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Mis compañeros del Comité de Empresa de El Periodico acaban de recordarnos uno de los aspectos del que más nos solemos olvidar quienes aún tenemos la suerte (y el privilegio, en estos tiempos) de tener un puesto de trabajo fijo: los colaboradores.

No os voy a contar batallitas, pero cuando empecé a trabajar como periodista, en el siglo pasado , primero hice suplencias de verano mientras estudiaba la carrera (vamos, un becario, pero con salario, que de eso se trataba).
Luego, escribí colaboraciones para El Dominical del diario, gracias a mi querida Margarita Rivière, y en la revista Fotogramas, gracias a mi estimado Jorge de Cominges.

En aquella época, podía ir a entrevistar a Juanmari Bandrés a San Sebastián tomando un tren de noche, charlar con el opr la mañana y volver a Barcelona en el tren de vuelta de esa misma jornada, para amanecer en Barcelona al día siguiente, transcribir la conversación y presentarla, para que se publicara al cabo de una o dos semanas. La pieza se pagaba entonces a 5.000 pesetas (30 euros actuales), de los que había que descontar el viaje y la comida, que subían a más de la mitad.

Eso lo adelantaba yo, y el resto se cobraba al cabo de mes y medio o dos meses.
Esta situación no ha variado, sino que más bien ha empeorado para los colaboradores de nuestro diario, pero también de otros medios. Autónomos hay muchos, pero creo que estos se llevan la palma. Y todo, porque les (nos) gusta nuestro trabajo hasta el límite de, a veces, pasar (casi literalmente) hambre. Ya digo que no os quiero contar batallitas.

Un colaborador puede ir tirando porque le avanza a la empresa su propios viajes, comidas fuera de casa y sus trabajos.
Gran parte de los buenos jefes que hay en mi periódico (siempre hay algún desgraciado que cuestiona lo que gana o deja de ganar un colaborador) hemos estado a su lado cuando teníamos que gestionar su trabajo, pero el problema se ha agudizado ahora con los responsables económicos de la empresa, que no solo nos recortan el sueldo a los trabajadores fijos, sino que retienen injustamente más tiempo de lo que debieran los pagos a los colaboradores.
Y ellos no pueden hacer huelga, pese a que buena parte de los contenidos de un diario como el nuestro se deben al esfuerzo de estas personas.

Con eso juegan esos sinvergüenzas que tenemos arriba.