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El viernes, 16, estuve entrevistando para mi diario a Xapo Ortega, uno de los directores de ‘Ciutat morta‘, el documental que denuncia irregularidades en un caso ocurrido en el año 2006 y que tiene varias víctimas: un agente de la policía municipal de Barcelona, con gravísimas secuelas de un acto bárbaro y cuyo autor directo no ha sido localizado hasta la fecha; y una joven, Patricia Heras, que se suicidó en el 2011, tras haber sido involucrada en ese caso por uno o varios policías mientras estaba en el Hospital del Mar, pero sin haber participado en el mismo ni directa ni indirectamente, según varios testigos; y tres jóvenes que fueron detenidos y acusados de haber intervenido, de alguna forma, en el lanzamiento de la piedra que hirió gravemente al urbano y que se han pasado de tres a cinco años en prisión.

De lo mucho que me explicó Ortega solo voy a destacar algo que me preocupa desde hace mucho tiempo, desde que era un chaval y corría delante de los grises del franquismo, los antidisturbios de la época. Es algo que me sigue atormentando cuando veo, oigo o leo que un guardia le suelta un tortazo a un chaval que está delante por mirarle a la cara. Confío en que son casos aislados: la sociedad necesita de una policía democrática que nos defienda…

¿Cómo puede ser que un caso como el de Patri se sustente únicamente en el testimonio de uno o dos policías? ¿cómo es posible que los chicos detenidos lo fueran a pie de calle, mientras los posibles culpables estaban en la azotea del edificio (según los forenses del caso)? Habría que pedir a los compañeros de aquellos agentes que no hicieron bien su trabajo (y que ahora están precisamente cumpliendo condena), a quienes conocen quiénes golpearon a los chavales tras su detención (sus fotos de comisaría son terribles) que se dejen de corporativismo, porque de esa forma el ciudadano sabrá que no todos los urbanos, policías y mossos son iguales.

A mi la reflexión de Xapo Ortega y de su compañero, Xavier Artigas, me parece básica en todo este asunto: «¿Quién vigila a los vigilantes? ¿Dónde están los mecanismos y las garantías procesales para que una persona que presuntamente ha cometido un delito pueda defenderse frente al único testimonio de unos policías? La palabra de un policía siempre tiene más valor que la de cualquier ciudadano«.

Lamento la postración del guardia, tan dolorosa para su familia; y el irreparable suicidio de Patri. No entiendo que la justicia se siga mostrando ciega y sorda ante casos así: me aterra la posibilidad de que vuelva a repetirse una situación similar a la de estos chicos.