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Esta es la historia de un cortometraje titulado ‘Quizá no sea demasiado tarde’, del que se cumplen 30 años de su exhibición en cines de Barcelona. Lo rodó el autor de este blog y quien firma estas líneas. El texto se ha publicado originalmente en Nosolocine.net

Esta mañana, el amigo José López Pérez me ha tendido una emboscada, aprovechando el asunto este del confinamiento: “¿Por qué no nos escribes lo de tu cortometraje?” ¡Cielos! Es que no sé ni dónde tengo una copia, maldita sea, le aseguro.
Pero Jose, que de vez en cuando me pide ver el corto de marras, insiste: “Sí, hombre. Lo que recuerdes del rodaje y los actores y tal y tal”.

Me deja con el lío en la cabeza y empiezo a rebuscar entre viejos papeles y archivadores. La mayor parte del material utilizado está en la casa del pueblo, donde incluso guardo una copia en Betamax y otra en VHS, más algunos folletos… En alguna parte conservo un CD o un DVD, pero vete a saber. Una copia en 35 mm está guardada en los sótanos de la Filmoteca, y supongo que TV-3 debe conservar otra copia, que en su día usó para emitirlo por televisión.

De repente, entre los cinco o seis discos duros en los que guardo cosas (imágenes, programas y archivos, muchas veces repetidos), encuentro una carpeta con algunas fotos y recortes de prensa escaneados. Y qué sorpresa: ¡hace 30 años mi corto ‘Quizá no sea demasiado tarde’ se despedía del Cine Casablanca de Barcelona, después de haber estado 15 meses en cartel, todo un récord!

Tampoco os quiero engañar: la que estuvo todo ese tiempo era la película de la que mi corto era un simple telonero, pero eso os lo cuento luego. Me pongo pues a rebuscar en la memoria para escribir esta pequeña historia.
Desde que tengo uso de razón me ha fascinado el cine. Y recuerdo las sesiones matinales en Portugalete (Bizkaia), mi pueblo, y los pases dobles en cines de Barcelona cuando vine a estudiar Periodismo con 20 años.

Durante esa década, además de acabar la carrera y trabajar de periodista, fui estudiando cursos de cine donde y como podía. El encuentro con un buen amigo, Armand Rodríguez, fotógrafo y laboratorista, nos llevó a plantearnos escribir un guion de un cortometraje, uno de los pocos métodos que, a mediados de los años 80, tenían los jóvenes cinéfilos de pasar a la industria. Aún faltaban unos cuantos años para que naciera la ESCAC No saben sus alumnos la suerte que tienen.

Entre aquellos aspirantes coetáneos estaba Jesús Font, que rodaba ‘Per molts anys’, un corto con Ramoncín, y Javier Arazola, que hacía lo propio con ‘Un asesinato’. Javier estaría luego en mi equipo, como ayudante de dirección.

Al cabo de varias semanas de dar vueltas al guión, nos pusimos a la tarea de buscar dinero para rodarlo. La historia era sencilla, e incluía un ‘flash back’, una vuelta al pasado de los protagonistas que podía encarecer la producción: un guionista cuarentón, casado y con hijas, recibe la llamada inesperada de una mujer recién divorciada, que fue su amor de juventud, aunque ella nunca lo supiera. Tenía un cierto tono nostálgico y romántico, teñido con un ligero toque de humor.

Con la ayuda desinteresada de mucha gente, especialmente Norberto Rebecchi (1949-1994), crítico del diario que asumió la dirección artística, pusimos en pie un equipo técnico con profesionales como Mitxel Casado (fotografía), Mamen Boué (producción), Fina Sensada (script), Joan Benet (cámara) y Jordi Puig (montaje), entre otros.

Pedí consejo a mi compañero Gonçal Pérez de Olaguer, crítico teatral de El Periódico, que me sugirió varios nombres. Después de algunos contactos, escogimos a Mercè Managuerra y a Jaume Sorribas como protagonistas adultos. Ambos fueron absolutamente amables: no sólo no quisieron cobrar nada sino que aceptaron acudir a un par de ensayos antes del rodaje y a utilizar su propio vestuario.

Para elegir a los protagonistas cuando eran unos jóvenes estudiantes y a sus amigos, habíamos puesto un cartel pidiendo actores en el Institut del Teatre y en algunas academias de interpretación privadas. Hicimos unas pruebas de selección en la casa de Norberto a la que acudieron unas 60 chicas y chicos.

Finalmente, escogimos a los que se ven en la fotografía de grupo: Núria Badia y Marc Cases eran los ‘protas’, mientras los hoy bien conocidos Ágata Roca y Jordi Mollà eran sus amigos. Si sus papeles se hubieran invertido quizá el corto también sería diferente. En aquel momento yo no supe ver sus posibilidades, aunque Jordi ya prometía en su papel de pillo.

Y junto a ellos, algunos actores que aún veo de vez en cuando, como Sergi Calleja, Pepa Lavilla, Emilià Carrilla, María Tresaco, Lamin Cham, Marc Montserrat y Robert Govern, hasta completar el reparto de 19 intérpretes, más unas 30 niñas del colegio del Sagrado Corazón de Sarrià, que nos cedió el patio de la escuela. Entre las pequeñas, Laia Rodríguez, hija menor de mi coguionista.

Jaume Figueras y Àlex Gorina, magníficos periodistas de cine y programadores del legendario Círculo A, nos cedieron amablemente su despacho. Un chiringuito de la playa de Castelldefels sería, además, escenario y zona de cátering.

Todo estuvo listo para los primeros meses de 1988. Contábamos con la ayuda prometida de un conocido director y productor, que aquellos días también iba a filmar un largometraje. Él lo haría entre semana y nos prestaría una cámara y colas de negativo para poder rodar el cortometraje en fin de semana, que es cuando todo el mundo podía currar gratis en la peli.

Y de repente, cinco días antes de empezar, el productor se descolgó. Un drama. ¿Qué hacer? Parábamos todo, cuando todo estaba a punto para el sábado siguiente. Con mi mujer decidimos fundir los ahorros y tirar para adelante.

Rodamos horas y horas durante dos fines de semana, con algunas dificultades añadidas en exteriores: un día de sol espléndido la primera jornada y totalmente nublado la siguiente. Director de fotografía y cámara ajustaron filtros para que no se notara.

Los actores estuvieron sensacionales, y los chicos aguantaron el frío de una mañana soleada de invierno en la escena en que juegan un partidillo de fútbol en la playa.

Pasaron semanas desde el rodaje, montaje de negativo con la veterana Mercè Casas y dejarlo todo a punto para poder presentar el corto en el festival de referencia, el de Alcalà de Henares, y luego en Barcelona e incluso en una sección muy alternativa de San Sebastián. No obtuve ningún premio. Mecachis.

Tocaba intentar estrenar la película y acudí de nuevo al maestro Jaume Figueras. Me facilitó un hueco a finales de diciembre, para acompañar a uno de los dos largometrajes que se iban a estrenar por Navidad en el Casablanca, legendario cine de arte y ensayo de los Jardinets de Gràcia.

Entre los dos títulos, me cayó bien el de Marianne Sägebrecht, una actriz alemana regordeta, de quien había visto una comedia previa, titulada ‘Sugarbaby’ (1985), del mismo director, Percy Adlon. Y aposté por aquel nuevo filme de esta pareja: Bagdad Cafe (1987).

El 21 de diciembre de 1988 se estrenó esta película que, más tarde, llegaría a ser una serie en EEUU sin Marianne ni el gran Jack Palance, que también intervenía, pero con la coprotagonista negra, CCH Pounder. La comedia tuvo tanto éxito, que aguantó nada menos que 15 meses en cartel (algo impensable en la actualidad). La retiraron de cartel con todos los honores el 18 de marzo de 1990, hace ahora 30 años. Y mi cortometraje, aguantó con ella.

Más tarde logré que TV-3 la emitiera un par de veces. No me hice rico, pero pude cubrir la mitad de las deudas generadas, pero no seguí en el cine. Continué haciendo lo que, creo, mejor sabía: periodismo. Y escribir de cine cuando me dejaban.

The end.