12. Manuel Antonio

El 19 de julio del 2008 amaneció radiante. La noche anterior, en el hotel Villa Teca, habíamos dormido con aire acondicionado a causa del bochorno nocturno porque, en cuanto salías de la habitación, el calor se te pegaba al cuerpo.
Nos levantamos a las 7 de la mañana y ya hacía calor. Tomamos el desayuno y subimos al autocar, que nos llevaría a la que sería la última excursión incluida en el paquete del viaje: el pequeño parque nacional de Manuel Antonio.

Hacia el parque
Germán, nuestro guía habitual, nos sorprendió al convertirse en el cicerone de la excursión. Pagó la entrada de todo el grupo y nos explicó algunas cosas básicas del parque. Luego nos condujo en una amena caminata hasta un mirador.

La subida, entre espesa vegetación, no era muy pronunciada, pero no recuerdo haber sudado tanto en mi vida. En el desierto, por ejemplo, el sudor se evapora con tanta rapidez, que casi ni te das cuenta. Pero en ese ambiente selvático, los goterones nos corrían por la cara y formaban imparables riachuelos.

Al llegar, la vista compensó la subida: entre la vegetación se dominaban las playas situadas al sur, mirando hacia Panamá
Menos mal que, de bajada, la idea era bañarnos en las playas del parque, mojarnos en el Pacífico.

Una playita con iguanas
Primero visitamos una, más bien pequeña, con la promesa de Germán de que la otra, la grande, estaba justo detrás de una gran roca que se elevaba frente a nosotros. En esta primera cala de arena blanca habitaban unas iguanas que no se asustaron al vernos, ni al hacerles las fotos que veis en este artículo.

Arena blanca y mar caliente
Tras las fotos de rigor, seguimos hasta la otra cala. Pasamos de nuevo por entre una espesa vegetación y de repente se abrió un gran claro que permitió ver una playa realmente bonita y lo sufientemente amplia como para albergar al montón de turistas que estábamos visitando el parque. Los ticos se quedaban generalmente fuera, en la parte pública y gratuita. Esta era de pago.

Monadas
Bañarse mereció la pena. El mar estaba caliente como no la había probado nunca antes. Aún así, se estaba mejor en el agua que fuera, porque estar al sol suponía freírse en unos minutos. Menos mal que los árboles y la vegetación proporcionaban una muy agradable sombra.

Unos árboles habitados por una familia de monos que aprovechaban el menor descuido del personal para sisar comida… Eso sí, entre el jolgorio de la chiquillería.

Chiringuitos
La idea inicial era acabar el baño y la excursión para estar en el autocar hacia la 1 del mediodía, pero un pacto entre todos, guía incluido, facilitó un aplazamiento de la vuelta al hotel y poder comer un pescadito a la plancha en uno de los restaurantes del lugar.

Era casi el único, porque la otra opción era una tapa en los chinguitos que había entre las innumerables tiendas de recuerdos instaladas todo a lo largo de la playa pública, donde los vendedores, en general amables, pero insistentes, se acercan a los turistas con sus mercancías en ristre.
Tras la comida, servida con la tradicional lentitud tica, pusimos rumbo al hotel. Era el momento de preparar las maletas y descansar un rato.

Quepos
Ya por la noche decidimos despedirnos de Quepos en un restaurante popular, que allí llaman “sodas”, porque no sirven alcohol, a diferencia de los bares y restaurantes.
Pues en uno de ellos nos tomamos unos batidos de fruta excelentes, un casado de pollo con arroz y un pescado. Fue una buena despedida de la ciudad y de Costa Rica.

El día siguiente iba a ser muy, muy largo y, sin que lo supiéramos entonces, incluiría un retraso de más de 12 horas en el avión de regreso a España, cortesía de la compañía Air Comet.
Pero dejémoslo aquí, con el buen sabor de boca de un país que merece la pena visitar… y volver varias veces.

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