
Dicen los psicólogos que cuando uno está un poco depre, lo mejor es darse un capricho.
Y tras la marea azul de este domingo, decidí ver qué condiciones económicas había para cambiar de coche.
Hay que consumir para generar empleo, nos explican. Y el sector del automóvil, junto con el de la construcción, son los más afectados.
Miré un par de anuncios en el diario. Deseché el de un coche de alta gama, imposible para mi bolsillo, y me centré en uno, de estos de bajo coste, un Dacia Duster, anunciado a partir de 10.700 euros.
Era un precio goloso y allí me fui. Pregunté por ese modelo y ese precio, pero el vendedor me dijo:
“Mire, en realidad, este modelo lo adquieren empresas y flotas, pero los particulares optan por una versión algo superior, con radio y aire acondicionado, que roza los 15.000 euros.”
Conchos, pensé, estamos hablando de casi una tercera parte, de casi un millón de las antiguas pesetas por encima de lo anunciado.
Pero el joven vendedor insistía:
“Claro que le podemos pedir ese modelo básico, pero piense que no tiene ni aire acondicionado. Además, si quiere reservar el otro, con 600 euros de paga y señal se lo reservo ya. En cambio, para el otro, tendría que dejarnos un depósito más alto, porque si se echa usted atrás, no lo podremos vender”.
En la última parte de la consulta, pregunté sobre la posible tasación de mi coche, un utilitario de cinco años y 50.000 kilómetros. La oferta del comercial se situó en torno a los 3.500 euros. Mentalmente, la consideré insultante, pero no dije nada.
Salí del concesionario y unos centenares de metros más adelante, en otra marca de las que también publicitan un modelo a partir de una determinada cifra, pregunté por el anuncio.
Un rato más tarde, salí con una impresión similar… Y con la clara idea de seguir unos cuantos años más con el mismo coche.