clave de autoficción, dirigida con habilidad (como la segunda temporada), por Javi Ruiz Caldera.
‘La línea invisible‘ (Movistar+). Interesante retrato del nacimiento de ETA, de la mano de Mariano Barroso (excelente tambien su previa ‘El día de mañana’), y con Àlex Monner como el primer asesino y luego ‘mártir’ etarra Txabi Etxebarrieta.
‘Caronte‘ (Telecinco y Amazon Prime Video). Las peripecias de un expolicía que pasó por prisión, reconvertido además en abogado penalista, merece la pena sólo por ver de nuevo en acción a Roberto Álamo (también, estupendo, en ‘Antidisturbios’).
‘La casa de papel‘ (Netflix). La penúltima temporada de la serie de los atracadores de bancos vestidos de rojo y con careta de Dalí fue tan entretenida como frustrante: han alargado el chicle hasta la próxima y última entrega, según aseguran. Pero no la podíamos dejar fuera de este listado.
Producciones internacionales
https://youtu.be/w-fJaQitvS8
‘Gambito de dama‘ (Netflix). Es la sorpresa de la temporada, creada por Scott Frank y Allan Scott y protagonizada por la fascinante Anya Taylor-Joy, todo un descubrimiento… y el deseo irrefrenable de volver a jugar al ajedrez.
‘El colapso‘ (Filmin). Dura e impresionante miniserie francesa, creada por el colectivo Les Parasites (Jérémy Bernard y Guillaume Desjardins), que plantea un futuro distópico tan factible como próximo. Los ocho episodios, con historias independientes entre sí, aunque emperentadas, fueron rodadas en planos secuencia.
‘Unorthodox‘ (Netflix). Otra miniserie imprescindible, como la anterior, basada en las memorias de Deborah Feldman, que narra la huida de una chica judía del interior de una asfixiante una comunidad jasídica de Brooklyn. El trabajo de la bajita protagonista, Shira Haas, es gigantesco.
‘The Mandalorian‘ (Disney+). Las peripecias del guerrero de la máscara y un pequeño Yoda son el mejor regreso que se podía pedir al explotado universo de ‘Star Wars’ de la mano de Jon Favreau. Hasta el penúltimo episodio no hemos podido ver (por fin) la cara de Pedro Pascal.
‘The Crown‘ (Netflix). La cuarta temporada de la vida de los Windsor ha supuesto la irrupción del personaje de Diana de Gales (estupenda Emma Corrin) a la familia real británica y de Margaret Thatcher (una Gillian Anderson un poco pasada de vueltas) como primera ministra.
‘Todas las criaturas grandes y pequeñas‘ (Filmin). Una miniserie británica de la de buen rollo, con las historias de un trío de veterinarios de un bonito pueblo de la campiña inglesa. Basada en unos populares libros de James Herriot, la protagonizan Nicholas Ralph y Samuel West.
‘Halt and catch fire‘ (Filmin). La apasionante historia de un grupo de informáticos que, a inicios de los años 80 del siglo pasado, transformó los pesados computadores empresariales en los ordenadores personales actuales.
‘Little Fires Everywhere‘ (Amazon). De nuevo Reese Witherspoon, en su doble papel de productora e intérprete, sirve un potente drama familiar, con duelo actoral con Kerry Washington, una fotógrafa afroamericana que recorre EEUU con su hija adolescente y un misterio a sus espaldas.
‘Adult Material‘ (Filmin). Una dramedia sobre el mundo del cine porno, centrado en la vida cotidiana de una ya veterana (¡treintañera!) estrella del cine X que ha de reconvertirse. Hayley Squires, a quien vimos en ‘Yo, Daniel Blake’ es la curiosa protagonista.
‘La ruta del dinero‘ (Filmin). Estupendo ‘thriller’ financiero escandinavo, que cuenta con Jeppe Gjervig Gram, uno de los responsables de la prestigiosa ‘Borgen’, como cocreador de esta serie sobre los trapos sucios de los directivos de una empresa de energías renovables.
Como sabéis, y un par de libros escritos por mí así lo atestiguan, Venecia siempre me ha fascinado. Me he pateado la ciudad unas cuantas veces y, aún así, sigue siendo casi una desconocida. Las penúltimas, en invierno, cuando menos turistas hay y más auténtica es. Y la última, por ahora, en enero de 2020, pocas semanas antes de la llegada de la puñetera pandemia de covid-19.
A lo que iba. Un buen día, creo que al filo del año 2000, descubrí las entretenidas novelas del inspector veneciano Guido Brunetti, el personaje creado por Donna Leon en 1992, en la novela ‘Muerte en La Fenice’.
Esta profesora y escritora estadounidense de 78 años, estudió en Italia cuando era joven e incluso trabajó como guía turística en Roma, vivió un tiempo en Londres y luego trabajó como profesora de idiomas en escuelas de EEUU en Suiza, Irán, China y Arabia. En 1981 se instaló en Venecia mientras trabajaba (lo hizo hasta 1995) en una delegación de la Universidad de Maryland en la Base de la Fuerza Aérea de EEUU en Vicenza.
Fue ya en el año 2005, cuando había leído la mayor parte de las novelas de la autora (14 entonces, hasta ‘Piedras ensangrentadas’), me planteé trazar una posible ‘ruta Brunetti’ por los escenarios habituales del personaje, las calles, plazas y muelles, por donde caminaba.
Contacté con la escritora. A lo largo de dos entrevistas, una, a través del correo electrónico, y otra, en persona, durante el primer Encuentro de Novela Negra Europea, que se celebró en el CCCB de Barcelona en enero de 2005, Donna Leon fue muy amable al revelarme algunos detalles de su vida cotidiana en Venecia y de los escenarios de sus novelas.
Y así, varios meses y 500 fotos más tarde, todo ello desembocó en un reportaje que apareció publicado el 14 de julio de 2005 en el suplemento ‘Libros’ de El Periódico de Catalunya, y cuyo texto os reproduzco a continuación (en su día, hice una copia en este otro blog).
La Venecia de Brunetti: un paseo por los escenarios clave de la serie policiaca de Donna Leon
El barrio de San Polo: un piso muy céntrico
“Brunetti vive cerca de Campo San Polo”, me explicó Donna Leon. Si uno mira un mapa de la ciudad de los canales, el barrio (‘sestiere’) de San Polo es geográficamente el ombligo de Venecia, aunque el de San Marco sea el más turístico. Es el barrio más pequeño de la ciudad de los canales, en el que viven muchos venecianos y en el que se pueden encontrar muchos bares, restaurantes, tiendas y comercios, y el famoso mercado y puente de Rialto.
La familia de Guido Brunetti la integran su esposa Paola y sus hijos Chiara y Raffi. Su domicilio está situado en un último piso de un edificio de cuatro alturas, detalle que la autora especifica así, en la primera novela, ‘Muerte en La Fenice’ (1992): “Subió los 94 escalones hasta su apartamento del cuarto piso”. Es un palazzo, aunque no como el de su suegro, el conde Failer, o los del Gran Canal, cuya estructura original data del “siglo XV” y cuyo último nivel fue edificado ilegalmente hacia los años 50, algo que se explica en ese primer libro de la serie y que es descubierto por un funcionario del catastro veneciano en el título ‘Amigos en las altas esferas’ (2000).
Se trata de un piso agradable de cuatro habitaciones, pero con un solo baño, con vistas sobre los tejados de la ciudad. La escritora explica que en su momento se inspiró en un piso real, propiedad de unos amigos: “La casa existe. Es fácil de encontrar. Se camina de Rialto hacia Campo San Polo y, tras superar la floristería Biancat, poco después de San Aponal, un poco más adelante, a la izquierda, hay una calle estrecha que acaba en ese edificio”.
Como todas las casas venecianas, la del comisario se encuentra al final de una larga y estrecha escalera, que así evita las famosas mareas altas (la ‘Acqua alta’ que da título a una de sus novelas) que inundan las zonas bajas de la ciudad. Por ello, viviendas y locales situados a nivel de la calle suelen colocar unos tablones de madera o planchas metálicas que cubren las entradas en cuanto suena la sirena que avisa de la subida de las aguas. Para el turista es una distorsión, pero para los venecianos es normal: usan pasarelas de madera y botas de goma para recorrer la ciudad.
El Mercado de Rialto: compra y cocina
Los Brunetti hacen la compra diaria en el mercado de Rialto. Van temprano, porque esta parte de Venecia es el centro comercial de la ciudad y lugar de paso casi inevitable para los miles de turistas que a diario se dirigen hacia la Piazza San Marco. “¿Es que no tienen mercados en su país ¿No venden comida allí “, se queja Paola Brunetti en una de las novelas. Sucede que Rialto, su puente y sus alrededores son objetos preciados para los fotógrafos.
A los puestos de pescado, carne, frutas y verduras del mercado de abastos acuden cientos de venecianos con sus carritos de la compra. Éstos, a diferencia de los habituales, calzan unas ruedas más grandes para salvar con facilidad los escalones de los pequeños puentes que salvan los innumerables canales de la ciudad. Tampoco es inusual ver a los vecinos con el carrito en dirección a la Piazzale Roma para tomar un autobús e ir a comprar a grandes superficies comerciales de Mestre. La diferencia de precio con Venecia es tan notable que el viaje merece la pena.
Paola Brunetti es la cocinera de la familia. Dice Donna Leon que a su personaje, profesora de Literatura en un instituto e hija de un conde, le gusta cocinar. Tiende hacia la cocina tradicional. Guido, su marido, asegura estar “saturado de la nueva cocina”. Entre los sabrosos platos que pueden leerse en las novelas hay de una lasaña a unos involtini con jamón y corazones de alcachofa y un risotto con jengibre; de un pez espada con gambas y salsa de tomate a un estofado de cordero a la polenta… Y todo ello regado con un vino blanco pinot grigio. De postre, fresones con mascarpone.
Entre San Polo y Rialto: vinos y quesos
En general, el comisario va y viene andando desde su casa a la oficina. Y si tiene prisa, toma el vaporetto en la parada de San Silvestro, a la que se accede a través de un oscuro y feo túnel que sale a la pequeña plaza homónima.
En ese trayecto a pie, por la tarde, y de regreso a casa, Brunetti suele pararse a comprar en las tiendas de las calles adyacentes a Rialto, evitando las situadas junto al puente.
Donna Leon ofrece un par de pistas: “Mis tiendas favoritas son La Baita, donde desde hace 20 años compro todo tipo de quesos, y Mascari, donde suelo comprar frutos secos, pesto, aceitunas y pasta”, explica.
Este último establecimiento es un clásico. La antigua Drogheria Mascari está situada en la misma Via San Polo, 381, junto a la Ruga dei Orefici, y su colorido y abigarrado escaparate es apabullante: vinos y aguardientes italianos, dulces, turrones, cafés e incluso regaliz. Y especias, de todos los tipos, orígenes, olores y sabores.
No sería extraño, pues, que Brunetti comprara aquí ese prosecco que suele tomar con Paola, ese fresco, afrutado y rico vino blanco espumoso algo similar al cava. O el café de la mañana o la grappa que toman tranquilos después de la comida.
Regentada por un par de atareados empleados, La Baita es una minúscula parada situada en la esquina de la Ruga dei Orefici con la Ruga Vecchia de San Giovanni. Tienen todos los quesos y el mejor parmesano, aunque al lado del Gran Canal, en el Campo Erbaria, hay otra excelente. Ninguna de ellas es barata. Nada en Venecia lo es.
Campo Santo Stefano: el último caso del comisario
En la novela ‘Piedras ensangrentadas’ (2005), un inmigrante ilegal, un ‘vu cumprá’, como los denominan los venecianos, es asesinado a tiros en Campo San Stefano en los días previos a las fiestas navideñas. La escritora hace referencia a un problema de nuestros días: la presencia de los sin papeles en las ciudades y su utilización por mafias de diverso signo.
En Venecia, estos inmigrantes se sitúan cerca de la Piazza San Marco, en las calles adyacentes y en las rutas turísticas, sobre todo al caer la noche, cuando las puertas de las boutiques de la zona ya han cerrado. Son chicos jóvenes, negros en su mayor parte, que ofrecen perfectas imitaciones de bolsos de Prada, Gucci o Louis Vuitton a precios irrisorios si se los compara con las lujosas tiendas situadas a sus espaldas.
Campo San Stefano, donde se sitúa el crimen inicial, es una gran plaza, situada entre el Palazzo Grassi –que durante los últimos meses de 2004 e inicios de 2005 exhibía una gran muestra dedicada a Dalí– y el teatro de La Fenice, la emblemática sala de ópera recuperada tras el devastador incendio que la destruyó en 1996, un lugar muy apreciado por Leon, reputada melómana.
En San Stefano se instala un mercadillo navideño, presidido por un gran arco de madera y con una veintena de paradas artesanas; las más decoradas tienen la forma de casitas de madera prefabricada y llenas de luces de colores. Allí, el turista que afronte el frío invierno veneciano podrá encontrar, como explica la novela, “quesos de corteza oscura de Cerdeña; aceite y queso de la Toscana; salami de todos los diámetros y longitudes de la Reggio d’Emília”, así como dulces y típicos regalos de esas fechas.
La Jefatura: un discreto lugar de trabajo
Guido Brunetti es comisario de la policía veneciana. Es funcionario de grado superior, por encima de los agentes uniformados y de los detectives o inspectores de paisano. Sólo tiene por encima en la escala al vicequestore, el engreído Giuseppe Patta, y al questore, que rara vez aparece en las novelas.
La sede de la jefatura (questura) de ficción aparenta ser más grande de lo que en realidad parece desde fuera: un edificio de cuatro alturas cuyo único distintivo oficial es la bandera de Italia y un par de rótulos, uno de ellos con las palabras Polizia di Stato sobre una puerta verde no muy grande de dos hojas. Está situada en la Fondamenta San Lorenzo, o muelle del río homónimo, frente al puente y la plazoleta del mismo nombre.
En el recorrido hacia su casa, Brunetti, gira a la izquierda por la callejuela de Borgoloco San Lorenzo, pasa por encima del puente Novo, sigue por la calle y el Campo Santa Maria Formosa, el puentecito y la calle Mondo Nuovo.
En esta estrecha callejuela, en el número 5.801, se encuentra uno de los restaurantes preferidos de Donna Leon, el Alle Testiere, un minúsculo local de una decena de mesas, regentado por el chef Bruno Gavagnin, autor de una cocina de base tradicional con atrevidos toques modernos. No es un local para todos los bolsillos, pero su calidad –sobre todo el pescado– es excelente.
De Mondo Nuovo, Brunetti suele girar a la derecha por “un laberinto de pequeñas calles”, como San Lio, San Antonio y Bissa, Campo San Bartolomeo y Rialto. En ‘Vestido para la muerte’ (1994), por ejemplo, camina de Campo San Fantin hasta San Luca y Rialto.
El Ospedale Civil: escenarios menos conocidos
Venecia tiene zonas apenas transitadas por el turista de visita rápida, lugares que Donna Leon sí descubre a lo largo de sus obras. Es impensable una gran ciudad sin su hospital, y la capital del Véneto tiene varios, entre los que destaca el Hospital Civil (Ospedale Civile), en el Campo SS Giovanni e Paolo.
En un canal cercano aparece la víctima de ‘Muerte en un país extraño’ (1993). El forense amigo de Brunetti, Ettore Rizzardi, está peleado con la dirección del Hospital Civil, y prefiere realizar las autopsias en San Michele, la isla-cementerio situada enfrente. El comisario también ha tenido sus más y sus menos con alguno de los forenses y médicos de urgencias del centro.
Este hospital, ubicado en el dorso de Cannaregio, se encuentra en la Fondamenta Nuove, la zona de vaporettos que van y vienen de Murano, la isla de los artesanos del vidrio, y a Burano, la de las encajeras. No son islas habituales en las obras de Leon, si bien la autora está pensando en un caso que, revela, “pasará en Murano”. En efecto, al año siguiente publicaría ‘Veneno de cristal’ (2006), ambientada en ella.
En cambio, hay otras islas y zonas de la laguna que sí han sido escenarios de algún caso, como Pellestrina, en ‘Un mar de problemas’ (2001). Como se explica en su trama, ésta es una isla de pescadores, alargada como la del Lido y situada justo al sur de ésta. De hecho, si el turista lo desea, se puede visitar en un autobús que se toma con un billete combinado con el vaporetto.
La gente de Spotift asegura que estas son las canciones que más me han gustado a lo largo del 2020, colocadas en una sola playlist de más de seis hora. Bueno, bueno… Pues me pongo a oírlas. Estáis invitados.
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