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El blog del periodista Txerra Cirbian

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La vuelta al mundo de cine de Sergi Ramis

En la sección dedicada a los viajes cinéfilos que voy publicando en la web de Nosolocine.net no pude dejar de comentar un libro que lleva precisamente por título ‘Viajes de cine’ y, como subtítulo, ‘La vuelta al mundo en casi 80 películas.

Aunque no sea un libro de rabiosa actualidad (data de 2011, hace ocho años) su contenido sigue siendo muy válido. Además, la posibilidad de encontrar algún ejemplar en Amazon y en otras tiendas digitales, me lleva a hablar del mismo, por el interés que creo puede suscitar y dada la desaparición de la editorial Raima, que lo publicó en su día.

De entrada, las 260 páginas dedicadas a 76 películas y medio centenar de países de los cinco continentes hablan del esfuerzo del autor: Sergi Ramis, periodista viajero y amante del cine, que ha colaborado en numerosas publicaciones de primer orden (‘El País’, ‘La Vanguardia’, ‘El Periódico’, ‘National Geographic’) y ha sido director de las revistas ‘Altaïr’ y ‘El mundo de los Pirineos’). Actualmente es co-editor de Ecos Travel Books.

Explica Ramis en la presentación de su texto que, viendo a John Wayne “lacear rinocerontes por la sabana africana”, supo que querría viajar y que siempre le gustaría el cine. Por eso, en esta vuelta al mundo en 76 películas viaja “desde la sabana africana y el desierto australiano, hasta las interminables llanuras americanas, las montañas del Himalaya y las paradisíacas playas polinesias”, dice.

Añade Ramis en la contraportada que estos filmes y viajes son “encuentros [literarios] con Cary Grant, Ava Gardner, Robert Redford, Marilyn Monroe, John Wayne, Ingrid Bergman, Peter O’Toole, Humphrey Bogart, Sigourney Weaver, Marlon Blando, Jeanne Moreau, Clint Eastwood… en los mejores escenarios del planeta”.

Ah… también aparece la Costa Azul francesa de ‘Atrapa a un ladrón’, el filme de Alfred Hitchcock, un título indirectamente de actualidad gracias a la serie homónima de Paramount Channel, dirigida por Pablo Vásquez. Se trata de una ficción que cuenta con guion de Jordi Calafí y Javier Olivares (el creador de ‘El Ministerio del Tiempo) a partir del filme original de Hitchcock, con Pablo Echarri y la encantadora Alexandra Jiménez como protagonistas.

Que este libro cuente con el prólogo de Sebastián Álvaro, el creador de la serie documental ‘Al filo de lo imposible’, lo avala aún más. Pero su autor insiste: “Este no es un libro de cine. Es un libro de un viajero aficionado al cine”. Avisados quedamos.

Sin extenderme más, para que el posible lector pueda saborearlo, diré que este itinerario de cine lo abre ‘El bosque animado’ y Galicia, sigue con ‘Jamón, jamón’ y Aragón, y circula por las ‘Carreteras secundarias’ de la Costa Brava, antes de penetrar en Francia y proseguir por Inglaterra, Irlanda y una decena de países europeos más.

África y la hitchockiana ‘El hombre que sabía demasiado’ cierran esta aventura, que incluye detalles de cada película y breves recuadros informativos sobre los lugares donde se rodaron las mismas, así como detalles útiles de cómo viajar a los mismos.

Venecia y ‘l’acqua alta’ en el cine

Andrea Segre, director de ‘La pequeña Venecia’, en plena acqua alta.

Estos días, Venecia vuelve a ser noticia a causa de las graves inundaciones que están provocando las ‘acqua alta’. El mal tiempo ha dado lugar a unas condiciones meteorológicas propicias para la llegada de estas mareas altas extraordinarias, que suelen darse con frecuencia en la laguna veneciana, afectando sobre todo a la famosa ciudad y a Chioggia. Curiosamente, entre las muchas películas rodadas en Venecia, hay muy pocas que reflejen este fenómeno.

Ninguno de los grandes títulos filmados en la ciudad de los canales, como ‘Locuras de verano’ (1955), ‘Anónimo veneciano’ (1970), ‘Muerte en Venecia’ (1971), ‘Amenaza en la sombra’ (1973), ‘Moonraker’ (1979), ‘El placer de los extraños’ (1990), ‘Todos dicen I love you’ (1996) o ‘The tourist’ (2010), reflejan el ‘acqua alta’.


Que yo recuerde, solo una pequeña y encantadora película ha sabido ofrecer (en algunas pocas escenas) una mirada melancólica, romántica y dramática del ‘acqua alta’: ‘Io sono Li’ (2011), de Andrea Segre, también traducida como ‘Shun Li y el poeta’ y ‘La pequeña Venecia‘, nombre que suele darse precisamente a Chioggia, una encantadora localidad situada a unos 50 kilómetros de Venecia, en el extremo sur de la laguna.

Tao Zhao y Rade Serbedzija, en una escena de la película.

Si podéis, encontrad este filme, protagonizado por la actriz china Tao Zhao y el actor croata Rade Serbedzija. Narra la relación que se establece entre ella, una inmigrante irregular, que trabaja como camarera en un bar de esa población, y un pescador eslavo (apodado el Poeta), que intenta ayudarla ante la incompresión de los lugareños y la sospecha de los jefes de la chica.

También os invitaría a ir a Chioggia y a otras islas menores. A menudo nos olvidamos de que, además de Venecia, hay otros lugares en la laguna veneciana que merecen nuestra visita.

Para llegar a Chioggia –si se dispone de tiempo– escoja al menos una vez la opción marítima: tomar el vaporetto desde la parada de San Zaccaria y llegar hasta el Lido; coger el autobús hasta el extremo sur de esta isla; pasar con el trasbordador hasta Pellestrina; recorrer en autobús esta larga y estrecha isla, y finalmente, tomar un último ferry hasta Chioggia. Una vez visitada esta localidad, quizá sea mejor, eso sí, regresar a Venecia en autobús, que le dejará en la plaza de Roma.

Este mismo viernes, por ejemplo, el actor y director italiano Stefano Accorsi aprovechaba la situación para rodar en la plaza de San Marcos unas escenas de la película que protagoniza la actriz Valeria Golino, pero parece que este tipo de imágenes no es algo que le guste al Ayuntamiento de la ciudad. Quizá tenga que incluirla en la próxima revisión de mi libro ‘Venecia de cine’.
Nota: originalmente publiqué este artículo en Nosolocine.net

Viajes de cine: el castillo de Loarre

El amigo José López Pérez celebra estos días los ocho años de Nosolocine.net, un espacio que va mucho más allá del blog personal para ser una web en la que JLP ha dado cabida a un amplio equipo que le arropa. De su enorme capacidad de seducción dan fe un puñado de profesionales que colaboran con él cuando buenamente pueden, como Miguel Fernando Ruiz de Villalobos, Oti Rodríguez Marchante, Jordi Izquierdo y Natxo Torres Zenarrutzabeitia, entre otros muchos.

JLP ha tenido el generoso gesto de invitarme a sumarme a esta lista de maestros de la crónica y la crítica de cine, en una sección que aúna dos de mis placeres: los viajes y el cine.

Y para empezar, nada mejor que un monumento que visité este verano, de camino hacia el Pirineo de Huesca. Un edificio histórico que ha sido escenario de varias películas y alguna que otra serie de televisión: el Castillo de Loarre.

Situado a unos 300 kilómetros de Barcelona y a sólo 36 de la capital oscense, el Castillo de Loarre es la fortaleza románica mejor conservada de Europa. Construida en el siglo XI por orden del rey Sancho III, sobre un promontorio rocoso que dominaba la llanura de la llamada Hoya de Huesca, ocupada entonces por los árabes, la pronta retirada de los musulmanes de la zona hizo que no sufriera daños estructurales. La capilla, la Torre de la Reina, el patio de armas y la Torre del Homenaje se mantienen perfectamente en pie.

Abandonada su faceta militar, el castillo incorporó a finales del siglo XI una ampliación monástica, en la que destaca la iglesia de San Pedro. El recinto amurallado data del siglo XIII y consta de varios torreones semicirculares y uno cuadrado, cercano a la imponente puerta de entrada.

Una escena de ‘El reino de los cielos’.

El hecho de que la edificación se mantenga casi como era en sus orígenes fue la razón principal que llevó a Ridley Scott a escogerlo como escenario de su película a ‘El reino de los cielos‘ (2005), protagonizada por Orlando Bloom, Eva Green, Liam Neeson y Jeremy Irons, entre otros. El filme narra la peripecia de un joven herrero que se suma a las Cruzadas del siglo XII. Muchos vecinos del pueblo de Loarre participaron en la producción como figurantes.

Pero mucho antes, ya en el año 1982, Antonio José Betancor también rodó algunas escenas de su película ‘Crónica del alba: Valentina‘, basada en la novela de Ramón José Sender y protagonizada por un jovencísimo Jorge Sanz. Narra el primer amor de un niño de 10 años por una niña de su edad (Paloma Gómez), ante los ojos comprensivos del cura del pueblo (el gran Anthony Quinn).

En 1993, TV-3 y la productora Ovideo aprovecharon también la majestuosidad del lugar para grabar varias escenas de la miniserie histórica ‘Arnau‘. En tres episodios de hora y media, la producción, dirigida por Lluís Maria Güell y con premiado guión de Doc Comparato y Xesc Barceló, puso en imágenes la leyenda catalana del Conde Arnau con un reparto de altura, encabezado por Pere Arquillué, Silvia Munt y Carme Elias, y con Fernando Rey, Imanol AriasAriadna Gil también en el elenco.

De la misma forma, en el 2006, un año después de que Scott y su equipo estuvieran en Loarre, la guionista y directora española Inés París filmó parte de su película ‘Miguel y William‘, con Juan Luis Galiardo, Will Kemp y Elena Anaya al frente del reparto. Esta última es la fascinante mujer que une en la ficción los talentos de Cervantes y Shakespeare en la escritura de una improbable obra teatral común. En esta ocasión también actuaron como extras medio centenar de vecinos de la localidad.

Ese excelente estado de conservación hace que recorrer el castillo sea toda una experiencia para los amantes del medievo. Las murallas, la cripta de santa Quiteria y la iglesia del castillo, con su bonita cúpula, son algunas de las partes excepcionales. Es muy recomendable efectuar la visita con los guías del monumento.

El horario actual es de 10.00 a 19.00 horas y la entrada cuesta 5,50 euros (niños pequeños, gratis) y 7 euros si se opta por la visita guiada. Podéis ver esta información en la web del monumento.

Entrevista con Jaume Ripoll

Recién entregados los premios Emmy, con ‘Juego de Tronos‘ como mejor serie dramática del año y , no está de más reflexionar sobre el momento actual, en el que gigantes como Netflix, HBO o Amazon se disputan la tele de pago en ‘streaming’. Por ello, hablamos con el mallorquín Jaume Ripoll (1977), cofundador y director de Filmin, la primera plataforma íntegramente española de vídeo a la carta a través de internet. Es, además, la única que ofrece la posibilidad de ver todos sus contenidos en catalán. Esta entrevista se ha publicado originalmente en Catalunya Plural.

Además de dirigir Filmin, creo que también imparte clases de cine en la prestigiosa ESCAC, donde usted estudió.
Bah… Unas pocas horas, nada más. Este año, daré clases de producción y quizá algún que otro máster. Pero déjeme decirle que el cine debería estar en el bachillerato como actividad curricular.

Explíquese
Hoy en día, cualquier chaval con un móvil es capaz de crear cosas fascinantes. Todos estamos sobreexpuestos a lo audiovisual, pero no estaría nada mal que a los jóvenes se les enseñara ciertos parámetros, algunos fundamentos y cultura base de lo audiovisual. Estaría bien que sepan quién es Charles Chaplin, Orson Welles o Sidney Lumet, por ejemplo. Porque el cine te abre otros caminos y, hasta ahora, se imparte de forma extracurricular por profesores voluntariosos que aman el cine. Ya sé que proponer ahora esto, con el panorama electoral que tenemos y la reforma educativa, puede parecer estúpido, porque es algo de ciencia ficción. Pero, por otro lado, cómo hacemos que estas nuevas generaciones, acostumbradas a lo visualmente rápido, puedan saborear películas de tempo lento. Pues como con la comida: se tienen que acostumbrar. La primera vez que comes un espárrago quizá no te guste, pero a la tercera o la sexta vez piensas que está delicioso. Esta labor formativa se ha de hacer. Nuestra obsesión es buscar nuevos públicos, pero sin dogmatizar, porque hay diferentes gustos y ya decidirás lo que te interesa o no. Cuanto más amplia y variada sea la dieta cultural del ser humano, mejor será.

Y usted, ¿cómo llegó a gustarle el cine?
En mi caso fue muy fácil. A mi padre siempre le gustó mucho el cine. Con 30 años fue programador de muchas salas de Mallorca y luego tuvo varios videoclubs y hasta una sala en Alaró, en el interior de la isla. Y yo, desde que tenía 6 o 7 años, cuando acababa las clases los viernes en el pueblo y durante los fines de semana, iba a las tiendas y ponía y quitaba las etiquetas de ‘alquilada’ en cada película. En mi casa teníamos unas 3.000 cintas en VHS. Lo nuestro era hablar de cocina y de cine. ¡Mi padre llegó a participar, incluso, en la creación de un concurso de cine en la televisión balear!

Parece lógico que fuera a estudiar a la ESCAC.
Nooo. Casi fue una tragedia griega. Yo era un buen estudiante que no había suspendido nunca. Cuando estaba estudiando primero de Informática, que era una carrera con mucho futuro, un día, de repente, le dije a mi padre que no me gustaba la informática, que no me gustaba aquella carrera y que quería estudiar cine. Pero, claro, hace 23 años, nadie estudiaba cine. Mis padres pensaban que era algo que no tendría salida, pensaban que era un capricho. “Pero, ¿qué serás? ¿Crítico?”, me decían. Además, era una escuela privada, que era muy cara. Al final, después de insistir durante días, mi madre aceptó.

Y fue a las Escoles Pies de Sarrià, donde estaba la primitiva ESCAC, con JA Bayona!
Bueno, yo soy de la tercera promoción, y Jota era de la primera. En la mía estaban el director de fotografía Arnau Valls (Eva, Anacleto, Superlópez), la montadora Elena Ruiz (El orfanato, Lo imposible) y el director Javi Ruiz Caldera (Superlópez, Anacleto, Tres bodas de más, Promoción fantasma), entre otra gente. Javi y yo hacíamos guiones juntos.

¿Qué rama escogió?
Dirección. Y tenía muy buenas notas. Pero, a mitad de tercero y a falta del trabajo de fin de carrera de cuarto, murió mi padre de un infarto y tuve que volver a Mallorca de un día para otro, para hacerme cargo de su trabajo: la representación de Manga Films en Baleares y los diferentes videoclubs que tenía. Así que estudiaba en Barcelona y trabajaba en Mallorca. Acabé los estudios, pero mi proyecto de fin de carrera como director no fue elegido entre los que se tenían que producir. Me propusieron hacerlo igualmente, con menos presupuesto, pero dije que no. No tenía ganas de rodar y no lo he hecho nunca más.

Pero sí que hizo cosas durante la carrera…
Había hecho algunos cortos, algo de publicidad y videoclips con Pau Freixas y otra gente como ayudante de dirección y en producción, pero ya no quise hacer más cine. Rodé incluso un documental sobre Gil de Biedma con testimonios muy interesantes del círculo del poeta, como Ana Maria Moix, Fabià Estapé, Goytisolo, el mayordomo y la hermana de Gil de Biedma. Lástima que se haya perdido, porque rodamos en U-matic, un formato de vídeo analógico de calidad muy baja. Fue de las últimas cosas que rodé y, por suerte, lo pudo ver mi padre. Pero ya no volví a dirigir. Volví a Mallorca a llevar los negocios de mi padre, donde estuve 5 o 6 años, hasta que regresé a Barcelona.

¿Cómo surgió la idea de Filmin?
Yo trabajaba con Juan Carlos Tous, que había sido mi jefe en la división de vídeo y DVD de Manga Films cuando yo estaba en Mallorca. En 2003, Tous fundó la distribuidora de cine independiente Cameo y, como sabía que me gustaba y había estudiado cine, me pidió que fuera a su empresa para llevar la web, el comercio electrónico, la newsletter… Yo entré en el 2005 y en ella he ido creciendo, pero desde el principio tuve muy claro que Cameo tenía que ser, además, una plataforma de cine on line. De hecho, la idea de Filmin nace en el verano del 2006. Era el momento.

¿Pero tenía algún referente?
No. Ninguno. Pero sabía que se tenía que hacer. Existía DvdGo, que vendían DVD por correo, pero aún no había llegado Amazon. Netflix, en aquel momento, aún no hacían nada (alquilaban DVD), e iTunes empezaba a alquilar y vender películas por Internet. La gente se bajaba las películas de las webs piratas. Esto era así. Sabíamos que el camino a seguir era internet pero teníamos que encontrar la forma de hacerlo. Teníamos que combatir el pirateo de una forma legal. De la misma manera que se creó Cameo con una mentalidad muy clara, la de ofrecer cine independiente, que tiene su nicho de mercado, esta fue la idea con Filmin. El cine independiente puede quedar diluido en una tele más generalista, pero si ofreces una plataforma dedicada en exclusiva a esta parcela, puedes llegar a más público y este puede escoger más títulos. Esta era la función que queríamos lograr e implementar.

¿Hubo problemas?
Cuando empezamos los problemas eran claros: tecnológicos, de mercado y de público. En el 2007, el ancho de banda, la capacidad de codificar películas y la usabilidad, en aquel momento, eran muy limitadas. Y todo ello, con ordenadores. No había los dispositivos de ahora. Los distribuidores fueron muy atrevidos y generosos a la hora de ceder títulos. Y eran para alquilar. Durante un par de años sólo alquilábamos películas: fuimos un videoclub on line y con un catálogo aún corto. El tercer escollo, el público, que si podía ver gratis películas en internet, no las iba a pagar. Aquellos dos años fueron la prueba de fuego. Cuando tuvimos a punto la tecnología, ya teníamos el contenido a punto. Era cuestión de llegar al público. Y eso empezó en mayo de 2010, que para mí fue el verdadero nacimiento de Filmin, con la tarifa plana.

¿Con todo lo que hay en el mercado, es necesario Filmin?
Claro. Yo era un cinéfilo adolescente que tuve la suerte de que mi padre tenía una videoteca impresionante, con clásicos de todo tipo. Para un joven cinéfilo actual es una bendición poder tener en Filmin desde lo más nuevo a clásicos como Pasolini, Visconti, Fellini, Bergman, Rohmer o Haneke. Esta función que hacemos nosotros es necesaria, porque se ha de luchar y cultivar la diferencia y el riesgo, y no ofrecer solo puro entretenimiento.

¿No le gusta el entretenimiento?
Sí, sí, estoy muy a favor del entretenimiento. Pero también es importante ver otro tipo de cine y dedicar esfuerzo y dinero para que se mantenga y llegue a más público.

Hace unos días, decía en Twitter que “la combinación Filmin + Netflix + Amazon + HBO + Disney sale por unos 35€ al mes, menos que ver el fútbol».
Sí, el fútbol seguro que sale más caro que varios de nosotros juntos. Nuestras tarifas no las hemos subido nunca. De hecho, la hemos bajado un céntimo. De 8€, que costaba ya al inicio, a 7,99€ que cuesta ahora. Si calculas la inflación, pues ya verás.

¿Que hay de diferente en Filmin?
Todo tipo de películas y series independientes, básicamente europeas, pero también algunas americanas. Ese tipo de cine que arriesga e inicia nuevos caminos en la ficción y documental. Y ofrecemos diferentes vías para esta especie de selva audiovisual contemporánea: cine europeo premiado; cine clásico; documentales de música, política o pintura; teleseries europeas galardonadas de calidad, y producción infantil diferenciada.

¿Ve las otras plataformas?
Yo soy usuario de todas. Pago todas. Claro que también lo hago por razones profesionales.

¿Y es necesario ver todo?
Por supuesto que no. Hemos de diferenciar. Y en algún momento hemos de parar y decidir si lo que vemos es por placer o por esa falsa obligación de ver la última serie del momento por el hecho de mantener una conversación al día siguiente. Esto es un error.

Por ejemplo, ahora todo el mundo habla de la serie ‘Chernobyl’ (HBO).
Sí, pero hay alternativas. En Filmin tenemos una docuficción muy buena, ‘Voces de Chernobyl’, basada en el libro de 1997 de la periodista y premio Nobel bielorrusa Svetlana Aleksiévich.

¿Mejor o peor que la serie de HBO?
Son diferentes, compatibles y complementarias. Una es una aproximación más artística y poética y el otro, un documental de 80 minutos.

¿Hay un exceso de oferta?
Claro. La clave es saber gestionar la abundancia. Si no lo hacemos bien, estaremos permanentemente frustrados. Pero ese exceso no lo corregirás: está ahí y no lo cambiarás. Cuando llegas a casa, a la noche, has de pensar qué quieres ver sin sentirte ahogado por ello.

Además de Filmin, HBO, Netflix, Prime Video, Rakuten, llegarán Disney y Apple, y las telefónicas ofrecen un montón de canales de pago. ¿Hay clientes para tanta tele?
No hemos tocado techo y nos queda mucho camino por recorrer. Estamos muy lejos. Hay centenares de miles de personas que aún se pueden suscribir a las plataformas, sobre todo por dos motivos: no tiene el dispositivo adecuado (teles, ordenadores, tabletas o móviles desfasados) o no saben cómo hacerlo.

¿Diría que la tercera edad se conecta menos?
No, no. La gente de más de 65 años cada vez se conecta más. Porque tienen teles nuevas y más tiempo libre. Es el público con más potencial de crecimiento. Además, son personas que disponen de conocimientos de cine y televisión de muchos años y lo mismo repescan una serie antigua que ven una película actual.

¿Aguantarán todas esas compañías?
La inversión que están asumiendo y alcanzando estas grandes compañías es para quedarse con un gran porcentaje de mercado, no un trozo pequeño del pastel, porque no llegarías a cubrir los gastos de producción. Ahora hay una guerra muy clara para convertirse en la plataforma hegemónica. Y lo que se intuye que pasará, tarde o temprano, son fusiones. En el mundo del cine ya ha pasado y en las plataformas lo veremos también pronto. Hay mercado, pero no dinero para que cada una de ellas invierta 15.000 millones de euros al año en producción y sea rentable. Esto no es posible.

Entonces, ¿estamos ante un boom o un bluff?
No. Un bluff no será. Si miras atrás, ves que el camino va por aquí. Te puedes suscribir a varias plataformas y pagas menos de lo que costaba Canal+ hace 20 años.

¿Y las telefónicas?
Hay teleoperadoras que te ofrecen paquetes, como lo que pasa ahora, y otras que te ofrecen un acceso a internet más económico, donde tienes una tarifa plana de internet sin fútbol ni series ni nada, pero donde tú pagas aquello que quieres usar. No hay vuelta atrás.

Netflix está invirtiendo muchísimo. ¿Puede mantener este ritmo?
No sólo Netflix, sino todas el resto de grandes plataformas están invirtiendo mucho dinero en producción. Y esto lo celebro por los creadores, que pueden rodar películas y series de gran calidad. Pero a cinco o seis años vista, me parece inviable. ¿Quién será la primera en parar? Eso no lo sé.

¿Hay series más progresistas ahora que antes?
No creo que sea necesariamente así. Lo era el famoso episodio ‘Isaac e Ismael’ de ‘El ala oeste de la Casa Blanca’, en el que Aaron Sorkin, su creador, reflexionaba sobre el atentado a las Torres Gemelas. ¿Son progresistas las series que tratan sobre homosexualidad? Pienso en ‘Els joves’ y era una serie más arriesgadas que muchas de las de ahora. Lo era ‘Sí, ministre’ o la ‘House of cards’ original inglesa, que era mucho más radical que la de EEUU, rodadad justo después del relevo de Margaret Thatcher. Quizá la oferta actual sea más amplia, pero no por ello son más progresistas.

¿Qué títulos recomendarías, en general?
Un reciente artículo del diario ‘The Guardian’ cita las –para ellos– 100 mejores series del siglo XXI: ‘Los Soprano’, ‘The Wire’, ‘Mad Men’, ‘Breaking Bad’ y ‘Juego de Tronos’ están entre las 10 primeras. Pero yo añadiría, por ejemplo, ‘Buffy, cazavampiros’ (1997-2003), una revolución a muchos niveles cuando nació y la semilla de todo lo que hace la Marvel con sus superhéroes.

¿Y de Filmin, en concreto?
‘Inside number 9’ (2014), que también la citaba ‘The Guardian’, una serie británica brillantísima, gamberra, ocurrente, de humor negro, con episodios autoconclusivos de 25 minutos, que tienen en común que en cada uno de los capítulos pasa algo con el número 9. Van por la cuarta temporada y estrenaremos la quinta en el festival Serializados (viernes, 25 de septiembre), con coloquio posterior a cargo de su cocreador, Steve Pemberton. También ‘The Virtues’, una miniserie con un nivel de calidad técnica, artística y dramática muy potente. Y ‘Home Ground’, una ficción noruega que trata el tema del fútbol de una manera muy diferente, cuya protagonista es la primera mujer entrenadora de un club masculino, con todo lo que eso significa, y también el tema de la homosexualidad en este deporte, algo de lo que nadie habla. Si esta serie estuviera en una de esas grandes plataformas, ahora mismo todo el mundo estaría hablando de ella.

Sant Salvador de les Espases

Hace algunos años conocí Sant Salvador de les Espases gracias a un buen amigo periodista, Pere Mejías, padre del también colega Sergi Mejías, un hacha de la información motera. Pere fue una de las primeras personas que recibió un trasplante de corazón en Barcelona, en 1992. Unos meses más tarde, el gran Josep Maria Espinàs le entrevistaría en el programa ‘Personal e intransferible’ de la televisión autonómica catalana (podéis ver el vídeo en el ‘a la carta’ de TV-3). Por desgracia, Pere falleció hace 10 años, en octubre del 2009.

Pero volvamos a la excursión en sí. El nombre me atrajo desde el momento en que Pere me lo propuso: una ermita dedicada a un santo, de nombre Salvador, y con Espadas como apellido, tenía su gracia. Se encuentra en una escarpada cima, no muy alta (no llega a 500 metros), situada en el término de municipio de Esparreguera, pero accesible también desde Olesa de Montserrat, y frente por frente a las características montañas del santuario de la Moreneta y el célebre monasterio catalán.

Recordaba la ruta con cierta nostalgia y, hace unos días, decidimos repetir la excursión con mi esposa, que no conocía el lugar. Le había dado tanto la tabarra, que aceptó acompañarme. Teniendo en cuenta que la memoria falla y que los caminos cambian, sobre todo si han pasado más de 20 años de la caminata que yo recordaba con agrado, opté por llevarme un gps, ya viejillo, pero que funciona bien, y bajarme una ruta de Wikiloc, esa excelente página web donde los propios usuarios suben las caminatas que realizan y que puede consultarse de forma gratuita. Hay una aplicación para teléfonos móviles por menos de 10 euros al año, que te salva de un apuro.

Lo que sucede es que, a veces, no te bajas la ruta mejor (esta), sino la que te parece mejor (esta otra). Yo opté por la segunda, porque seguía otra anterior muy maja, y dimos un rodeo enorme, porque no me fijé que incluía otra pequeña cima, el Puig Cendrós, en una excursión circular. Fue majo, al final, pero añadimos un par de kilómetros más en ascenso a nuestras piernas, que ya no son tan jóvenes como cuando ascendí con Pere.

Salimos de un antiguo balneario, llamado la Puda (por sus aguas sulfurosas malolientes), situado a la altura del kilómetro 7 de la carretera C-55 de Olesa de Montserrat a Monistrol. Fuimos siguiendo el sendero y, siempre en ascenso, vimos con sorpresa cómo la ermita quedaba por debajo de nuestro nivel. Nos habíamos saltado un pequeño desvío, muy empinado, que nos hubiera llevado a Sant Salvador. Seguimos el camino que nos marcaba el gps y llegamos al Pla (llano) de Fideuer. Desde allí, iniciamos un ligero descenso por detrás del collado de Sant Bernart hasta llegar al collado de Bram y, desde aquí, a las escaleras talladas en piedra que ascienden hasta el pico donde se ubica la ermita.

La vista de las montañas de Montserrat, con el monasterio encajado entre ellas, es una postal magnífica. Merecía la pena el ascenso y disfrutar de la panorámica. El descenso, por el otro lado de la montaña, es más sencillo que la subida, pero tampoco es un camino de rosas. Hay que usar buen calzado de montaña, gorra y crema solar si sale un día caluroso, y llevar agua y algo para picar a la sombra de la ermita, porque los ocho y pico kilómetros de recorrido se convierten fácilmente en más de tres horas de caminata para gente mayor, como nosotros.

Los ‘Robots de cine’ de Jordi Ojeda

Estamos rodeados de robótica y no nos damos cuenta”, explica este conocido ingeniero catalán, experto en cómics, robótica y ciencia ficción. Aquí le entrevistamos para hablar de seres artificiales, reales e imaginarios, a raíz de la reciente publicación de su libro ‘Robots de cine. De María a Alita‘ (Diábolo Ediciones). Este texto ha sido publicado primeramente en el diario digital Catalunya Plural.

Jordi Ojeda (Barcelona, 1966) es de los pocos especialistas en ciencia ficción que sabe realmente de qué habla y escribe: es ingeniero industrial con un Máster en Producción Automatizada y Robótica por la Universitat Politècnica de Catalunya. Hace una década creó la empresa Rational Time, centrada en algo tan actual como la organización del tiempo de trabajo, que mantiene en standby. Responsable desde hace años del proyecto ‘Cómic, Ciencia y Tecnología‘, en el que usa la historieta como instrumento pedagógico y divulgativo, también es profesor del Departamento de Empresa de la Universitat de Barcelona y ha comisariado diversas exposiciones, las más populares, en el Salón Internacional del Cómic de Barcelona y el Sitges-Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya.

-Usted es una rareza: ingeniero, experto en gestión del tiempo y comiquero de pro. ¿De dónde sale?
-Soy hijo de emigrantes andaluces. Mi padre era albañil y mi madre, ama de casa. Currantes que han trabajado toda la vida para que sus hijos pudieran estudiar y vivir bien. De pequeño era muy buen estudiante y un día descubrí que existía la carrera de Ingeniería Industrial, una formación que me permitía dedicarme a casi cualquier cosa.

-¿La descubrió, así, sin más?
-Me gustaba la ciencia. De pequeño decía que quería ser físico. Cuando estaba en el instituto, daba clases particulares de Matemáticas y Física a otros chicos, incluso de clases superiores, lo cual suponía una pequeña fuente de ingresos. Los profesores se enteraron y mi profe de Física, con el que con el que me llevaba muy bien, me propuso acudir a unos seminarios nocturnos que él daba en la Universidad.

-¿Y eso, con sólo 15 o 16 años?
-Sí, pero aunque me esforzaba mucho, no me enteraba de nada, porque eran temas muy avanzados: Física cuántica, Teoría de la Relatividad y similares. Un día, el profe me preguntó si me lo estaba pasando bien. Le respondí que me estaba costando mucho seguirle, pero que no se preocupara, porque me iba a esforzar, con la idea de ser físico como él. Y él, que ya empezaba a ser amigo mío, me miró y me dijo que muchas gracias, pero que él no era físico, sino ingeniero industrial.

-¡Vaya chasco!
-Sí. Casi me dejó hecho polvo. Pero me explicó bien en qué consistía la carrera y donde estudiarla, y decidí que eso era lo que quería hacer. La Ingeniería Industrial de hace 30 años te permitía formarte para muchas cosas. Allí se daban las Matemáticas más difíciles después de Exactas, la Química más difícil después de Químicas y la Física más difícil después de Físicas. Te formabas de manera más generalista y te preparabas para todo lo que vendría después: ¡yo estudié Informática con cartulinas perforadas!

-No me diga…
-Yo entré en la Universidad en 1984 y me convertí en becario de la Escuela de Ingenieros en 1987, con 20 años. Anécdota: ¡yo fui quien sacó de las cajas y montó los primeros ordenadores personales que se compraron en la Universitat Politècnica (UPC)! Ahora puede parecer ridículo, pero en aquel momento, casi nadie sabía lo que era un ordenador. Incluso organizamos visitas de profesores para enseñarles qué era un PC. Pero yo tengo correo electrónico desde 1988, uno de los primeros.

-¿Cómo entraron los robots en su vida?
-En aquella época asistí a un máster de robótica que dirigía Gabriel Ferraté, que era el rector de la UPC. Entonces era el Instituto de Cibernética, que luego cambiaría de nombre. Era todo muy novedoso, con los primeros robots, las primeras computadoras industriales… Y como yo destacaba mucho, me pidieron que coordinara el máster al año siguiente. Yo soy ingeniero, especializado en organización industrial. De ahí que me interesaran los grandes proyectos de esa parcela, la automatización en general, más que la robótica.

-¿Qué leía de pequeño?
-Soy el tercero de cuatro hermanos. Mi hermana es un año menor que yo pero mis hermanos son más mayores: cuando yo tenía 10 años, ellos ya eran unos jóvenes de 18 y 23 años. De ahí que yo crecí con los cómics y libros que leían ellos y con la música que escuchaban, nos llevaban al cine… Así que toda mi vida he visto, leído y escuchado cosas que no eran las propias de mi edad. Y de todas ellas, a mí me interesaba mucho la ciencia ficción, no sólo la tecnológica, sino la sociológica, la que reflexionaba sobre sociedades del futuro, de escritores como Aldous Huxley o H. G. Wells. Entre los 12 y los 15 años, los viernes y sábados iba de ‘caza’ por las bibliotecas de Barcelona en busca de libros raros. Si me hablaban de un libro de Isaac Asimov, por ejemplo, miraba qué otros libros había escrito y dónde los podía consultar.

-¿Y su afición por los tebeos?
-Como le decía, leía muchos cómics gracias a mis hermanos, ya que no tenía dinero para comprarlos. En especial, gracias a uno de mis hermanos, que se casó muy joven, a los 20 años. Sus suegros tenían un quiosco y durante muchos años nos pasábamos la noche del viernes al sábado leyendo todas las novedades de la semana. Eso sí, a las 6 de la mañana, volvíamos a dejar todo el material bien colocado y en perfecto estado.

-¡Qué suerte!
-Pues sí. Hasta que fui a la Universidad y ya no lo podía hacer, porque tenía que estudiar. Pero yo, con 18 años, estaba al día de todos los cómics que se publicaban y vendían en los quioscos: recuerdo en especial el primer número de la revista ‘Totem”, porque en ella salían el Corto Maltés de Hugo Pratt, la Valentina de Guido Crepax, lo mejor de Moebius… ¡Espectacular! ¡Y yo sólo tenía 11 años!

-Leía gratis, pero no tenía tebeos propios…
-No. Hasta que empecé a trabajar de ingeniero y pude comprar mis propios cómics e ir haciendo mi biblioteca. Pero esas lecturas me ayudaron a tener una cultura de la que aún ahora me aprovecho. Cuando acabé la carrera, en 1990, entré a trabajar en el Institut Català de Tecnologia y me empecé a encargar especialmente de proyectos de formación y divulgación. Me interesaba cómo podía explicar mejor la ciencia para que la sociedad la entendiera mejor. Y en 1997 surgió el proyecto ‘Cómic, ciencia y tecnología’, es decir, divulgar la ciencia y la tecnología utilizando como instrumento pedagógico las historietas.

-¿Qué pensaban sus jefes?
-En aquel momento, nadie tenía ni idea de lo que estaba haciendo, porque hubieran pensado que me pasaba todo el día leyendo ‘Mortadelo y Filemón’. De los 22 años que llevo en este proyecto, salvo mi familia y amigos, hace sólo siete u ocho años que lo saben mis jefes; cuando empecé a salir en la prensa, la radio y la tele.

-¿Y le han ayudado?
-Siempre me he buscado la vida. En la UPC ha habido gente que me ha ayudado y jefes que me han puesto todas las trabas del mundo, porque no saben ni qué son los cómics ni entendían la importancia de que pudieras cautivar y animar a estudiar carreras científicas a la gente joven a partir de la lectura de los cómics. Fíjate que, en los años 60, en plena guerra fría, el Gobierno de EEUU pidió a las editoriales que introdujeran motivos científicos y tecnológicos en las historietas, sobre todo en los de superhéroes. Este fue uno de los motivos por los que Stan Lee desarrolló en Marvel personajes que eran científicos. Así, Reed Richards, el líder de los Cuatro Fantásticos, es un científico; Spiderman es estudiante de Química; IronMan es ingeniero… Cuando lees que Hulk era un físico que investigaba los rayos gamma, te interesa saber qué son.

-Pura miopía de esos jefes suyos…
-Es no ver que la cultura popular, como son los cómics, enfocados a cualquier edad, pero especialmente a los jóvenes, puede ayudar no sólo a que estudien ciencias, sino simplemente para adquirir el hábito de la lectura. Yo corrijo muchos exámenes y veo que la gente no sabe leer, no sabe escribir, no sabe expresarse. Tienen problemas de compresión lectora.

-¿Y usted cree que la historieta puede ayudar?
-Para mí, el cómic tiene cuatro usos: como una lectura, un libro de texto, temático, histórico, genérico; como recurso pedagógico, que te ayuda a explicar una lección; como plataforma para estudiar otras disciplinas artísticas, y como herramienta de comunicación, porque un dibujo te permite transmitir o expresar emociones o sentimientos.

-Volvamos al proyecto ‘Cómic, ciencia y tecnología’.
-Surgió en 1996 tras una charla sobre el tema a cargo de Francesc Solé Parellada, un catedrático de Economía que es un gran amante y coleccionista de cómics, a la que únicamente asistí yo. Solé, que había sido profesor mío, me invitó a ir a su casa para enseñarme los cómics que tenía. Fui a su casa y aluciné con su colección. ¡Brutal! Yo le propuse hacer un libro entre ambos con toda aquella documentación.

-No recuerdo un libro suyo así…
-No, no, espera. Como aquello era un trabajo colosal (íbamos con fotocopias, no había ordenadores), le propuse a Solé cambiar el proyecto de libro por algo más sencillo, como una exposición. Y podíamos convencer a algunas instituciones para que nos ayudaran, como el Col·legi d’Enginyers Industrials, la UPC y el Institut Català de Tecnologia. Y en 1997 expusimos en la UPC, en la que sería la última muestra exhibida en su sala de exposiciones.

-¡De esa exposición sí que me acuerdo!
-Sí, porque al año siguiente, en 1998, estuvo en el Salón del Cómic, y viajó a siete u ocho sitios más de Catalunya, casi siempre acompañada de una conferencia que daba yo. Y después, estuvo en Pamplona, Logroño, Madrid, Castellón, Valencia… 25 lugares diferentes hasta el año 2006 o 2007.

-También ha organizado otras muestras…
-Cuando llevamos la expo a Cantabria, en 2006, entre los asistentes se encontraba el responsable de cultura del Puerto de Santander, y nos propuso un proyecto en el que explicáramos la contribución de los puertos al desarrollo histórico, económico y sociológico de los territorios y ciudades donde había. Y este sería el germen de ‘Cómics a puerto’ y ‘Faros de papel’. Del 2007 al 2011 me dediqué a este proyecto, del que salieron exposiciones, libros, conferencias, artículos, congresos.

-Y luego llegaron los robots…
-En el 2011, Carles Santamaría, director del Salón Internacional del Cómic de Barcelona, me pidió organizar una gran exposición central sobre los robots en el mundo del cómic, que se acabaría titulando ‘Robots en su tinta‘. Acepté con la condición de que el marco no fuera únicamente la historieta, porque los robots en la ficción surgen especialmente de la literatura y se han hecho muy populares en el cine y la televisión, pero son residuales en el cómic. Estuve trabajando en ello todo un año y la exposición se inauguró en la edición 30ª del salón, en el 2012, año que superó por primera vez los 100.000 asistentes. Fue un espectáculo, la mayor exposición sobre robótica que se había hecho en España hasta ese momento.

-Y fue el germen de más exposiciones sobre robots.
-Sí, a raíz de ‘Robots en su tinta’, realicé la exposición ‘Robots de película: de María a Eva’. Ambas son el germen de mi libro, junto a una tercera, pendiente de montaje, que se exhibirá en el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología (MUNCYT) de Alcobendas (Madrid) a lo largo de 2020. Es un proyecto que inicié en el 2017, pero que tiene ocho años de investigación y trabajo detrás, desde el 2011. Y que, al retrasarse su puesta en marcha, me ha permitido trasladar el trabajo de investigación realizado a este libro.

-¿Todo sobre robots?
-En realidad, sobre el ser artificial. No me podía referir solo a robots como R2D2 y C3PO, de ‘La guerra de las galaxias’, sino que tenía que hablar del tema de forma global. Por ello, empiezo por los autómatas del siglo XVIII y la literatura de ciencia ficción y seres artificiales del siglo XIX (la palabra androide se inventa en una novela francesa). Ya en el siglo XX paso por el teatro, donde se inventó la palabra robot (aunque referida al ‘trabajo esclavo’) en una obra de Karel Capek, en 1921, y el cine, con la María de ‘Metrópolis’, así como la literatura de Isaac Asimov. Hasta los años 80 hablo de robótica de forma cronológica, pero después hablo también de cíborgs, exoesqueletos, drones, la realidad aumentada…

-¿Para usted, cuál es ese primer ser artificial?
-El que marca el inicio de la ciencia ficción moderna es la criatura de Frankenstein en 1818, el primer robot biológico, porque tal y como aparece en la novela de Mary Shelley, se crea a partir de trozos de varios cadáveres. Fíjate que en ‘Avatar’ (2009), una película tan interesante como taquillera, los cuerpo azules de los na’vi que usan los protagonistas no dejan de ser unas fundas con el cerebro de esos humanos. En el fondo, son robots biológicos.

-¿Están todas las películas del género?
-No. El libro no es completista, sino que destaco las películas que yo creo que son interesantes para el lector con una serie de salvedades: no salen muchos títulos orientales ni de animación porque es probable que escriba una segunda parte sobre el cine asiático y el anime japonés. Como no se trata de un encargo, utilizo un lenguaje divulgativo para todos los públicos. Y lo he dividido en muchos capítulos para facilitar su lectura y consulta posterior.

-En el libro hay títulos buenos y otros, más regulares.
-Es que no hago crítica de cine, sino que hablo de robots de película. Podría estar todo un día hablando de ‘2001’ (de hecho, el año pasado impartí un curso de 20 horas sobre esta película de Kubrick), pero en el libro sólo hablo de HAL.

-El prólogo lo firma Kike Maíllo, el director de las películas ‘Eva’ y ‘Toro’.
-Cuando Kike estaba a punto de estrenar ‘Eva’ en el Festival de Sitges del 2011, yo era jurado en aquella edición. Nos conocemos y hemos ido coincidiendo en diferentes conferencias y presentaciones. Le comenté lo del libro, le envié el texto y me dijo que le había gustado mucho y que no tenía ningún problema en escribir el prólogo. Que lo haya hecho le da una pátina de calidad, de que haya confiado en mi. También fue importante para el editor y para la promoción del libro, claro.

-¿Podemos sacar alguna conclusión de su libro?
-Que cada vez más estamos rodeados de robótica y no nos damos cuenta. Mira tu móvil: funciona con inteligencia artificial. Por eso, este no es solo un libro sobre robots en el cine, sino una reflexión sobre tecnología y el concepto de criatura artificial. Todo nuestro entorno, hasta nuestro ocio, tiene relación con la robótica. Es fácil imaginar que dentro de unos años podamos hacer una réplica de nuestro cerebro y tener una copia de seguridad en internet. O podríamos tener una impresión en 3D de nuestro cuerpo, una funda, como en ‘Avatar’. Pues quizá esto ocurra dentro de 20, 50 o 100 años. Y todo esto, en la ficción, ya lo ha plasmado alguien de alguna manera, como Richard K. Morgan, en ‘Altered Carbon’ (2002) y que Netflix ha convertido en serie (2018).

Islas Feroe, la Ítaca del norte de Carles Puigdemont

Carles Puigdemont, durante la gira del mes de octubre. | Foto: Viquipèdia

En su gira de hace unos meses por diferentes países, Carles Puigdemont intervino en una conferencia internacional en las Islas Feroe para hablar de autodeterminación y del ‘procés’ catalán, siendo recibido por varias autoridades feroesas, que le hicieron causa común. Quizá por todo ello, el ‘ex-president’ debió pensar en la existencia de ciertas similitudes entre Catalunya y esa Ítaca del norte, que también visitará la selección española de fútbol a primeros de junio. Este reportaje ha sido publicado inicialmente en el diario digital Catalunya Plural.

Fue en octubre pasado cuando el ‘expresident’ de la Generalitat visitó las Feroe, un archipiélago perdido en el oceáno Atlántico norte, a medio camino entre Noruega e Islandia, que se ha empezado a poner de moda como destino turístico. Se trata de un pequeño paraíso verde formado por 18 islas montañosas, con mucha hierba pero sin un árbol, donde disfrutan tanto los senderistas como los amantes de la naturaleza y de los pájaros marinos. Es un país autónomo dentro del Reino de Dinamarca.

De estas ‘islas de los corderos’ (traducción de su nombre, Føroyar o Færøerne, en danés), donde casi hay más ovejas que personas, poco se sabía hasta hace poco, salvo por las goleadas que suele sufrir su selección de fútbol de tanto en tanto, y eso que ha tenido seleccionadores tan destacables como Allan Simonsen, a finales de los años 90 y, actualmente, Lars Olsen, uno de jugadores que ganó la Eurocopa 92 con Dinamarca.

Føroyar o las islas de los corderos. Aquí, en Klaksvík, segunda ciudad del archipiélago | Foto: Txerra Cirbián

El combinado de Luis Enrique, que vuelve a visitar el archipiélago donde fue autor del primer gol de la Roja en un encuentro celebrado en septiembre de 1996 y en que los españoles les endosaron un 2-6 a los feroeses, tiene una cita el próximo día 7 de junio en partido clasificatorio para la Eurocopa 2020. Un buen momento para viajar a estas islas, que tienen poco más de 50.000 habitantes, de los que casi un 40% reside en el área urbana de la capital, Tórshavn.

Aún bastante virgen para el turismo de masas (como otros países nórdicos, no son nada baratas y usan la corona danesa como moneda), hay muy pocas agencias de viajes especializadas en ellas, como Boreal Travel y Tierras Polares, que acostumbran a incluirlas junto a Islandia, Groenlandia y Noruega, más de moda. Tampoco hay guías específicas en castellano, que las suelen incluir dentro de las dedicadas a los países nórdicos, dentro del apartado danés

Pues bien, este escenario salvaje, lleno de acantilados y donde el viento y la lluvia campan a sus anchas, fue el elegido por Carles Puigdemont para una conferencia, el pasado mes de octubre. 

Había sido invitado por el Partido Republicano (Tjóðveldi), una formación de izquierdas independentista, tercera fuerza política del país desde las elecciones generales de 2015. Forma parte del Gobierno tripartito de coalición, junto con el Partido Socialdemócrata (mayoritario) y el Partido Progresista.

Eso sí, Puigdemont fue recibido por el viceprimer ministro de las islas, Høgni Hoydal, el titular de Exteriores, Poul Michelsen, y el presidente del Parlamento, Páll á Reynatúgvu. El tuit de Josep Lluís Alay daba fe.

Pero, ¿es comparable la situación feroesa con la de Catalunya? Aparentemente no. El grado de autonomía es enorme, pero también hay una parte de la población que piensa en la idea de ser independientes, de la misma forma que un amplio porcentaje de catalanes. Las Feroe no pertenecen a la Unión Europea por deseo propio: “Decidieron no entrar, al contrario que Dinamarca, en 1973”, recuerdan. No hay que olvidar que su política pesquera, base de su economía, causa polémica debido a las periódicas matanzas de ballenas piloto que pasan por sus aguas. Una tradición que los feroeses se niegan a abandonar.

La población feroesa vive bien dentro de Dinamarca y su autonomía es tan amplia que únicamente tiene unos poco límites: “Según la Ley de Gobierno Local (1948) y la Ley de Transferencia de Competencias (2005), las autoridades de las Feroe tienen las competencias en casi todas las áreas que regulan el día a día de los ciudadanos feroeses y tienen la posibilidad de obtener más competencias progresivamente cuando lo deseen, salvo en áreas como la gestión del Estado, ciudadanía, la Corte Suprema, política exterior, de seguridad, de defensa y monetaria”, explican desde la embajada danesa en Madrid.

Edificio del Gobierno feroés, en la capital, Torshavn. | Foto: Txerra Cirbián

¿Cómo se ve esto desde el archipiélago? Un portavoz del Ejecutivo feroés, que prefiere no ser citado directamente, asegura: “Por mi conocimiento de la situación en Catalunya, no creo que nuestra situación política sea comparable”.

Y se refiere a varios aspectos de la actual Constitución feroesa: “Desde 1948, las Islas Feroe han asumido la responsabilidad legislativa y administrativa de una amplia gama de áreas, incluyendo la conservación y gestión de los recursos marinos, la protección del medio ambiente, los recursos del subsuelo, las relaciones comerciales externas, la política financiera, la regulación empresarial, los impuestos y aduanas, la energía, transportes y comunicaciones, la preparación para emergencias, la seguridad social, la cultura, la educación y la investigación”.

Para el Ejecutivo danés sigue siendo muy importante mantener su unión con las Islas Feroe y Groenlandia. El primer ministro de Dinamarca, Lars Løkke Rasmussen, lo ha dicho repetidas veces: “Nuestro Gobierno promueve una colaboración moderna y constructiva donde se pueda profundizar aún más en temas de interés mutuo, respetando siempre la diversidad en las diferentes partes del reino de Dinamarca.”

El primer ministro de Dinamarca, Lars Løkke Rasmussen.

Eso sí, el Gobierno danés respeta el deseo de ambos de tener sus propias constituciones, pero al mismo tiempo — subrayan las mismas fuentes– estas constituciones (incluido el derecho a una potencial independencia) tienen que “caber dentro del marco del reino y no pueden crear inseguridad sobre el estatus constitucional de las Islas Feroe y Groenlandia” dentro de Dinamarca.

Como se ve, la cuestión de una posible independencia también les preocupa: “Es un tema que se decidiría por los pueblos de las Islas Feroe y Groenlandia. El Ejecutivo danés respetaría tal decisión, pero también la lamentaría. Nuestro Gobierno respeta la visión de tener un estado independiente, pero aunque Dinamarca sea un estado soberano, cada vez es más dependiente del mundo que le rodea y el Gobierno está convencido de que Dinamarca, las Islas Feroe y Groenlandia, también en el futuro, serán mucho más fuertes juntos que cada uno por separado”.

Imagen del puerto de Torshavn, capital de las islas Feroe. | Foto: Txerra Cirbián

Como casi siempre, y en esto Catalunya no es una excepción, las relaciones económicas entre el centro de poder, en Dinamarca, y la periferia, las Islas Feroe y Groenlandia, marcarán las relaciones. Cuanto más dinero fluya desde la metrópoli (las cantidades destinadas parecen haber disminuido) y mejor sea la situación en esos territorios, menos subirán las ansias independentistas de sus ciudadanos.

Lo cierto es que el referéndum constitucional que estaba previsto para el año 2018 y que debía incluir la posibilidad de la autodeterminación de las Islas Feroe está aplazado ‘sine die’. “El Gobierno actual ha estado en el poder durante casi cuatro años y es el mismo Ejecutivo que quiso celebrar el referéndum, pero este se ha ido posponiendo varias veces y se ha retirado de la mesa. Está previsto que haya nuevas elecciones generales en septiembre de este año, como muy tarde”, señalan. Como en el caso catalán y español, los comicios dibujarán el nuevo panorama.

Entrevista con Rosa Ribas

Nacida en El Prat de Llobregat, cosecha de 1963, y afincada en Frankfurt desde 1991, Rosa Ribas es una de esas escritoras catalanas que escribe en castellano y que, a la chita callando, se ha labrado una trayectoria novelística en la que destaca una tetralogía policiaca ambientada en Alemania y una trilogía donde lo policial, lo periodístico y lo social cristalizan en la Barcelona de los años 50. Los temas de la identidad y la emigración están presentes en toda su obra. También es columnista en ‘El Periódico de Catalunya’. Esta entrevista, en formato reducido, la he publicado recientemente en el diario digital Catalunya Plural. Ese texto más corto es el que he mantenido en la versión catalana de esta misma entrada.

¿Qué le hizo emigrar a Alemania?

Yo había estudiado Hispánicas  en la Central de la Universitat de Barcelona y estaba trabajando en institutos, dando clases, que es lo que generalmente hacen los filólogos, a la espera de obtener plaza fija. Me surgió la oportunidad de ir a Alemania gracias a una chica alemana que había hecho un Erasmus aquí y se volvía a su país. Y yo quería ver mundo antes de sacar las oposiciones y ser profesora de instituto, porque me entró un agobio al pensar que toda mi vida ya estaba trazada. Fue algo claustrofóbico. Como me interesaba la cultura alemana, pensé que estaba bien ir a Berlín, estar un año, aprender el idioma y su cultura, y después ya veríamos, antes de meterme en la jaula…

Al menos tenía un contacto para no ir perdida.

Sí, tenía esa amiga, Eva, que también era filóloga, una hispanista que habla un español excelente. Pues resulta que un día me dice que sus padres tenían en Kassel, una ciudad de provincias en el centro de Alemania, una pequeña editorial especializada en teatro barroco español, la más prestigiosa en la obra de Calderón de la Barca. Y me invitó a acompañarla. Allí me presentó a su hermano, Klaus, que vivía en Frankfurt, y ya llevo 27 años con él.

¡Amor a primera vista!

Absolutamente. Pero, claro, es que es una familia de hispanófilos total. Mi suegro, Kurt, que murió hace 10 años, era un gran conocedor de la obra de Calderón, había editado los autos sacramentales completos y publican ediciones críticas. Ahora es Eva quien lleva la editorial de mis suegros, junto con su marido, que es español. Y ambos tienen un tercer hermano, que vive en Bilbao, está casado con una vasca y habla euskera perfectamente.

¡Impresionante!

Nunca pensé que iba a caer en medio de esta familia alemana, absolutamente apasionada de la cultura hispánica y de nuestra época barroca. Cuando Klaus me presentó a sus padres, creo que mi suegro debió pensar «a esta nos la quedamos». Así, cuando iba a Kassel, tenía una pila de textos para corregir, porque él escribía un español maravilloso, pero le gustaba que le diera una última revisión. Y mi suegra, que ahora ya es muy mayor y está en una residencia, es una experta en las ediciones de Lope de Vega.

¿Y una editorial así puede sobrevivir?

Llevan más de 30 años en el sector y tienen más de 500 títulos publicados. Exportan mucho a España, a Latinoamérica, a universidades de EEUU, y hacen ediciones pensadas para bibliotecas, de tapa dura y cosido, porque son unos libros que van a ser muy usados, muy manejados. Son muy buenas ediciones.

¿Cómo empezó a escribir novela?

A mi suegro, que era renano,  más carnavalero y barroco que mi suegra (más prusiana), le agradaba contar historias mientras comíamos. Un día nos explicó un descubrimiento que había hecho: un cuadro, que está en El Prado, cuya historia es fascinante [se refiere a ‘Degollación de San Juan Bautista y banquete de Herodes’]. Le dije si podía usarla y de ahí salió ‘El pintor de Flandes’ (2006), una novela histórica que fue mi primer libro publicado, aunque yo había escrito otro, que no se editará nunca, porque es malísimo, aunque fue muy terapéutico…

Explíquese…

Sí. La escribí mientras trabajaba en el departamento de Románicas de la Universidad de Heilbronn, que era muy pequeñito. Llevaba 10 años viendo a la misma gente y, a veces, conoces a individuos de esos de los que piensas en qué bien si se cayera por unas escaleras… Bueno, mejor que no; mejor que escribas una novela policiaca en la que un profesor que viene de visita de Barcelona se carga al tipo ese y tal… Y así, medio en coña, empecé a escribir esa historia, que era muy mala, pero que a mí me sirvió para recordarme que lo que yo había querido ser siempre era ser escritora.

¿Pero usted ya había escrito antes?

Siempre había escrito, pero nunca me había atrevido a publicar nada ni a enseñar nada. Terminé esa policiaca y vi que era capaz de escribir una historia de 300 páginas. Pero de esa gran montaña de papeles, que no publiqué, nacería la comisaria Cornelia Weber-Tejedor. Como el protagonista era un profesor español que estaba en Frankfurt, necesitaba un personaje binacional, que hablara los dos idiomas. Y así nació Cornelia como personaje secundario, hasta que, más tarde, empecé a escribir novela policiaca.

¿Cómo fue recibido ‘El pintor de Flandes’?

Yo era una autora desconocida, con lo que tuvo una recepción limitada, pero me abrió las puertas. Me publicaron muy rápido, porque la editorial tenía un hueco en el catálogo, y curiosamente, a posteriori, es la novela mía con más ediciones: desde el 2006, ha salido en tapa dura, en bolsillo, en Planeta, en Random House y cinco ediciones de quiosco, porque me la compraron El País y El Periódico… Es una campeona.

En esa novela también existen luchas políticas intestinas.

Era el paradigma de la lucha entre la vieja política y la nueva: la del conde de Olivares, más tradicional, la de la corrupción y el mangoneo, frente a la del conde de Villamediana, más moderna. Bueno, esta es mi interpretación de los personajes. Este último, que pertenecía a la familia Tassis, que dominaba el correo en toda Europa, era el que manejaba y tenía la información, sabía todo lo que pasaba y jugaba esa baza. En el fondo, es como ahora: quien tiene la información, tiene el control. Como pasa en internet: saber cosas de la gente, vale más que su dinero.  Mira el comisario Villarejo…

Bueno… saca a la luz muchos trapos sucios, pero no pasa nada, no dimite nadie…

Sí, parece como si estuviéramos cauterizados: ya no nos choca nada, no nos afecta nada…

¿Cómo se definiría usted como escritora?

Yo soy autora de trama. Me gusta que pasen cosas. Me gusta la novela con historia. Una trama necesita una estructura, saber a dónde va, una curva dramática, llegar al lector, engancharle con lo más elemental de la narración, que es un qué pasó. Me gustan los finales fuertes, personajes potentes, aunque sean despreciables, como el Tom Ripley de Patricia Highsmith.

¿Cómo pasó del género histórico al policiaco?

De hecho, aquella mi primera novela fallida ya era policiaca.

Sí, sí, perdone. Me refiero a ‘Entre dos aguas’ (2007), claro.

Esta segunda novela policiaca mía nació de una imagen. Yo iba en el autobús y vi algo, como un cuerpo, flotando en el Meno, el río que cruza Frankfurt. Fue entonces cuando imaginé esa parte de la historia y hasta el nombre de ese personaje asesinado: se llamaría Marcelino Soto, un español que emigró a Alemania en los años 60. Y pensé las dos preguntas que sirven para iniciar una novela policiaca: quién lo mató y por qué.

El tema de la emigración, que a usted tanto le tira…

Es que me interesa mucho el tema de la identidad. Yo he trabajado en la Universidad con muchos chicos hijos de emigrantes. En Frankfurt somos extranjeros un tercio de la población. Y se dan las mezclas más curiosas que se pueden encontrar. Fue entonces cuando, de pronto, pensé en retomar a aquella comisaria hispano-alemana de segunda generación y que investiga quién mató a un emigrante de los que hicieron el proceso de la emigración dura, la de quienes viajaron en los trenes borregueros de la época y que nunca se han planteado la cuestión de si son españoles. Son los hijos de estos últimos, los que ya nacieron allí, quienes se mueven entre dos culturas. Son muy interesantes. Y aunque no quieran, se ven enfrentados a la pregunta de quién eres. Cómo se posicionan, a veces entre hermanos, uno más alemán y otro más griego, turco o italiano, por ejemplo. Yo no me había cuestionado ni preocupado de todo esto hasta llegar a Alemania. Y lo volqué en esta novela en el personaje de Cornelia. Esta, al principio, se presenta a sí misma como policía alemana, pero poco a poco se le revuelve su interior y no puede negar que le afecta también la parte española, la que representa su madre.

Pues ya lleva cuatro historias con el personaje…

En realidad sólo quería escribir una novela. Pero me enamoro de los personajes y pensé que tenía que acompañarla un poco más.

¿Habrá alguna aventura más de la inspectora?

De las novelas que no están hechas, nunca hablo. No, no, no.

¿Pero habrá más casos?

Ah, sí, sí. Voy a escribir más, pero no de momento. Escribir de Cornelia me gusta mucho, porque es como volver a casa. Tomas a este personaje, con el que llevas cuatro novelas, conoces a su familia, a todos sus amigos; conoces su barrio… Pero, por otro lado, se me van ocurriendo otras muchas cosas. Y como las novelas de Cornelia ya las sé hacer, prefiero escribir algo nuevo. 

¿Quién se parecería más a usted: la inspectora Weber-Tejedor o la periodista Ana Martí?[el personaje protagonista de su trilogía ambientada en los años 50]

En realidad, yo sería más ‘La detective miope’.

¿Lo dice por su miopía?

Y por muchas cosas más. A veces me dicen que tengo cosas de Cornelia, de Ana, de Beatriz… En realidad, todos los personajes tienen algo de ti. Pero, si me preguntan al que más quiero, es a esa loca, Irene Ricart, la protagonista de ‘La detective miope’: es la que más se parece a mí. Pero, en efecto, tengo 25 dioptrías en cada ojo. Me operaron y llevo unas lentes intraoculares. Pero no deja de crecer, aunque sea despacito.

Hábleme de esa novela, que pronto será adaptada al cine.

Es una novela que escribí con una alegría como nunca he escrito nada antes. Salió de mis cuadernos, de cosas que siempre apunto: un reportaje sobre una granja de arañas en Arizona; otro sobre el origen del vals vienés como música nacional hawaiana… Quedé fascinada, sobre todo por unas viejas fotos de príncipes y princesas maorís, con sus ropas maravillosas, sus trajes tipo Sissi, sus bandas, sus tirantes, sus faldas. Todo ello estaba en mi libreta. Y no recuerdo el momento exacto, quizá el día en que fui al oculista y me dijo que tenía otra dioptría más, cuando se me ocurrió la historia de una detective privada cuyo marido, mosso d’esquadra, e hija de 10 años han sido asesinados.

Una historia de venganza, pues…

Me gustan mucho las historias de venganza. Encontré, además, una voz en primera persona, que no había utilizado otras veces, y la trama salió sola. Tenía mi planificación, claro, pero todo fue saliendo de forma muy fluida. Tenía los casos y cómo los resuelve. Y había leído algo sobre la hipótesis de los  seis grados de separación…

¿Alguna anécdota en especial?

Una muy divertida. En la historia, puse un caso que se desarrolla en El Prat y en el que sale mi hermana como una mujer que pasea a su perro. Pues cuando se publicó el libro, mi hermana me dijo que no sabía la que había liado. Hay un personaje que piensa que es el fruto de un supuesto lío entre su madre y un hombre negro, y los vecinos estaban dándole vueltas y buscando  si me refería a un empleado del Banco de Sabadell o al de La Caixa, cuando era todo inventado.

En todo caso, parece una policiaca atípica.

Tienes todos los elementos de una novela negra, pero lo importante ella, su proceso, su locura, su miopía metafórica. Yo diría que es una tragicomedia melancólica, con personajes muy disparatados y, al mismo tiempo, muy humanos y tristes. Son personajes que viven sus obsesiones que, si te los miras de cerca, son muy raritos, unos frikis.

Me recuerda las historias de los hermanos Cohen.

Sí, sí, es muy ‘Fargo’, una película maravillosa, con momentos de gran brutalidad y sordidez, pero también es muy divertida. Me gustan ese tipo de historias. Por eso te decía que esta es mi novela favorita, con todos sus defectos.

Hábleme de su colaboración con Sabine Hoffman en la trilogía de Ana Martí.

Yo ya había escrito un par de ‘Cornelias’ cuando entre varios hicimos un librito-homenaje a una amiga muy querida que dejaba de la universidad, una profesora auxiliar a la que no se le renovó el contrato después de 15 o 20 años dando clase. Cada uno escribía lo que quería: poemas; relatos, ensayos… Yo estaba entonces dando un seminario sobre la gramática de Antonio de Nebrija junto con Sabine Hoffman, una filóloga doctorada en francés y español, y decidimos escribirle un relato de ficción a cuatro manos. Un cuento de unas 20 páginas en el que nos divertimos mucho y que nos llevó a pensar en hacer algo juntas con más empaque. Yo llevaba mucho tiempo con ganas de escribir una novela donde la filología, el conocimiento, la lengua y la literatura estuvieran en primer plano, y se lo comenté a Sabine. Queríamos que el protagonista fuera una mujer y fuimos ajustando el periodo hasta llegar a los años 50, que me parecía la época más interesante, la de los silencios, la de la juventud de mis padres. Y en la España de Congreso Eucarístico Internacional, que tuvo lugar en Barcelona en 1952, cuando se hizo una limpieza de pobres y delincuentes que fueron a la cárcel para que no se viera la miseria de la ciudad. Iba a ser solo una novela y con Sabine, que no había escrito aún ninguna, compartimos todo el proceso de aprendizaje. Nos documentamos e hicimos juntas el esquema, que era mucho más embrollado que mis obras anteriores. Cada una iba a escribir en su idioma, algo que deja muchos costurones en una novela. Así que decidimos que habría muchos personajes con una perspectiva propia. Y los capítulos nos los repartimos de forma que cada una tenía un paquete de personajes.

¿Cuáles, cada una?

Eso no lo decimos nunca [sonríe]. Teníamos cada una nuestros personajes y comentábamos: esto que está pasando, ¿qué personaje está en la mejor posición para contarlo? Pues esto, mejor que lo cuente Ana, y esto otro, Beatriz, y aquello, el inspector Castro… Así podía pasar que yo escribiera tres capítulos seguidos y luego fuera Sabine. Buscábamos fotos: a ver, qué pinta puede tener Castro. Mirábamos imágenes hasta que encontrábamos al personaje. Por deformación profesional, casi todas las fotos eran de escritores, que no saben que su alter ego era el poli facha [ríe]. Mira: esta es nuestra Ana Martí [y Ribas muestra una foto en su móvil]. Físicamente sería como mi tía Anna a los 18 años. Era guapísima, y ahora sigue siéndolo con 65 años. Y así fuimos trabajando. Cada tantos capítulos, nos los enviábamos. La una los leía, revisaba, corregía y se lo devolvía a la otra. ¡¡Y me pillaba unos rebotes!! La parte teórica es más fácil, pero la parte de escritura es muy personal y discutíamos. Pero al final llegábamos a un consenso.

¿Y el acabado final, el estilo?

Una vez redactado el manuscrito completo, yo traduje todos los capítulos al castellano y Sabine, al alemán.  No sé si sabes que la mirada del traductor es la más hipercrítica, la más inclemente. Lo ven todo. Leen la novela globalmente y luego, frase a frase. Los textos de Sabine pasaban ya no por mi mirada de escritora, sino de traductora. Y al revés. Finalmente, después de la edición y traducción, tuvimos una última s fase de pulido, que era donde eliminábamos el rastro de la otra: Sabine no existía como escritora en castellano y ella era la responsable única de la versión alemana, donde tenía que poner un poco más de información muy sutil para que un alemán pudiera entender cosas de aquella época. Una vez hecho esto, mandamos el libro a nuestro agente. Hubiera sido muy poético que se hubiera editado a la vez en España y Alemania, pero ahí es donde ves cómo funciona la industria editorial en un país y el otro. Siruela compró la obra en castellano y, como les gustó mucho, incluso adelantó su fecha de salida. En alemán lo adquirió Rowohlt, que dijo que la publicaría en año y medio, porque sus catálogos y programas ya estaban hechos.

Deben ser ustedes un caso único…

Sí. Somos las únicas que trabajamos a cuatro manos en dos idiomas. Y la única en novela policiaca, que es muy estructurada. 

Curiosamente, después de hacer debutar a Ana Martí como periodista de La Vanguardia, en ‘El gran frío’ se la lleva al Maestrazgo, para escribir un reportaje sobre una niña con estigmas para  ‘El Caso’.

‘Don de lenguas’ funcionó muy bien y rápidamente se planteó hacer una trilogía, y la editorial nos animó a hacerlo. No quisimos repetir la fórmula y nos llevamos a Ana fuera de Barcelona y la dejamos sola en un pueblo perdido de Castellón. Mis abuelos son de allí, así que me lo conozco bien. La metes en un caso totalmente diferente y la usas como única voz narradora, salvo los incisos de un chico, algo así como el tonto del pueblo, que tiene un discurso muy limitado, pero que es el que te está contando lo que realmente pasa en el lugar. Ese era el desafío. Y también cambiamos de técnica, porque la novela anterior nos llevó tres años y medio.

Yo la veo casi como una novela de terror, en un lugar aislado por la nieve, como pasaba en la película ‘El resplandor’ de Kubrick.

Sí. Y me gustó mucho hacerlo. Las escenas donde ella está sola en esa casa, en ese pueblo del que no puede salir, procedían de otra novela que al final no escribí. La idea del pueblo aislado es el terror, directamente. Estás encerrado y no puedes salir. Y eres la forastera, a la que todos miran, la que igual va a romper la fea paz que tienen, en ese pueblo de estructura medieval, donde sigue existiendo cierto feudalismo… En la tercera volvimos a cambiar de estilo, con Ana y Castro como voces y Beatriz que pone el bajo melancólico, el que dice es la última, nos estamos despidiendo. Y un epilogo para cerrar. Las tres novelas son diferentes.

¿Tuvo menos éxito la segunda que la primera?

Con perspectiva, para mí la segunda es la mejor, literariamente. Y si nos fiamos de la recepción, de los comentarios críticos, es la más intensa, la mejor de las tres, la más oscura, la más dura y terrible. La primera sorprendió mucho, por las dos mujeres, por la filología. Fue la introducción. La segunda es la mejor novela, la que tiene más críticas positivas. Y ‘Azul marino’, la tercera, es quizá la que tienen un trabajo más denso estructuralmente y es la más melancólica. Recibió menos atención. En una serie vas teniendo una pérdida de lectores.

¿Se han acabado las aventuras de Ana Martí?

Sí. Es que dijimos siempre que era una trilogía. En la primera era una joven a la que habíamos hecho periodista y no la íbamos a dejar así. Tenía mucho recorrido y lo que importaba era su evolución. La novatilla que tiene su gran oportunidad en ‘La Vanguardia’. Como ha sido tan buena, la echan, se va a ‘El Caso’ y la endosas el reportaje más feo y duro. Y en la tercera es una periodista más experimentada y también un poco desilusionada, porque ha tocado techo. Por eso en el epílogo final dejamos al lector con la idea de qué va a ser de ellas. Ana sería ahora una señora de más de 80 años.

¿Quizá escritora?

Puede que sí. Cuando hice la promoción de esta novela, un periodista que me entrevistó me dijo algo muy bonito: que se imaginaba a Ana Martí pronunciando el pregón de la Mercè. Y pensé: mira, Ana Martí está viva. Cuando te dicen algo así, te la imaginas. Pero, claro, es dejar al lector que se haga su película, se las imagine y piense en las vidas de los personajes. También he de decir que escribir a cuatro manos es muy cansado. Es mucho más trabajo.

¿Que diría Ana Martí de lo que pasa ahora en la prensa?

Quien ha tenido un recorrido como el suyo, seguro que escribiría otra vez. Sería una instancia moral, una voz respetada que dice lo que ve.

¿Esta Ana Martí sería unionista, federalista, independentista?

Ana Martí es demasiado inteligente: es federalista.

En ‘Pensión Leonardo’ cambió de nuevo de época.

Si, a los años 60. Mi idea era retomar historias familiares. Mis abuelos tuvieron una pensión en El Prat, aunque yo no la llegué a ver, que era punto de llegada de muchos emigrantes que llegaban para trabajar en La Seda, en la Papelera. Era una pensión solo de hombres. Y debajo estaba la taberna. Siempre me ha interesado el tema del desarraigado, que se mueve en una cultura ajena. Es un contínuum en todas mis novelas. Y a través de la niña protagonista descubrimos cómo era la España de esa época. Es una de mis novelas favoritas.

¿Ya ha acabado alguna novela más?

Es una historia familiar, de las que me gustan, en la que también he incluido una trama policial, pero esta vez en segundo plano. No habrá muertos, pero sí misterios y secretos. Acabo de entregarla a la editorial.

¿Cómo ve el momento actual, con el creciente voto a la ultraderecha, como en Andalucía?

Cuando veo como está el patio, me acuerdo de un artículo de Juan Goytisolo de hace muchos años, en El País [‘¡Quién te ha visto y quién te ve!’], en el que hablaba  sobre nuestra desmemoria. Hemos sido un pueblo de emigrantes, y durante los pocos años que fuimos ricos, y éramos los que decidíamos, nos volvimos tan asquerosos  como los nuevos ricos. Goytisolo hablaba de El Ejido, de la xenofobia y el racismo. Después de un tiempo en que eso parecía olvidado, hemos vuelto a ser asquerosos e insolidarios. Y eso se hace cultivando y regando el miedo de la gente a perder las cosas, a pensar que te lo van a quitar todo, cuando olvidan lo que ha significado para muchos lo que ha sido la emigración, que la gente no se va de sus países ni por gusto ni por joder a nadie. Se van porque están muy mal.

Como quienes emigraron a Alemania…

Nosotros ya hemos pasado esto. Quién no tiene un pariente que tuvo que emigrar a Alemania, a Francia, a Suiza… Parece que no aprendemos. Y esto lo ves incluso en los emigrantes de primera generación. En la primera novela de Cornelia, hay un momento en el que la madre, que es una emigrante, que las ha pasado putas, llega a decir “y esta gente, ¿a qué ha venido aquí?” Viene a decir eso de “no cabemos más”, “no son como nosotros”. Somos así de brutos y muy fáciles de sugestionar por el miedo. De ahí el auge de la ultraderecha. Alemania es el país de Europa que más emigración recibe y que necesita gente que vaya allí a trabajar y también porque su población autóctona está envejeciendo. Pues, pese a ello, se oye eso de “nos van a quitar el trabajo”. Pero si les necesitamos… Y lo más triste es que donde más racismo hay es en los estados con menos emigración, como Sajonia, donde había un porcentaje muy bajo de emigrantes. Es un miedo creado artificialmente  a base de que “todos son delincuentes” o “maltratan a sus mujeres”. En Alemania, en efecto, también hay violencia doméstica, pero la mayoría de los agresores son alemanes;  el machismo está en todas las clases sociales. Pero es el discurso que criminaliza a los emigrantes y que está ganando adeptos cada día que pasa. Esa gente es muy crédula, muy cateta… porque, en el fondo, es un problema de falta de cultura. Si a eso le sumas la crisis económica y la desinformación, y la gente cae de patitas.

¿Y la situación actual en Catalunya?

Me apena mucho. Cuando pasó todo, pensé que peor no podía ir y que ahora la gente entraría en razón. Pero ya ves. Hay tantos errores, uno detrás de otro, y por todas las partes, y todo es tan visceral e irracional que llega hasta niveles de lo absurdo. Y cuando vives fuera piensas que todo es tan insignificante, tan micromundo… es un tema del que allí casi ni se habla ni se ve.

El factor ‘Campeones’: cine, premios, reivindicaciones y carencias

La gala de los Goya del sábado, 2 de febrero, donde las películas ‘El reino‘ y ‘Campeones‘ fueron las grandes triunfadoras de la fiesta del cine español, así como el discurso de Jesús Vidal, premio al mejor actor revelación, han puesto de relieve la existencia de un cine diferente, comprometido, inclusivo y diverso. Pero este cine no lo hemos descubierto ahora; lleva tiempo cocinándose.

El cine español hace años que realiza películas comprometidas, lo que ocurre es que, además de estar bien hecho, recibe el aplauso del público y de la crítica, obtiene premios y reconocimientos, y en algunas ocasiones, logra ser distribuido y visto por públicos de todo el mundo, un fenómeno reservado hasta hace poco a Pedro Almodóvar, Fernando Trueba, Alejandro Amenábar y unos pocos directores más.

Existen grandes dosis de talento en nuestro país. Nunca como en estas últimas décadas ha habido una generación de jóvenes cineastas tan bien preparados. Hace algo más de 20 años que en Catalunya nació la ESCAC, la escuela de cine más prestigiosa de España, seguida de la ECAM madrileña, con Juan Antonio Bayona como principal referente de esta generación, gran triunfador de la taquilla internacional con su ‘Jurassic world: el reino caído‘.

Y no hay que olvidar a los galardonados autores surgidos del Máster de Documental de Creación de la Universitat Pompeu Fabra, entre los que destacó Jose Luis Guerín y, más recientemente, Isaki Lacuesta, premiado en el Festival de San Sebastián y en la gala de los Gaudí, hace una semana, aunque se marchó sin estatuilla de Sevilla.

La creatividad e iniciativa de nuestros jóvenes valores, además, se concretan en proyectos arriesgados a nivel político y social. Así, junto a la denuncia de la corrupción, como hace Rodrigo Sorogoyen en ‘El reino‘, y la puesta en valor de la inclusión de los discapacitados físicos e intelectuales, caso de los ‘Campeones‘ de Javier Fesser, cada día surgen más historias centradas en las minorías, en la identidad de género, en las diferentes formas de amar y de ser, como ‘Carmen y Lola‘, de Arantxa Echeverría, donde a la dificultad de una relación lésbica se suma el entorno: una familia gitana, otro colectivo necesitado de inclusión y normalización.

Problemas de financiación

Pero no es oro todo lo que reluce: El buen momento de nuestro cine y del sector audiovisual, en general, no puede ocultar sus carencias. La principal, su falta de financiación. Hay un puñado de buenos productores en este país, que se afanan en buscar dinero y se tienen que hipotecar (si es que tienen casa para hacerlo) para desarrollar sus proyectos. Las coproducciones y la asociación de productoras de diferentes países europeos son la opción necesaria para minimizar riesgos y abrir mercados.

En Catalunya, levantar un proyecto en catalán es dificilísimo. Y si no se cuenta con el apoyo de la televisión autonómica, TV3, es una locura. La situación actual, con la alargada sombra del omnipresente ‘procés’, no ayuda en absoluto: las filias políticas benefician a unos pocos (que se pueden contar con los dedos de una mano) y dejan en la cuneta las ideas de pequeñas productoras.

Hasta ahora, las televisiones generalistas estatales han sido las encargadas de aportar la mayor parte del presupuesto del cine español, pero sin arriesgar en exceso: la rentabilidad en taquilla es un paso previo e imprescindible para que su posterior emisión televisiva suponga los ingresos publicitarios con los que las cadenas se recuperan de lo aportado a esos proyectos. Como decía El País, el lunes, 4, en su editorial, existe un efecto perverso: «el poder de las televisiones para influir en las historias que llegan al público y el casi nulo espacio que queda para las películas independientes».

Un caso hiriente fue, hace un par de años, el de ‘El camí més llarg per tornar a casa‘, de Sergi Pérez. Premio Gaudí a la mejor película en catalán del 2016, fue rodada por un valiente equipo surgido de la ESCAC y con un plantel de excelentes actores, pero no contó con ningún apoyo previo de TV3 que, después, solo ofreció un precio irrisorio para su emisión por la pequeña pantalla. Y eso, pese al galardón y a las excelentes criticas recibidas.

La llegada de Netflix, ha supuesto una inyección económica importante, especialmente para las ficciones seriadas, tanto las compradas para su distribución internacional como las directamente financiadas. Pero no seamos ingenuos: Netflix se mueve en busca de la rentabilidad. Si el producto ya demostró ser bueno aqui, como ocurrió con La casa de papel, en su emisión en abierto por Antena 3, es bastante probable que su recepción fuera también lo sea. Si Netflix ha producido ‘Roma‘, de Alfonso Cuarón, y ha accedido a regañadientes a estrenarla en cines, es porque le ha supuesto un prestigio añadido: un León de Oro en Venecia, el Goya en España y quizá el Oscar dentro de unos días.

La falacia de las subvenciones

Otra falacia a desmontar es que nuestro cine vive de las subvenciones. En efecto, existen, pero su peso y cuantía en una producción es mucho menor de lo que el vulgo piensa. Eldiario.es demostró que algunas empresas (automoción, ganadería, minería, telecos) y partidos políticos reciben muchísimas más ayudas que el audiovisual. Un sector que da empleo a unas 10.000 personas.

Mientras ya se aplica la bajada del IVA, aún sigue pendiente una ley de mecenazgo que permita desgravar las ayudas privadas desinteresadas.

Por esta razón, una gran mayoría de los jóvenes que empiezan, lo hacen en forma de cooperativas donde nadie cobra un euro y mediante lo que ahora se llama crowfunding (microfinanciación): lo que antes se llamaba pedir dinero a familiares y amigos.

Por ejemplo, de esta forma se rodó ‘Clase valiente‘, culminación de un proyecto de fin de carrera de los jóvenes Víctor Alonso Berbel, Jan Matheu y Borja Barrera Allué, dirigido por el primero, que un experimento sobre el impacto del lenguaje en la sociedad y la introducción de un término apropiable por casi todas las formaciones políticas, con entrevistas a una veintena de expertos de todo el espectro político. Aún están esperando que alguna tele se atreva a emitirlo. Ni siquiera lo ha hecho TV3 en su ‘Sense ficcio’, donde cabe casi todo.

El triunfo de ‘El reino’ es diferente y no proviene tan solo del hecho de denunciar la corrupción política en el levante español y de un partido que no se nombra pero que es claramente identificable. Es un éxito cocinado desde abajo: un guion ejemplar, escrito a cuatro manos por Sorogoyen e Isabel Peña, su coguionista habitual desde ‘Stockholm’ y ‘Qué diós nos perdone’, con una estructura de intriga clásica, una dirección ejemplar, intérpretes magníficos y un montaje trepidante, entre otros aspectos, han dado lugar a una película heredera del cine de Sidney J. Furie, Peter Yates, Costa Gavras o Andrew Davis, entre otros. Y todo eso lo aprecia el publico.

Hace ya tiempo que nuestra sociedad intenta (y no siempre logra) acoger en el mercado laboral a discapacitados físicos y psíquicos, personas con otras capacidades (o simplemente ‘campeones’, como decía Javier Fesser, un director ya premiado por la muy dura ‘Camino‘). En el cine y en las series no hay muchos ejemplos (se me viene a la cabeza ‘Yo también‘ con Pablo Pineda, actor protagonista con síndrome de Down) y en el audiovisual, proyectos curiosos como el de ‘La empresa mas loca del mundo‘, apadrinada por la Fundació Itinerarium, en cuyo seno trabajan personas con otras capacidades, como Anna Vives, la joven Down cuya letra ha dado lugar a una premiada tipografía.

Pero aun hay mucho trabajo por hacer. ‘Campeones‘ es solo un pasito más.

Miquel Porter i Moix, historia del cine catalán


Miquel Porter i Moix
Un documental del Canal 33 coproducido por TV-3 analiza la vida y trayectoria de Miquel Porter i Moix, figura clave de la cultura catalana del último tercio del siglo XX, uno de los fundadores de la Nova Cançó y de Els Setze Jutges, así como gran estudioso y divulgador del cine catalán.

Miquel Porter i Moix (1930-2004) fue uno de los primeros catedráticos de Historia del Cine de la Universidad española, propició la creación de la Filmoteca de Catalunya e inspiró el nacimiento de la notable escuela de cine ESCAC. La película ‘Miquel Porter i Moix: La república de la llibertat i el bon humor’, que el Canal 33 emite el sábado, día 1 (22.15 horas), está dirigida por Anastasi Rinos, un notable montador de Bigas Luna, Francesc Bellmunt, J.A. Salgot, Simó Fàbregas, Antonio Chavarrías, Eduard Cortés, Jesús Garay y otros conocidos realizadores catalanes.

“Por desgracia, pese a su importancia, Miquel Porter i Moix es un personaje poco conocido. Y no solo por la gente joven, sino también por muchas personas no tan jóvenes”, explica el director del documental. De ahí, que el filme se abra con estas palabras: “La historia está llena de hechos y personajes que dejan huella. Algunos, como los cimientos de un edificio, quedan soterrados. Pero saber quiénes son es saber quiénes somos”.

La familia de Miquel Porter ha estado directamente implicada en el proyecto, ya que fue la que contactó con el conocido productor Paco Poch y este, a su vez, quien fichó a Rinos. “Yo estaba en pleno montaje de un trabajo anterior, ‘Ana María Moix. Passió per la paraula‘ cuando Poch me explicó la idea. Con la colaboración de dos nietos de Porter i Moix, Tariq Porter, como coguionista y ayudante de dirección, y de Manuela Porter, como narradora, voz en off e hilo conductor de la película, el documental intenta explicar quién es este polifacético personaje.

Lluis Llach, en el documental.

“Miquel Porter era un optimista hiperactivo en diversas áreas. En el mundo de la escena catalana, inventando nuevas fórmulas teatrales, como fue el teatro vivo, el de improvisación. En el de la música, Creó, junto con otra gente [Remei Margarit, Josep Maria Espinàs, Lluís Serraïma] el grupo de Els Setze Jutges e impulsó la Nova Cançó”, añade Rinos. Y de ello hablan en el documental el citado Espinàs, Martí Llauradó, Quico Pi de la Serra i Lluís Llach. “Porter se convirtió en cantante sin serlo o en actor, sin serlo. Simplemente lo hacía”.

Uno de los grandes valores de este audiovisual es contar con una larga lista de personajes que hablan de Miquel Porter desde las diferentes áreas, desde sus inicios como librero en la librería familiar de su padre, la Llibreria Porter; su pasión por el cineclubismo y el coleccionismo cinematográfico, cuyos materiales pasarían a formar parte de la Filmoteca de Catalunya, de la que fue artífice. La productora Isona Passola, presidenta de la Academia del Cine Catalán, los directores Agustí Villaronga y Rosa Vergés, y la historiadora Palmira González son testimonios de su pasión por el cine.

“Porter era un estudioso del cine, un historiador. Y un experto como pocos del cine soviético”, comenta el director del documental. Y Vergés, por ejemplo, recuerda siempre las proyecciones de ‘El acorazado Potemkin’ en la facultad. “Era un gran maestro –añade Rinos, que le recuerda como profesor suyo en la Escuela Aixelà, junto con Pere Portabella y Romà Gubern.

“Creó en la Universitat de Barcelona la cátedra de Historia del Cine, dentro de Historia del Arte, una asignatura que existía en muy pocas universidades españolas”. Esa pasión por la docencia, que había ejercido antes y ya más tarde en la Universitat Catalana d’Estiu, le llevaría a contactar con Josep Maixenchs, a quien ayudaría a fundar las bases de lo que finalmente sería la ESCAC, la prestigiosa  Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya.

Fue en una época en la que Porter, hombre inquieto, de izquierdas y catalanista, también aportó su granito de arena en la política catalana: fue jefe del Servei de Cinematografia de la Generalitat de Catalunya entre 1977 y 1986, e incluso fue diputado por Esquerra Republicana de Catalunya (de 1982 a 1984). Vicenç Altaió, Miquel de Palol, Josep Lluís Carod-Rovira y hasta 35 personajes hablan de todas las múltiples facetas del personaje.

Y en el tramo final, aparece el Miquel Porter más cercano e íntimo, gracias a la presencia de buena parte de su familia, en especial su hermana Maria y sus seis hijos, quienes hablan de la madre y de la vida cotidiana del matrimonio. Un colofón emotivo para un documental necesario.

El héroe de Mauthausen

Una novela gráfica y una película han coincidido en rescatar del olvido a un héroe: Francesc Boix, el fotógrafo que logró robar miles de negativos a los nazis y el único español que declaró contra ellos en los juicios de Nuremberg, mostrando las fotos de los horrores del campo de exterminio de Mauthausen.

“Tenemos en España y en Catalunya un héroe desconocido, que logró una hazaña que muy poca gente hubiera conseguido, robar unos negativos a los nazis, comprometedores para ellos, y después denunciarles y hacerles caer delante de la justicia”. Ese héroe se llamaba Francesc Boix. Así lo retrata Alfred Pérez Fargas, coguionista de la película ‘El fotógrafo de Mauthausen’, recién estrenada, dirigida por Mar Targarona y con Mario Casas como protagonista. Fue un “rebelde valiente”, como lo define Salva Rubio, guionista de un cómic previo que tiene el mismo título.

Francesc, Francisco, Franz o François Boix, según el idioma en que le llamaban, nació en Barcelona en el año 1920. Joven inquieto, de ideología comunista, se afilió a las Juventudes Socialistas Unificadas de Catalunya, rama juvenil del PSUC. Amante de la fotografía, al estallar la guerra civil fue reportero gráfico de la revista ‘Juliol’ y durante el año 1938 combatió con el Ejército republicano en el frente de Aragón.

Derrotados por el Ejército franquista, los supervivientes de su compañía pasaron a Francia en febrero de 1939. Boix y otros muchos compañeros fueron internados en campos de refugiados y, más tarde, integrados en el Ejército francés. En mayo de 1940, junto con otros muchos compatriotas, fue hecho prisionero por los alemanes, que acaban de invadir Francia. A principios de 1941, tras pasar por otro campo de prisioneros, fue enviado a Mauthausen, un campo de concentración situado en Austria, donde hubo más de 8.000 españoles internados. Sobrevivieron sólo menos de la tercera parte.

En realidad, Mauthausen-Gusen fue el nombre de un complejo de cuatro subcampos situados junto a esas dos pequeñas localidades austriacas, que los nazis levantaron junto a unas canteras de la zona, y en donde encarcelaban en condiciones infrahumanas a sus enemigos desde el año 1938. Estos presos eran utilizados como mano de obra barata, tratados como esclavos, humillados, castigados, maltratados y asesinados de diferentes maneras, como explica el cómic de Salva Rubio, que incluye una impresionante documentación adicional en su parte final.

Francesc Boix se integró pronto en una organización clandestina de presos que le proporcionó un trabajo de confianza en el laboratorio fotográfico del campo. Junto con sus compañeros, logró ocultar miles de negativos que mostraban la realidad de Mauthausen: cientos de muertes, muchas de ellas camufladas como suicidios, y la presencia de altos cargos nazis en el lugar.

Precisamente el testimonio de Boix, en 1946, ante el Tribunal Internacional de Núremberg, durante los juicios contra criminales de guerra nazis, permitió condenar a algunos de ellos, como Ernst Kaltenbrunner y Albert Speer. Durante su declaración pudieron verse algunas de las fotos que, con la ayuda de otros prisioneros, había logrado ocultar de la destrucción.

Simpático, siempre sonriente y con un pose de seductor hacia las chicas que se ponían al alcance de su objetivo, Francesc Boix sería considerado un héroe en cualquier país normal. Pero su situación tras la liberación no fue fácil: los comunistas rusos no se fiaban de los supervivientes españoles del Holocausto y regresar a España era imposible, en pleno franquismo. Así que el joven fotógrafo se quedó a vivir en Francia, donde pudo ejercer de reportero gráfico para publicaciones próximas al Partido Comunista, como ‘L’Humanité’. Pero Boix moriría joven, un mes antes de cumplir 31 años, posiblemente a causa de una tuberculosis contraída en Mauthausen.

Cronológicamente, el cómic con guion de Salva Rubio, dibujos de Pedro J. Colombo y color de Aintzane Landa (vídeo ‘making of’ ), nació antes que la película de Mario Casas y tiene su origen también en un libro escrito por Benito Bermejo hace 16 años. Bermejo, guionista, escritor e historiador, fue quien desenmascaró en el 2005 a Enric Marco, un impostor que fue presidente de la asociación de deportados de Mathausen sin haberlo sido.

Bermejo fue quien efectuó la investigación histórica y el guion del excelente documental sobre el tema ‘Francisco Boix, un fotógrafo en el infierno’ (2000), dirigido por Llorenç Soler y con la voz de Pepe Sacristán como narrador, que estuvo nominado a los Emmy.

Luego, con todo el material recopilado, escribió el libro ‘El fotógrafo de Mauthausen’, que RBA editó en el año 2002. En el 2015, al publicarse una nueva y más amplia versión del texto, titulada ‘El fotógrafo del horror. La historia de Francisco Boix y las fotos robadas a los SS de Mauthausen’, la historia tuvo una mayor repercusión y propició tanto la traducción de la novela gráfica como la película que acaba de estrenarse.

Traducción, porque el cómic se editó antes en Bélgica que en España. Y es que el guion de Salva Rubio es previo. Este joven escritor y guionista madrileño, que acaba de cumplir los 40 y trabajó de librero para mantenerse mientras estudiaba Historia del Arte y Guion de Cine, se interesó en Francesc Boix al publicarse el texto de Bermejo.

“Cuando descubrí la historia de ese hombre, me apunté su historia y pensé que, si algún día podía, querría contarla y la transformaría en guion de cine. A partir del año 2007 llevé la idea a varias productoras, que fueron muy receptivas. Pero llegó la crisis, y hacer una película tan cara se convirtió en algo prácticamente imposible. Así que cambié de plan: si no podía hacer la historia en cine, la haré en cómic”.

“Hice un dosier con el argumento y un estudio de personajes bastante completo. Como sabes, en España no se puede vivir del cómic, así que me fui a Bélgica y presenté la historia a la editorial De Lombard, una de las especializadas en estos temas. Les gustó mucho la idea y me dijeron que buscara un dibujante. Busqué uno, que fue Pedro J. Colombo, que me gustaba mucho. El editor dio luz verde al libro y tiramos para adelante. Eso fue en el 2011”, añade Rubio. Pero una novela gráfica lleva su tiempo, y la primera edición en De Lombard fue en el año 2017, mientras que en España, Norma Editorial la ha publicado en este 2018.

Para Rubio, “Francesc Boix fue un rebelde y un valiente. Lo que hizo, en el contexto que lo hizo, fue extremadamente peligroso y muy arriesgado. Por la posición que tenía en el campo de Mauthausen, en el laboratorio fotográfico, su vida no corría peligro inmediato. Era un preso de confianza que podía no haber hecho nada y, quizá, podía haber salvado la vida sin haber hecho nada. Pero meterse en esa aventura de robar aquellas fotos le podía haber costado la vida, a él y a otros presos”.

No menos largo ha sido el proceso que ha culminado con el reciente estreno de la película ‘El fotógrafo de Mauthausen’ (2018), dirigida por Mar Targarona, con Mario Casas como protagonista, y que ha recibido buenas críticas.

Fue Alfred Pérez Fargas, coguionista junto con Roger Danès de telefilmes como ‘Jo, Ramon Llull’, ’13 dies d’octubre’, ‘L’últim ball de Carmen Amaya’ y la miniserie ‘Carta a Eva’, quien supo de la existencia del personaje a partir de una noticia en televisión y “unas fotos de la guerra civil y el historión de Francesc Boix”. Se sintió interesado, habló con su amigo Danès y empezaron a investigar.

“Era un filón del que no se había hablado mucho. Existía el documental de Llorenç Soler y el libro de Benito Bermejo, que es la biblia del tema. Pero poco más. Si hubiéramos estado en Hollywood, ya se habría hecho una trilogía sobre el personaje. Le presentamos la idea a Mar Targarona, a quien habíamos conocido en el Festival de Sitges. La idea le encantó y empezamos a tirar millas”.

“El hecho de que fuera militante comunista le ayudó, porque allí dentro los miembros del partido montaron un tinglado para poder sobrevivir. En la peli, nosotros le hemos colocado como jefe del comando que robó los negativos, pero evidentemente fue una tarea colectiva. Pero eso también tuvo sus consecuencias, porque al acabar la güera, el partido comunista de Stalin les consideró unos traidores. De hecho, las fotografías no las quería nadie. Boix las intentó colocar y no se las publicó nadie”.

La diferencia principal entre película y cómic es que la primera se centra en la estancia de Boix en el campo de exterminio, mientras que el cómic abarca un tiempo más largo, desde su juventud hasta poco tiempo antes de su muerte. La novela gráfica, además, incorpora como compañeros de Boix a personajes de ficción, para evitar especular con lo que hicieron o no los otros presos reales de Mauthausen y de los que no hay tantos detalles.

Tanto Pérez Fargas como Rubio fueron a visitar el campo de exterminio. El primero recuerda haberlo hecho en febrero, en la misma época en la que entró Boix y otros españoles: “Es superimpactante, fantasmagórico. Había niebla, nieve, hacía frío. Es impresionante. Yo salí enfermo. Es una tema que me ha marcado, que me ha afectado mucho”. Y Rubio reafirma una idea común a ambos: “Que esta historia haga que nadie olvide lo que pasó; las historias que no se cuentan, mueren”.

Nota: Este texto se ha publicado inicialmente en la RevistaXQ, de la Fundación Periodismo Plural.

Ignacio Martínez de Pisón

Hace unos días, la Fundació Periodisme Plural, y más en concreto su responsable, Josep Carles Rius, me invitó a escribir en la web de Catalunya Plural de vez en cuando. Es una colaboración altruista que he iniciado con esta entrevista al escritor Ignacio Martínez de Pisón, con quien hemos hablado de la magnífica serie ‘El día de mañana’ (Movistar Plus), basada en su novela homónima.

Estrenada en medio del Mundial de Fútbol por Movistar+, la miniserie ‘El día de mañana’ se ha ganado, sin demasiada publicidad, el fervor de la crítica y, en menor medida, de un público cada vez más diversificado. Dirigida por Mariano Barroso a partir de un guion escrito por Alejandro Hernández y basado en la novela homónima de Ignacio Martínez de Pisón, la ficción narra la vida y milagros de un chaval de pueblo que llega a Barcelona a mediados de los años 60 acompañado de su madre enferma. Sus relaciones, especialmente con una joven y un inspector de policía, así como con diversos miembros de la burguesía catalana y la ultraderecha durante la Transición, retratan a un personaje que es mucho más que el chivato al que le reducen algunas sinopsis. El magnífico elenco de actores viene encabezado por Oriol Pla, Aura Garrido, Jesús Carroza y Karra Elejalde, entre otros.

He acudido a la biblioteca de mi barrio y no quedan ejemplares de ‘El día de mañana’.

¡No me diga!

He tenido que apuntarme a una lista de espera. Le confieso también que he intentado mirar si había alguna forma de leerlo por internet.

Ya, ya sé que hay webs piratas donde aparecen mis libros.

No se crea. Están cerrando muchas. Solo he visto un fragmento de su libro en un sitio. Pero ha sido más fácil: la novela está a la venta en la mayoría de librerías digitales y a un precio razonable.

Menos mal. Ya estoy acostumbrado a recibir alertas digitales sobre el tema.

Volvamos a ‘El día de mañana’, si le parece. ¿Ha visto la serie?

Sí, sí, claro.

¿Y qué le parece?

Yo creo que han construido una buena historia, que tiene ritmo, que los personajes funcionan, mantienen su complejidad. A veces te caen mal y a veces te caen bien, pero siempre te interesan..

Teniendo en cuenta su experiencia previa (‘Carreteras secundarias’, ‘Las 13 rosas’, ‘Chico & Rita’), por qué no ha participado en el guion de la serie?

Cuando me contactaron los productores Fernando Bovaira y Guillem Vidal-Folch, yo estaba liado con otras historias y ni me propuse yo ni me propusieron ellos redactar el guion. Además, cuando me dijeron que tenían a Mariano Barroso y que el guionista era Alejandro Hernández, no tuve dudas. Es un escritor cubano que lleva ya tiempo en España y que ya había hecho con Barroso ‘Todas las mujeres’. También ha escrito ‘Caníbal’ y ha adaptado la novela de Javier Cercas ‘El autor’. No le conozco personalmente, pero por lo que he visto es un muy buen profesional. El mérito de que la serie funcione es que el guion está muy bien construido.

¿Cree que han respetado el espíritu de su novela?

Yo no hablaría tanto de respetarla, sino de que han hecho suya la historia. Algunas de las tramas las han suprimido, porque no cabían, y otras las han modificado y enriquecido, porque era necesario tener dos hilos narrativos fuertes. Y lo han conseguido a través de la relación de Justo Gil con la chica, Carme Román, y con el policía, Mateo Moreno. En la novela son muchas las personas que hablan y que, al mismo tiempo que explican sus vidas, están contando la historia de ese que nunca habla, que es Justo. Es una visión plural con muchas perspectivas sobre el personaje. En la serie han tenido que reducirlas a una perspectiva central. Pero han logrado sacar de una novela bastante desperdigada dos hilos narrativos centrales que se siguen muy bien. Yo creo que es un guion estupendo.

Volviendo a la novela, ¿cual es su origen?

Aunque la novela la publiqué en el 2012, yo ya tenía antes en la cabeza contar algo sobre la Brigada Político Social (BPS) desde el punto de vista policial. Existen muchos libros de personas que fueron torturadas por [el comisario Antonio Juan] Creix y su gente en la Via Laietana [sede de la Jefatura Superior de Policía, en Barcelona] o por policías de la Puerta del Sol, en Madrid. Me faltaba el punto de vista de esta otra gente. A través de Pedro Costa me puse en contacto con Xavier Vinader y este me facilitó el contacto con un policía jubilado de la BPS, que fue quien me contó cómo eran las cosas en Via Laietana en los años 60. Eso era lo que me interesaba, porque nadie de esa brigada te explicará abiertamente todo lo que hicieron. Ese hombre, que vivía en Murcia, y al que vi varias veces y hablé luego mucho por teléfono, me ayudó mucho. Así, junto al testimonio que nunca ha faltado de gente que fue torturada durante el franquismo, pude incorporar este personaje de Mateo Moreno, que interpreta Jesús Carroza.

¿Qué le contó ese policía?

Que a partir de 1968, cuando Creix fue destinado al País Vasco, después del asesinato de Melitón Manzanas, y aquí –según esa fuente que yo tenía- la cosa se suavizó un poco. Y aunque seguía habiendo malos tratos, la represión parece que no era fue fuerte como los años previos. Pero bueno, él me contaba algunas cosas que demuestran que el respeto hacia el ser humano era mínimo o nulo.

¿Recuerda alguna anécdota en especial?

Me acuerdo de una historia que yo metí en la novela y en la serie sale un poco cambiada: cómo hacen desaparecer un cadáver en El Garraf. Me contó que había una manifestación contra la guerra de Vietnam cerca del Consulado Norteamericano y que estaba tomando algo en un bar. Cuando salió, chocó contra un manifestante, y a este se le cayeron unas octavillas que llevaba ocultas. Total, que le detuvo, le llevó a Via Laietana, le esposó a un radiador y volvió a salir de Jefatura para vigilar la manifestación. Cuando volvió, al cabo de un par de horas, se encontró con que el chico se había muerto. Como no habían hablado con él, nadie sabía quién era, no sabían si era español o extranjero, y no llevaba documentación, pues decidieron despachar el cadáver por un acantilado del Garraf. Y por allí deben estar aún sus huesos. Quizá fuera cierto lo que decía: que empezaban a suavizarse las cosas, ya no que estaba Creix. Y probablemente se olían que se estaba acercando un cambio en España. Pero, al mismo tiempo, seguían comportándose como la policía de una dictadura.

En la novela, el protagonista, Justo Gil, sale peor parado que en la serie…

La historia de Justo es la de un tío que se degrada moralmente desde el momento en que se ofrece a hacer de confidente, porque una cosa es comerciar con objetos y otra, hacerlo con las personas que le rodean. El único objetivo de cada amistad que tiene es vendérsela a la policía. Y lo que logra la serie es que el tipo te caiga bien aunque sepas que las cosas que hace están mal. En la novela, en cambio, no necesariamente se produce esa identificación y hay momentos en que detestamos al personaje.

¿Justo reacciona así porque previamente le han maltratado?

Él en el fondo cree que los méritos que hace le pueden abrir camino. Y lo que estamos viendo es que estamos en una España donde los méritos no te abren ninguna puerta. El chico al que conoce y que es hijo de un empresario franquista ese sí que tiene todas las puertas abiertas. Pero él, que viene de un pueblecito aragonés, con una madre enferma a cuestas, él será quien reciba todas las tortas. Además también tiene una visión muy mercantilista de la vida que, en cierto momento, traspasa una barrera moral: pasa de vender productos por catálogo a vender a sus amigos y a las personas que te rodean. Y, además, a la policía, en una dictadura, donde las informaciones afectan a gente que están ejerciendo lo que ahora son derechos, pero que en aquella época eran delitos y eran perseguidos.

¿Qué opina del actor que lo interpreta?

Oriol Pla lo hace muy bien. Es muy buen actor. El personaje está muy bien construido. Han conseguido darle muchos matices y complejidad, y él los capta y los expresa muy bien. Y tiene la complicidad del espectador, que se identifica con él aún sabiendo que las cosas le van a ir mal.

En la década que acontece la trama, se ve cómo se pasa de la dictadura a una democracia incipiente.

Y el inicio de un antifranquismo que empezó a sacudir las conciencias a partir del Proceso de Burgos, en 1970. Estamos hablando de que aún le quedan cinco años de vida a Francisco Franco, pero que van a ser muy duros y de gran regresión, precisamente porque empieza a haber una mayor organización obrera y estudiantil. Por eso, el régimen, que en apariencia pretendía hacer un esfuerzo aperturista, se bunqueriza y se protege mucho más. Lo cual es realmente llamativo, porque si en los años 60 había habido pocas condenas a muerte, en cambio, en los últimos años de Franco hay un rebrote violento y empieza a haber muchas más y culminan en 1975 cuando matan a cinco activistas solo unos meses antes de la muerte del dictador.

La novela acaba casi con la legalización del Partido Comunista.

Un poco más tarde, en la época en que la ultraderecha era muy fuerte en Barcelona, cuando pusieron la bomba en ‘El Papus’ [septiembre de 1977].

Los primeros años de la Transición…

Sí, una época, y siempre se ha dicho y creo que es verdad, en la que desde Gobierno Civil se alentaban esas actividades. Y una parte de ese terrorismo y activismo de la ultraderecha estaba protegido o auspiciado por la Policía, como forma de contratacar y hacer frente al activismo revolucionario, de izquierdas. Ese terrorismo ultra gozaba de cierta protección, como me dio a entender Xavier Vinader. No sé si sabes que Vinader llegó a tener un carnet de Fuerza Nueva para colarse en la reuniones de aquel grupo, a las que acudían policías. Al principio, cuando aún no era muy conocido, se colaba en todas partes. Luego tuvo que marcharse para evitar que le encarcelaran por aquellos reportajes de Interviu. Más adelante, a la Policía ya no le interesó proteger a esa gente, cerró el grifo y ahí se acabaron los atentados de ultraderecha.

De hecho, el personaje de Mateo Moreno acaba saliéndose de la policía, montando un bar y en el PSOE…

Es que pertenece a ese grupo de policías que no tienen ideología, que igual trabajan para el Régimen de Franco que para el partido que gobierne en la democracia. Ellos trabajan para el Estado, con sumisión al poder, que en un momento dado es una dictadura y luego una democracia, con Martín Villa y luego con Felipe González. No tienen ideología, pero tampoco escrúpulos… En efecto: si tienen que zurrar en nombre de la dictadura, zurran, y si tienen que hacerlo en el de la democracia, también.

Pero eso también pasa con los Mossos, que el 15-M desalojaron a los indignados de la plaza de Catalunya…

Hicieron lo que les dijera el ‘conseller’ de turno. Si les ordena evacuar la plaza de Catalunya, la evacúan, claro.

¿Ve usted algún paralelismo entre la situación actual y la que acontece en la novela y la serie?

Aunque nos parezca que estos momentos son muy convulsos, y el otoño pasado nos pareciera muy caliente, hay que tener un poco de memoria para recordar lo convulsos que eran los años posteriores a la muerte de Franco. Realmente allí había muertos en las manifestaciones, había mucha violencia, existía la sensación de que en cualquier momento los militares podían, como de hecho lo intentaron en 1981, volver a tomar el timón de la situación. En aquellos momentos, el terrorismo, de diferentes signos, mataba a cientos de personas cada año. Nos hemos acomodado en una realidad tan confortable, como es la de la democracia y la Unión Europea, que ya nos hemos olvidado de lo agitados y convulsos que fueron los años de la Transición. Moría mucha gente y las manifestaciones y la represión eran muy duras, y la tortura seguía existiendo durante mucho tiempo en los calabozos. Y las condiciones de los presos en las cárceles eran terroríficas. Por eso, cualquier paralelismo es siempre forzado, porque las circunstancias son muy diferentes.

¿Cómo vive un escritor como usted, que escribe en castellano, en esta sociedad que prima tanto a los autores en catalán?

La sociedad catalana sabe que tiene un patrimonio tremendo con la lengua y la literatura castellana y creo nadie en sus cabales va a renunciar a eso. Habría que ser muy fanático para renunciar a esa otra parte que es muy enriquecedora. Sería absurdo. Es cierto, por otro lado, que existe una ultraprotección de lo catalán que hace que los escritores en castellano pues estemos un poco ‘marginados’… vamos, que no tengamos la protección que tienen los otros. Tampoco es que me parezca mal: la obligación de las autoridades de aquí es proteger esa cultura, que es más débil.

¿Apoya usted esas políticas proteccionistas?

Desde un punto de vista estrictamente cultural, me parece bien que se apoye la literatura y el cine en catalán, porque tienen que existir y, además, porque se están haciendo cosas muy buenas. No ha habido un momento tan bueno del cine en catalán como ahora. Y lo mismo pasa con la literatura en catalán, donde varias generaciones de autores en catalán conviven y escriben buenos libros. Y al final, en definitiva, ese apoyo está muy bien. Lo que pasa es que a veces ese apoyo se ha politizado y parece como si, a cambio de ese apoyo, a esos autores se les hubiera pedido una lealtad a una cierta idea, al procés o a lo que sea.

¿Saldremos del callejón político actual?

Yo creo que sí. Hemos tenido mucha suerte con esta extraña jugada de Pedro Sánchez que, creo, va a tranquilizar bastante las cosas. Espero que ni Puigdemont ni Torra vayan a bunquerizarse. La sociedad está deseando que las cosas se arreglen. Hemos vivido con gran tensión estos últimos meses, pero se ha de recordar que no ha habido ningún muerto, ningún estallido de violencia. No ha habido grandes heridas que no se puedan cicatrizar. La sociedad está deseando tranquilidad. Cuando una revolución funciona, lo hace porque las cosas están muy mal, porque la gente de muere de hambre, porque hay una opresión muy seria. Las revoluciones las protagonizan gente desesperada y yo creo que ahora no hay tanta gente desesperada en Catalunya. Vivimos en un estado de derecho y en uno de los núcleos más prósperos de la Unión Europea.

Costa Rica (12): el parque de Manuel Antonio

Prosigo con el relato del viaje que hicimos a Costa Rica hace diez años. El texto de hoy corresponde al 20 de julio del 2008. El día amaneció radiante en nuestra habitación del hotel Villa Teca. Esa noche habíamos dormido con el aire acondicionado puesto a causa del bochorno nocturno.

Nos levantamos a las 7 de la mañana y ya hacía un calor húmedo. En cuanto salías al exterior el sudor se te pegaba al cuerpo.. Tomamos el desayuno y subimos al autocar que nos llevaría a la que sería la última excursión incluida en el paquete del viaje: el pequeño parque nacional de Manuel Antonio.

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Costa Rica (11): los cocodrilos de Tárcoles

Prosigo con el relato del viaje que hicimos a Costa Rica hace diez años. El texto de hoy corresponde al día 19 de julio de 2008. La agenda de aquella jornada iba a ser la de un típico día de traslado de un punto a otro del país, con pocas perspectivas paisajísticas más allá que las divisadas desde el autobús en el que viajábamos.

La ruta era desde Monteverde hasta Quepos, la ciudad más cercana al Parque Nacional Manuel Antonio, donde (aseguraban) que estaban las playas más bonitas del país, situadas al sur, en la provincia de Puntarenas, junto al Pacífico.

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Costa Rica (10): puentes de Santa Elena

Como veis, he querido dividir la jornada del 18 de julio de 2008 del viaje que hicimos a Costa Rica hace diez años en dos partes, y cuyo contenido he ido recuperando en este blog. En la entrada anterior os comentaba cosas del bosque nuboso. En esta os sitúo en lo que hicimos a partir del mediodía.

Ya era la una de la tarde cuando aparecieron varias pequeñas furgonetas con tracción a las cuatro ruedas que nos trasladaron a la reserva biológica de Santa Elena, situada a unos 12 kilometros de distancia (y que también incluía el nombre de bosque nuboso), donde estaba previsto realizar un par de actividades.

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Costa Rica (9): el bosque nuboso

Prosigo con el relato del viaje que hicimos a Costa Rica hace diez años. El texto de hoy corresponde al día 18 de julio de 2008 y se centra en la excursión que realizamos al bosque nuboso de Monteverde.

Situado en la cordillera de Tilarán, con este nombre se conocen en realidad dos reservas biológicas: la de Monteverde y la de Santa Elena. Curiosamente, el origen de la primera se debe a un grupo de cuáqueros pacifistas estadounidenses que llegaron a la zona y se asentaron en esta región a finales de la segunda guerra mundial. Lo explican así en esta página dedicada al lugar:

«La Reserva Biologica Bosque Nuboso Monteverde es famosa por ser uno de los santuarios de vida silvestre más destacados de los Trópicos del Nuevo Mundo. Los bosques enanos espectacularmente esculpidos por el viento en los cerrros expuestos contrastan con los bosques protegidos del viento, cuyos arboles lucen majestuosamente altos adornados con orquídeas, bromelias, helechos, enredaderas y musgos.»

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Costa Rica (8): camino de Monteverde

Prosigo con el relato del viaje que hicimos a Costa Rica hace diez años. El texto de hoy corresponde al día 17 de julio de 2008. Después de un día tan intenso como el dedicado al volcán Arenal, la empresa que nos trasladaba a lo largo y ancho de Costa Rica, nos ofreció una de esas jornadas de transición, camino de Monteverde.

En cierto sentido fue un día tonto, casi olvidable por diversos motivos. Entre otros, por la mala gestión del tiempo, de los traslados y de las comidas (ya fueran las incluidas o no en el paquete inicial), que provocó nuestras quejas a la empresa.

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Costa Rica (7): el volcán Arenal

Pequeña erupción en el volcán Arenal, el 16 de julio del 2008.

Prosigo con el relato del viaje que hicimos a Costa Rica hace diez años. El texto de hoy corresponde al día 16 de julio de 2008. Fue una jornada intensa, con varias actividades, incluidas un paseo a caballo, un baño en aguas termales y una excusión a la falda del volcán Arenal, que sigue activo en la actualidad.

Esta impresionante y majestuosa montaña volcánica, perfectamente cónica, tiene una altura de 1.633 metros. Sus impactantes erupciones, de carácter regular, son un extraordinario espectáculo natural del que se aprovechan, lógicamente, todas las empresas turísticas del país. Pero vayamos por partes…

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Costa Rica (6): en ruta hacia Arenal

La famosa ranita verde de ojos rojos de Costa Rica (foto Txerra Cirbián).

Sigo con el relato del viaje que hicimos a Costa Rica hace diez años. El texto de hoy corresponde al día 15 de julio de 2008. Fue una jornada de tránsito, de esas que se te hacen pesadas, porque prácticamente no sales del autocar en el que viajas.

Como os decía, fue un día largo y pesado. Empezó a eso de las 7 de la mañana en el hotel de Tortuguero y había salido el sol después de una noche espectacular. La lluvia no dejó de caer con fuerza y continuamente durante horas y horas.

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Costa Rica (5): las tortugas verdes

Una tortuga costarricense (foto ‘Viajar’).

En la noche del lunes 14 de julio de 2008 fuimos a ver desovar tortugas, una maravilla de la naturaleza que hay que ver al menos una vez en la vida. Tortuguero, en Costa Rica, es uno de los mejores lugares donde se da este fenómeno.

Eran las 8 de la tarde y la oscuridad era casi total en el hotel donde estábamos alojados. Varias embarcaciones nos recogieron para llevarnos al pueblo de Tortuguero, que ya habíamos visitado en la ida. Tuvimos que vestirnos con ropa oscura y llevar un calzado adecuado para andar un buen rato.

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